ARCO 2022
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La posibilidad de un museo

La crisis derivada de la pandemia, un descalabro ecológico que exige repensar nuestros hábitos y la necesidad de crear estructuras antirracistas y permeables al conocimiento no occidental han puesto en duda la propia definición de institución

La obra 'No future', de Jordi Colomer, en una sala del Macba, en Barcelona.
La obra 'No future', de Jordi Colomer, en una sala del Macba, en Barcelona.Alamy Stock Photo

¿Qué queremos que sean los museos? Bajo ese término se acogen instituciones que ni siempre son lo mismo ni persiguen las mismas cosas. Inmersos en una crisis derivada de la pandemia que, tras años de austeridad, ha dejado al sector artístico al borde del abismo, enfrentados a un descalabro ecológico que exige repensar nuestros hábitos más rapaces y en plena concienciación sobre la necesidad de una reparación histórica y del impulso de estructuras antirracistas permeables a formas de conocimiento no occidental, el museo ya no puede funcionar por inercia ni aposentarse en prácticas que lo hacen anacrónico, en el mejor de los casos, o irrelevante, en el peor. Debemos decidir si queremos un museo como servicio público, como bien común, como espacio de relaciones y experiencias, como preservador de patrimonios, como escaparate de colecciones, como atractivo turístico o centro lúdico, o como cualquier otra cosa. Todas estas opciones, algunas más compatibles entre sí que otras, determinarán hacia dónde podríamos movernos, pero en el camino ganaremos algunas cosas y perderemos otras. Es importante, por tanto, dejar claro lo que ahora está en juego.

En las últimas décadas, en España hemos tenido el enorme privilegio de contar con un mapa bastante extenso de instituciones artísticas relativamente estables. Es cierto que la especulación constructora utilizó el arte para justificar edificios que, sin aparente contenido, generaron un resentimiento social justificado, al que todavía nos toca responder. Pero, por otro lado, tal vez no reconozcamos lo suficiente que nuestros museos y centros de arte han sido espacios de experimentación institucional realmente ejemplares. Pienso, por ejemplo, en el Medialab Prado, un modelo único en el mundo donde se combinó la innovación artística y tecnológica con la participación ciudadana y que, desgraciadamente, hemos perdido. En el propio Macba, la propuesta de los programas públicos como motor del museo, el tejido de redes con colectivos sociales en la ciudad y la consolidación de un archivo como extensión e interlocutor de la colección fueron fórmulas que se ensayaron y que, al margen de sus resultados, permitieron desnaturalizar hábitos institucionales que se habían perpetuado de forma bastante acrítica abriendo paso a otras formulaciones.

Aun así, queda mucho por hacer. Toca, por ejemplo, comenzar a trabajar de maneras más horizontales, desacelerando ritmos, arrojando luz sobre prácticas a menudo invisibilizadas, como el registro, la conservación, la formación del personal más joven y los formatos educativos participativos, nunca en primera plana de las tareas y misiones del museo. Todo ello, además, favoreciendo una sostenibilidad que se extienda a las condiciones materiales de las personas que se dedican al arte dentro y fuera de la institución. El museo de arte contemporáneo, que hemos definido junto al equipo del Macba y la teórica Yaiza Hernández como “el museo posible”, no puede imaginarse sin una red de agentes mucho más amplia que sostiene todo el ecosistema artístico. Pienso en los herederos de las contraculturas. En Barcelona, por ejemplo, formatos transgresores y transdisciplinares como los establecidos por proyectos colectivos como FOC o el Instituto de Estudio del Porno, o bien plataformas como el Anarchivo Sida y muchos otros que ahora se me escapan.

La relación con estos agentes, sin embargo, ha sido a menudo muy poco generosa, incluso extractivista, y esto es algo que tenemos que cuestionarnos de forma concertada. El museo posible debe tener en cuenta otros formatos y velocidades, sin miedo a poner en duda su idiosincrasia o su misión productiva. Véanse gestos tan valiosos como el de la nueva directora de Hangar (Barcelona), Anna Manubens, poniendo a la propia institución en “residencia” para darse el tiempo necesario para repensarse, o bien el encuentro el pasado septiembre alrededor de nociones como el “museo precario” impulsado por el gerente del TEA, Jerónimo Cabrera, en el que apelaba a una gestión socialmente responsable del museo. No es normal que las grandes instituciones dependamos tanto de personas que en ocasiones no solo no reciben una retribución adecuada a su trabajo, sino que incluso deben endeudarse para llevarlo a cabo. El museo sería entonces un laboratorio experimental de su propia condición que actuaría como si el mundo que reclama a las Administraciones e instituciones ya existiera.

Se ha tratado a los públicos no especializados con paternalismo, como si invitarles al museo fuera hacerles un favor

Ese museo posible no tiene por qué abandonar su deseo de dialogar con otras instituciones internacionales, pero debe imaginar esas relaciones más allá del afamado formato de la exposición blockbuster, que implica una movilidad de obra alrededor del mundo con su consecuente huella de carbono. Como nos recordaba Jessica Morgan en el Verbier Art Summit de 2020, debemos cuestionar cómo hacer mejores cosas con menos en esta era de fagotización incesante de los recursos. Pero quizá también es importante imaginar más colecciones compartidas, cambiar ese deseo de conquista y apropiación que heredamos del museo como aparato colonial. Y, por supuesto, entender qué significa encontrarnos de nuevo en los espacios del arte, por qué es importante la experiencia de estar juntos, pero también qué sucedería si damos una oportunidad al mundo digital para que no sea una mera representación subalterna del mundo real.

Quizá la cuestión más acuciante es cómo podemos hacer que estas infraestructuras sean lugares permeables a los grupos a los que se dirige y a los que no se sienten interpelados por ellas. Nos toca preguntarnos: si cerraran mañana los museos, ¿quién vendría a reclamarlos? Las instituciones deben dejarse transitar, habitar y transformar por las personas que las rodean de una forma mucho más abierta de lo que viene siendo habitual. Muchas personas no conocen los museos de arte de su ciudad. Muchas más, aun conociéndolos, apenas los visitan y, desde luego, no se los apropian. Durante años, los museos han tratado a los públicos no especializados con cierto paternalismo, como si invitarles al museo fuera un favor que se les hacía, pero sin explicar necesariamente por qué debían interesarse por una cultura que o no era la suya, o no era de su interés, o no se interesaba por ellos. Hemos entrado en otro momento en el que los presupuestos del museo moderno como estandarte de una alta cultura que debía ser transmitida al pueblo ya no resultan creíbles. Lo importante es permitir oportunidades para que el museo sea intervenido, hackeado. Vivido, en suma. El museo debe ser pensado desde la corresponsabilidad para invitar al espectador a ser no solo su usuario, sino también su productor.

Elvira Dyangani Ose es directora del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba).

Puedes seguir a BABELIA en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS