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Ramon Llull: máquina fantástica de pensar

El filósofo medieval desarrolló un método que en cierto sentido prefiguraba la inteligencia artificial

Escultura de Ramon Llull, en la iglesia de Sant Miquel de Palma.
Escultura de Ramon Llull, en la iglesia de Sant Miquel de Palma.Tolo Ramón
Juan Arnau

La Edad Media, contra lo que generalmente se cree, fue la edad de la razón. Una época dominada por el pensamiento deductivo (ese que va de lo universal a lo particular) y hechizada por la diosa de la persuasión. Un tiempo en el que todavía era posible convencer con argumentos. Ramon Llull (1232-1316) participó de esa fiebre silogística y construyó, a tal efecto, una máquina de pensar. Una ciencia, llamada Arte, revelada en un Sinaí mediterráneo, el Puig de Randa, cerca de Palma de Mallorca. La epifanía prefigura, en cierto sentido, la llamada inteligencia artificial. Dicen sus biógrafos que, en esa montaña santa, “recibió por inspiración divina una ciencia para la conversión de los infieles”. Ese mismo año de 1274 mueren dos maestros del silogismo, el dominico Tomás de Aquino y el franciscano Buenaventura. Se cierra una época y comienza el mundo moderno.

El artefacto es relativamente simple. Una serie de discos concéntricos que producen mecánicamente oraciones, mediante un lenguaje formal y una lógica combinatoria. Se trata de uno de los primeros intentos de sortear las barreras idiomáticas y crear una lengua universal, antecedente de la Mathesis Universalis que buscaron Descartes y Leibniz, y que nace del deseo de persuadir (la lógica siempre es la propia). Los cristianos comparten con hebreos y musulmanes la práctica de dirigirse a Dios a través de sus nombres. La epifanía de Randa pone esos nombres a funcionar. El Arte es una máquina que hace pensar y las oraciones que emite se convierte en objeto de contemplación. En cierto sentido recuerda a los brahma-vihara del budismo, una serie de prácticas de la meditación diseñadas para el cultivo de cuatro virtudes o actitudes sublimes: la bondad, la empatía, la alegría y la ecuanimidad, donde confluyen la experiencia visionaria y la comprensión intelectual.

Llull está convencido de que el Arte es una confidencia divina. De hecho, poco después de la epifanía, recibe la visita de un misterioso pastor angélico. Desciende de la montaña y, en una abadía cercana, escribe la obra sobre la que orbitará el resto de su vida. Toda su inmensa producción, casi trescientas obras en catalán, latín y árabe, son aplicaciones diversas, literarias y científicas del Arte. Cuando regresa a la cima, manda construir una ermita y pasa allí los cuatro meses siguientes. Los atributos divinos son correlativos y su concordancia entre sí es el motor del Arte. Unas dignidades que necesariamente han de compartir judíos y musulmanes. Aunque a nosotros no nos lo parezca, para Llull ese supuesto compartido por las religiones del libro es indiscutible: el Dios mejor, el verdadero, es el que posee mayor concordancia entre sus atributos y el efecto de estos: la creación. Todos los sabios del mundo han de coincidir en ello. Ese Dios ha de gozar de una serie de atributos o dignidades como bondad, sabiduría, virtud, verdad, gloria y perfección (la lista irá variando conforme se desarrolle el sistema). Las transformaciones del mundo, que es una emanación divina, proceden mediante correlativos de tres. Llull se disculpa de su “manera arábiga de hablar”. Esos correlativos son, según la gramática: sujeto, objeto y verbo; según la filosofía de Aristóteles: agente, paciente y acción; según el cristianismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo; y según la filosofía musulmana: el mundo inmaterial del significado, el sensible de la persona y el imaginal del alma.

Personaje en busca de autor

Vaya por delante que Ramon Llull es un personaje inclasificable. Un autor total, originalísimo, excéntrico y posiblemente algo colérico. En una época en la que todavía no ha nacido el individuo, no duda en hablar de sí mismo, de su propia trayectoria vital, de sus logros y sus fracasos, de lo que queda por hacer. De todo ello da cuenta en poemas, diálogos y canciones (Desconsuelo, Phantasticus, Canto de Ramon). Desde Agustín de Hipona, pocos autores han hablado tanto de sí mismos. No hay narcisismo, pero sí la certeza de que la propia vida puede ser objeto de meditación, por ser una vida casi extravagante, de un rico que se hace pobre y que ha descubierto las interioridades divinas. Lo arrastra una fiebre apologética sin precedentes, poseído por una energía creativa inacabable. Su misión: promover el modo católico de ver el mundo. Vive en el cruce de caminos entre Oriente y Occidente que es la Mallorca de su tiempo. Esa perspectiva tiene dos elementos que no comparten hebreos ni musulmanes: la Trinidad y la Encarnación. Tomás de Aquino ha establecido que la razón puede demostrar la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, pero que esos dos elementos fundamentales son asunto de fe. Llull es más ambicioso. Pretende demostrar racionalmente la Trinidad y la Encarnación. Algo que los dominicos (que controlan la Inquisición) consideran herético, y pretende hacerlo mediante un álgebra de los nombres divinos que nos hablan de los “actos de Dios”. La vida de lo divino no es algo estático o indiferente, sino que se proyecta continuamente sobre el mundo creado. Todas las cosas, por pequeñas que sean, son una mezcla, más o menos equilibrada, de los atributos divinos. La Trinidad es el mecanismo de esa actividad interna y la Encarnación el modo de compartirla, el modo en que Dios hace participar a la criatura de su propia naturaleza. Esa conversación está escrita en la materia, en cada uno de los pliegues de la piel, en la mirada y en la voz.

