CRÍTICA TEATRAL

El mal de la juventud acomodada

‘Cluster’ es un ‘collage’ de testimonios autobiográficos de sus ocho intérpretes en cuya confección se echa en falta nervio dramatúrgico

Imagen de la obra teatral 'Cluster', de la compañía Exlímite.
Imagen de la obra teatral 'Cluster', de la compañía Exlímite.LUZ SORIA

El desasosiego de quienes buscan sin brújula su lugar en el mundo es el tema de El mal de la juventud, drama perdurable con el que Ferdinand Bruckner conquistó al público de la Viena de entreguerras. Cluster, obra confeccionada por Fernando Delgado-Hierro a partir de testimonios autobiográficos de sus ocho intérpretes, todos de treinta y tantos años, aborda un asunto parecido, pues sus protagonistas sienten que dejaron atrás la ingenuidad de sus años mozos pero no acaban de alcanzar la madurez. Sin pareja estable, hijos ni anclaje laboral, están jugando una prórroga de su juventud.

Cluster (constelación) es un collage de experiencias con un sesgo evidente, por la extracción social media acomodada de quienes dan testimonio. Hay mucha búsqueda de uno mismo en Nueva York, Los Ángeles, París, Venecia, Australia…, escaso testimonio del mundo laboral, ningún paseo por la infinitud del universo suburbial y referencias contadas a los hilos económicos y políticos que todo lo zarandean. Las escenas más logradas son las que recrean la abracadabrante experiencia de Pablo Chaves como camarero de McDonald’s, animador infantil, jefe de obra sin experiencia y pluriempleado en Massimo Dutti, narrada con un sentido del humor envidiable. También tiene su aquel el combate contra las chinches de Javier Ballesteros: Chaves y él poseen una vis cómica aguzada. En la función abundan los relatos de conflictos familiares, experiencias amorosas y dudas existenciales, a los que Delgado-Hierro no acierta a sacar punta. El inconveniente de la autoficción es que no todo lo que tiene interés personal tiene interés dramático. La mayoría de las escenas son relatadas por su protagonista y representadas por sus compañeros, técnica que empleaban Juan Pundik y Guillermo Jaraquemada en sus sesiones públicas de psicodrama, en los ochenta. Hay un hilo ignoto entre el psicodrama y la autoficción, pero la fuente de este montaje modesto aunque ambicioso de la compañía Exlímite, de tres horas y media (descanso incluido), es Lipsynch, de Robert Lepage, inspirado a su vez en el torrencial Les Éphémères, de Ariane Mnouchkine y el Théâtre du Soleil.

Juan Ceacero, su director, mueve a los actores con visión estelar y sentido del espacio, pero al cabo se echa en falta nervio dramatúrgico en la confección de estos relatos. La autocrítica que en el epílogo hace Ángela Boix de lo acontecido no redime al espectáculo de su ensimismamiento, a pesar del vigor y la elocuencia de la intérprete.

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