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El nuevo fascismo eterno

George Orwell planteó la pregunta de por qué existía una incapacidad para definir el uso de ese término

Benito Mussolini saluda a las masas el 9 de mayo de 1936, en el Palacio Venecia de Roma.
Benito Mussolini saluda a las masas el 9 de mayo de 1936, en el Palacio Venecia de Roma.George Rinhart / Corbis via Getty Images

En un artículo de 1944 formulaba George Or­well “la más importante quizá” de “todas las preguntas sin respuesta de nuestro tiempo: ¿qué es el fascismo?”. No le preocupa a Orwell precisar las notas características de los regímenes llamados fascistas, pues, tocante a eso, afirma, “sabemos en términos generales lo que queremos decir”. Lo que le interesa es llamar la atención sobre el hecho, civil a fuer de lingüístico, de que “en la política interior esta palabra [fascismo] ha perdido el último vestigio de significado”.

Con fina ironía registra Orwell las familias políticas de toda especie que en manifestaciones escritas se han hecho acreedoras del sobrenombre de fascistas (o criptofascistas, de mentalidad o tendencia fascista), tanto da conservadores que socialistas, comunistas que —a decir de estos— trotskistas, católicos que nacionalistas, pacifistas que belicistas. Cuál no será, añade divertido, el panorama del habla cotidiana, en el que, a la voz de fascistas, se abigarran granjeros y tenderos, la caza del zorro y la fiesta de los toros, Kipling y Gandhi, la homosexualidad y las locuciones radiofónicas de J. B. Priestley, a más de los albergues juveniles, la astrología, las mujeres, los perros…

Orwell, muy socráticamente, deja sin responder la pregunta de qué sea el fascismo para suscitar esta otra: ¿por qué esa incapacidad de definir el uso del término? Acaso, apunta sibilinamente, porque habría que admitir cosas que “ni los propios fascistas, ni los conservadores, ni los socialistas del color que sea están dispuestos a reconocer”. Y se limita a recomendar, a modo de moral provisoria, “cierta dosis de circunspección” en el trato con la palabra… hasta desvelar el “significado enterrado” en ella.

En 1995, haciendo memoria de la resistencia contra el fascismo, Umberto Eco señala: “Estamos aquí para recordar lo que ocurrió y decir solemnemente que ‘Ellos’ no deben hacerlo otra vez

Medio siglo después, en 1995, haciendo memoria de la liberación y de la resistencia contra el fascismo, intentará Umberto Eco sacar a la luz ese significado: “Estamos aquí para recordar lo que ocurrió y decir solemnemente que ‘Ellos’ no deben hacerlo otra vez. Pero ¿quiénes son Ellos?”. Eco reconoce que la palabra fascismo tiene carácter de sinécdoque; es más, que es un término borroso (fuzzy), un enjambre de contradicciones, y esto desde su primerísima figura histórica, el fascismo italiano. En referencia implícita a los juegos de lenguaje wittgensteinia­nos, Eco constata que “el juego fascista puede jugarse de formas distintas”. La borrosidad del significado es el elemento propicio de una versatilidad eminentemente pragmática. Es justo su endeblez conceptual lo que le confiere eficacia política al nombre.

En esta tesitura de la palabra hace pie Eco para proponer la noción de “ur-fascismo”, de fascismo originario o “eterno”. Su estrategia consiste en identificar un conjunto no consistente de 14 aspectos, de manera que la sola presencia de uno de ellos es suficiente para hacer coagular a su alrededor la noción entera. Algunos de estos rasgos son consabidos (culto de la tradición, explotación del miedo a la diferencia, apelación a una clase media frustrada, nacionalismo o nativismo…); otros, como el “elitismo popular” o el “populismo selectivo”, no son tan intuitivos. Last but not least, menciona Eco la “neolengua” o “neohabla” (Newspeak) de 1984, “un vocabulario empobrecido y una sintaxis elemental, a fin de limitar los instrumentos del razonamiento complejo y crítico”. En su proteica inestabilidad, estos atributos dan cuerpo a “una manera de pensar y sentir”, conforman y se nutren de “hábitos culturales”.

La noción de ur-fascismo, ¿contribuye a la comprensión o a la mitificación? Los estudiosos del fascismo hacen hincapié en la obligación de contraponer la historiografía a la “ahistoriología” (Emilio Gentile), a una refección de la historia en función de los intereses del momento político. Haciendo de la necesidad virtud (pues, como reconoce Stanley G. Payne, “es probable que el término fascismo sea el más vago de los términos políticos contemporáneos”), se han esforzado por construir la tipología de un “fascismo genérico”. Roger Griffin ha propuesto, en este sentido, lo que denomina “tipo ideal empático del fascismo”, que busca comprenderlo “a partir del modo en que los propios fascistas entendían su misión política”. Pero esta perspectiva emic, ¿acaso no enfatiza la caracterización del fascismo, antes que como doctrina, como cultura? Una cultura política de la “ultra-nación” (Griffin), o sea, de la renovación de un pasado nacional mitificado y transfigurado en destino colectivo. Es esto lo que no deja de retornar (¿fantasmalmente?) como “nuevo fascismo”.

What’s in a name? No el flatus vocis, sea el haz de varas (fasces) de los lictores, sean las ligas (fasci) de combate mussolinianas lo que designe su etimología. Sino el nombre, inquietantemente familiar, que convocamos cada vez que nos libramos a sus juegos de lenguaje y nos enredamos en sus parecidos de familia, incluso, y sobre todo, cuando decimos “antifascismo”. Nomen omen: ¿será el nombre el destino? Pues, ¿qué trato, no solo con la cosa, sino con el nombre “fascismo”, requiere una cultura política que se dice democrática?

Alejandro del Río Herrmann es editor y doctor en Filosofía.

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