Ramon Llull, según un retablo de Joan Desí (1503).
Ramon Llull, según un retablo de Joan Desí (1503).

La experiencia de Randa no hubiera sido posible sin el trabajo previo de El libro de la contemplación en Dios, donde Llull va en busca de un método y prueba diversas técnicas y formulaciones algebraicas. Pretende fusionar la lógica cristiana de Pedro Hispano con la árabe de Algazel. Avanza sobre un terreno pantanoso: “demostrar la fe”. Una empresa considerada herética por los dominicos. Si la fe se pudiera demostrar, perdería su valor. Pero Llull es un autodidacta imparable, no ha sido educado en la escolástica (en general gregaria), y sigue adelante con su empresa apologética. Necesita dos cosas. En primer lugar, no recurrir a la autoridad de libros sagrados o exegetas. En segundo, demostrar por “razones necesarias” la doctrina cristiana. No basta la vía negativa. Sin estos dos requisitos, cualquier proyecto apologético fracasará. Para sortear los dos obstáculos fundamentales para judíos y musulmanes (la trinidad y la encarnación) debe buscar elementos comunes a los tres monoteísmos: la tradición veterotestamentaria y la herencia de la filosofía de Aristóteles. A nivel cosmológico, otra idea compartida y heredada del neoplatonismo es la de la escala del ser. Una idea que asume tres premisas: un universo ordenado, una jerarquía de seres y una serie de planos superpuestos (que reflejan con mayor o menor intensidad el original divino). De ahí que Llull apenas cite la Biblia u otras autoridades. Su única fuente es la epifanía de Randa. Ahora bien, esa experiencia no envía un mensaje completo. Más bien, sugiere un método: el Arte. Un método que ajustará y corregirá durante más de 30 años, hasta su versión definitiva de 1308. Lo que ocurrió en aquella montaña, más que un mensaje, es la certeza respecto a ciertos métodos del pensamiento. En aquella cima ha descubierto un sexto sentido, el poder de la palabra (afato), ese que permite una comunicación directa y luminosa.

Cuando baja de la montaña, Llull trae consigo un nuevo lenguaje, abstracto y, a su juicio, universal. No sabe que los supuestos que maneja se limitan al Mediterráneo, quizá hasta Persia. Del neoplatonismo ha heredado la confianza en la bondad y la plenitud del Ser; la idea de una escala de los seres, con Dios a la cabeza, y la posibilidad del regreso del alma inmortal a la unidad primigenia. La interconfesionalidad que busca sea local, limitada a cristianos, judíos y musulmanes. No puede ser de otro modo. La Mallorca de su tiempo es un territorio fronterizo, enclave entre la Europa meridional y el Norte de África. Un budista tibetano al que se le explicara el Arte, no lo entendería. Las premisas sobre lo divino (dignidades) carecen de sentido para una visión no teísta. Tampoco lo haría un taoísta o un filósofo del sāṃkhya (más cerca de entenderlo estarían el nyāya o el vedānta). La lógica y el pensamiento abstracto, que se pretenden universales, siempre acaban mostrando idiosincrasias locales, un aire de la tierra en la que nacieron.

La empresa de Llull es la búsqueda de una lengua perfecta. Una empresa que siempre termina por convertirse en una estrategia de dominación o imposición simbólica. Internet iba a traernos voces lejanas y diversas y no hace sino condensar voces uniformes, que aplanan las mentes y las miradas, al tiempo que crean grandes monopolios. El monopolio simbólico es hoy el gran negocio y la amenaza heredada de los viejos monoteísmos. Pero Llull no es Montaigne. No han llegado a sus oídos las advertencias de la antropología. No le preocupa salvaguardar las diversas imágenes del mundo.

