Campano no está

La Fábrica edita ‘Miguel Ángel Campano. La pintura y el mal’, un recopilatorio de cartas a su amigo Nicolás Sánchez Durá que funcionan como un diario del artista

'Autorretrato', de 1982, de Miguel Ángel Campano.
'Autorretrato', de 1982, de Miguel Ángel Campano.

Una vez llamé a Miguel Ángel Campano a un fijo acabado en siete. Nos conocíamos ligeramente. Había ido varias veces a su estudio y habíamos coincidido en varias exposiciones. Cogió el teléfono al segundo tono y pregunté por él. “Campano no está”, me dijo como si quisiera despedirse. Le trasladé un recado para cuando le viera y confirmó que se lo daría. Sin saberlo, había hecho realidad la mayor fantasía cuando suena el teléfono: desdoblarse de uno mismo. Tardé un segundo en sucumbir a ese chascarrillo telefónico, que pronto convertí en mito: ese artista adorable y vehemente, el que pintaba en carne propia, un ser libre y atormentado que parecía vivir en injusta hostilidad consigo mismo.

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Desdoblarse es, de hecho, una palabra que se repite bastante en La pintura y el mal, el conjunto de cartas de Miguel Ángel Campano (1948-2018) a su amigo y catedrático de filosofía Nicolás Sánchez Durá, el artífice de reunir las misivas del artista y que firma el bonito prólogo del libro, editado por La Fábrica. Una premisa importante: este no es un libro sobre la pintura de Campano, pese a que el artista no deje de hablar de ella. Las vueltas que da sobre su condición de pintor “desordenado y maniático”, dice, hablan de todo lo que había detrás de su historia, también, pictórica: de cierta dosis de soledad en el París de 1981, de su sentimiento de vivir a la deriva en las vacaciones en Hyères de 1984, de la elegancia de la sencillez vivida en Sóller, en 1987; de los maravillosos dibujillos de X en Ca’n Posteta, en 1991; de la vida que sonríe en Varanasi, en 1994; de la salud de su madre en Aubervilliers, en 2006; de las lecturas de su otoño del 2001 en Madrid, de la lista de recados en El Corte Inglés en agosto de 2011, de su estado de “cojitranca” en 2012...

Son cuarenta años de este epistolario inusual, en el que solamente se escucha la voz de uno de los dos amigos, cuyo espíritu emerge impetuoso de las cartas. Las palabras de Campano componen un fresco fascinante que recorre los principales episodios de su biografía y permite atisbar sus ideas sobre la pintura, la amistad, el amor, la familia y la literatura. Kant y Schopenhauer son recurrentes en sus notas sobre filosofía; también el blanco y el negro como colores llenos de signos ocultos. Quien lea estas cartas verá su amor incondicional por Rimbaud, los nombres que siempre aparecían en su memoria, cómo Quico Rivas, que le contagió su amor por Mallorca, y cómo llegó su primer derrame cerebral, justo cuando su hijo pequeño, Manuel, cumplía diez días de vida. El ictus se repitió en París, en 2006, y mermó mucho sus movimientos, pero Campano siguió mirando el fardo pictórico de las brochas.

'Collage' con sanguinia y clavo, de 1983, obra de Miguel Ángel Campano.
'Collage' con sanguinia y clavo, de 1983, obra de Miguel Ángel Campano.Miguel Garcia Carceles

Del libro se destila una acción que siempre empujaba al artista a pensar que “no hay que mirar atrás, sino siempre hacia delante”, pese a que a él le costara tanto hacerlo, de ahí su carácter sombrío. Los pasajes en los que se detiene en la pintura genealógica son de lo mejor del recopilatorio: del action painting a Cézanne, Delacroix o siempre Poussin, al que él miraba sin apenas distancias. La otra pata que le da sentido al volumen es la esfera más íntima, las dudas y las derivas, que ocuparon cada una de las ciudades en las que vivió, y que bien se recoge aquí. Quien lea estas cartas reparará en la presencia fantasmagórica de Valencia, que vuelve una y otra vez en su imaginario cultural. Emociona cómo habla de Capsa 13, el garito con pinchadiscos y cubalibres, donde se reunía con otros artistas de Equipo Crónica, Jordi Teixidor o Carmen Calvo, y por donde discurrían las mejores voces del cine underground o la poesía de la época. “Madrid en un largo plazo me pone un poco histérico”, confiesa en la página 41. En Madrid le esperó Vijande, al que también dijo que no. Juana de Aizpuru fue a verle a París y firmaron esa carta inmaterial de la amistad que llega hasta hoy. Con Carles Taché también, que llegó a pedir a Campano, incluso, que escribiese sus memorias.

El libro está repleto de los dibujos y algunas reproducciones de las cartas manuscritas que lo llenan todo de excepcionalidad. Campano se retrata en cada frase, aunque especialmente en esta: “Juntar aquellos cuadros clave de mi trayectoria última en París comenzando por el Diluvio para precisamente mostrarme a mí mismo que solo hay un Miguel Ángel Campano, que en realidad mi trayectoria no es tan tortuosa o travestida o esquizofrénica… Pese a los muchos devaneos, los cambios de humor, la dudas, yo veo una línea bastante recta y clara en estos cinco años últimos: veamos pues cómo quedan todos estos cuadros juntos, me dije”.

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