CRÍTICA TEATRAL | SPEER

Speer bajo tierra

Pep Munné y Xavier Ripoll protagonizan el duelo entre el arquitecto de Hitler y un interrogador que imaginó la autora Esther Vilar, dirigidos por Ramon Simó

Xavier Ripoll y Pep Munné, en la obra 'Speer', de Esther Vilar.
Xavier Ripoll y Pep Munné, en la obra 'Speer', de Esther Vilar.Elisenda Canals / LA GLEVA TEATRE

Parece un pequeño club del off en Soho. O un lugar parecido en las afueras de Berlín. Podría ser una sala de comedia (y quizá lo haya sido, como casi todos los bares de canciones o monólogos). O un escenario para intérpretes veteranos. Segunda aproximación: un espacio que se diría un lugar de ensayo, donde se va a trabajar. Destartalado, con sillas y mesas desportilladas. Acaba de entrar Hans Bauer con cazadora de cuero marrón, paseando con una insólita linterna. Cualquier recién llegado puede pensar que es un detective rastreando la planta baja. El hombre del Soho lleva un libro extrañamente titulado Speer, que es el título de la obra que se representa en ese escenario. La escribió en 1998 la autora alemana de origen argentino Esther Vilar.

Albert Speer, ministro, arquitecto y amigo de Hitler, fue destinado a sucederle al frente del Tercer Reich. Se puede decir de otra manera: Speer, uno de los 24 dirigentes nazis juzgador en Núremberg, fue uno de los que esquivó la pena de muerte. Le impusieron 20 años de condena.

Año 1931. Speer, arquitecto de formación, cuenta historias a sus compañeros. Otras corren a cargo de un amigo cuyo nombre no revelaremos aquí. Ya se irá ordenando. O al menos se intentará. ¿Dónde estábamos? Ah, sí: 1931. Speer se afilió ese año al partido nazi. En 1933, los organizadores del congreso de Núremberg llamaron a Speer para que presentara sus diseños arquitectónicos por primera vez. Como ministro de Armamento y Municiones del Reich, es responsable de suministrar armas al Ejército. Speer, con 32 años, es destinado, se dice, a suceder a Hitler. En 1937 le nombran inspector general de edificios en Berlín. Una fecha irónicamente clave en el calendario fascista: el 18 de julio de 1947. Speer es transferido a la prisión de Spandau, en Berlín, para cumplir su condena. Allí fue conocido como un agente secreto, “el prisionero número cinco”. En 1966 salió de Spandau para volver a trabajar como arquitecto y escribió varios libros: Memorias. Hitler y el Tercer Reich vistos desde dentro y Diario de Spandau. Quiso quitarse de encima la acusación de ser una de las principales figuras del Holocausto.

Ahora vamos a quedarnos un rato en el teatro La Gleva: pequeño club, como hemos dicho antes. Pep Munné interpreta a Albert Speer y Xavier Ripoll es su enigmático interrogador. En la obra de Esther Vilar, Speer recibe a un funcionario comunista de la RDA en su viejo despacho en Berlín, donde había pasado largas horas con Hitler planificando la transformación de Berlín en Germania. En su conversación, ambos revisan la historia y reflexionan sobre el poder y la barbarie. Se dice en el libro de Vilar: “Los defensores de Albert Speer no dejaron de pedir su liberación. Entre los que prometieron apoyo para que se conmutara su sentencia: el presidente Charles de Gaulle, el diplomático estadounidense George Wildman ­Ball y Willy Brandt, canciller de Alemania Occidental. La Unión Soviética había exigido una sentencia de muerte. No se consintió”. Fue declarado culpable de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Tras cumplir su condena fue puesto en libertad en 1966. Speer: “Solo era un tecnócrata del nazismo”.

Speer se estrenó en 1998 en el antiguo despacho del arquitecto con los actores Karl Maria Brandauer y Peter Simonischek. La misma producción se presentó poco más tarde en el Almeida londinense, con gran éxito. Ramon Simó, el director de la versión catalana que se ha estrenado en La Gleva, habla de “historia-ficción”. Pep Munné lo interpreta con el aire, los andares y el hablar de un gentleman. Xavier Ripoll, con su ironía y su cazadora de cuero, parece ahora, de golpe, un personaje brechtiano. Uno pasa del humor absurdo a la tristeza o la furia repentina.

Nacido en 1905, Speer murió en Londres a los 70 años por un accidente cerebrovascular.

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