El Arte

El Arte es original, ya hemos dicho que se parece más a un artilugio algebraico que a un tratado. Tiene un tono escolástico y aristotélico, pero sus categorías son dignidades o atributos (“Nombres de Dios”) que pretenden la unificación de todas las ciencias y todas las creencias. En su primera versión esas dignidades son 16. Más tarde, en la versión definitiva del Arte, se reducen a nueve, múltiplo de tres. En ella se introduce un factor clave: el amor. Amor y conocimiento van de la mano. Entre el sujeto que conoce y el objeto conocido hay una corriente erótica. Es el llamado Arte amativo. La ciencia no es árida abstracción, sino un árbol vivo (que busca lo alto). Se mueve, como todo lo vivo, a impulsos (hoy diríamos revoluciones). Llull escribirá una enciclopedia orgánica titulada el Árbol de la ciencia donde unifica las ciencias de su época y a la que añade un colofón literario: el Árbol ejemplifical. Se trata de uno de los textos más creativos y originales de la lengua catalana, donde la ciencia se transforma en literatura. Hasta ahora, el ejemplo particular (la literatura) estaba al servicio de lo general (la ciencia). Llull se gira sobre sí mismo y pone la ciencia al servicio de la literatura. Todo se percibe y siente. Como en las upaniṣad, los elementos se enzarzan en una discusión (el fuego reprocha al agua su humedad), también hablan los frutos entre sí. El Arte funciona como máquina discursiva a pleno rendimiento, multiplica los ejemplos y las tramas, como los algoritmos que hoy escriben los guiones de las series.

Ilustración medieval sobre la vida de Ramon Llull recogida en el 'Breviculum', de Tomàs Le Myésier.
Ilustración medieval sobre la vida de Ramon Llull recogida en el 'Breviculum', de Tomàs Le Myésier.

El pensamiento medieval concibe tres mundos. En primer lugar, el mundo del sentido, increado, y, por debajo, el mundo creado. Este último se divide en dos, el mundo imaginal (los ángeles y almas) y el mundo “elementado” de la materia y la vida. Llull utiliza muchas metáforas para describir esta triple división, una de ellas es gramatical: superlativo-comparativo-positivo. Otra hermética: la condición humana como eje o bisagra de los tres mundos. De hecho, las tres potencias del alma (entendimiento, memoria y voluntad) son reflejo de esos tres ámbitos. El entendimiento participa de lo increado, la memoria de la imaginación y la voluntad de la vida.

Si judíos y musulmanes aceptan que lo divino es “aquello de lo cual no puede pensarse nada mejor”, Dios debe tener estos nueve atributos: Bondad, Grandeza, Eternidad, Poder, Sabiduría, Voluntad, Virtud, Verdad y Gloria. Estos atributos son reales y concordantes entre sí, es decir, pueden transformarse unos en otros (la bondad es grande, la grandeza es buena). Dichas dignidades no están ociosas, tienen su propia actividad interna en la unidad de la esencia divina. Una actividad que se refleja en el mundo (que parece plural, aunque la Realidad sea una). Por eso existe el universo. La bondad es difusiva por naturaleza y lo es desde toda la eternidad. Una idea que viene del neoplatonismo: el bien es mejor si se comparte. El bien ensimismado sería un bien viciado, narcisista. El Padre proyecta el bien sobre el Hijo, y el Espíritu lo hace circular. La Trinidad es el resultado de la actividad intrínseca de las dignidades, pues lo que se dice del bien puede decirse de la sabiduría, el poder, la gloria, etcétera. Sin esa actividad intrínseca, la divinidad estaría ociosa. Y una divinidad ociosa vale menos que una divinidad compartida.

Hay en Dios una actividad ad intra y otra ad extra, que es la creación. Para que haya una mayor concordancia (un mayor entendimiento y participación) entre Dios y la creación es necesario un mediador. De este modo se demuestra la Encarnación, que es la unión del Creador con la criatura en la persona de Cristo (una unión que los sufíes extienden a todas las criaturas). Esta naturaleza activa de lo divino existe en todos los niveles del ser, en todos los escalones de lo creado, desde la tierra y el agua hasta los ángeles. Como apuntan [el traductor] Anthony Bonner y [la filóloga] Lola Badía, cada elemento particular de la creación tiene a su vez una actividad ad intra y otra ad extra. El fuego se quema a sí mismo y calienta la olla. El ser es pura actividad, hacia dentro y hacia afuera.

La naturaleza dinámica de los atributos divinos que anima la creación incide en las tres potencias del alma (entendimiento, memoria y voluntad), que a su vez se proyectan en los tres mundos. No es este el lugar para entrar en detalles, pero cada una de estas potencias tiene un modo triple de actuación, asociado a diferentes ternas de conceptos (afirmación-duda-negación, diferencia-afinidad-contrariedad, etcétera) que configuran tablas y figuras esenciales del sistema. La idea central es que Dios ha creado el mundo a su semejanza y que cada cosa creada recibe las dignidades según su propia receptividad. En su itinerario, el alma no puede rebasar su propia capacidad de recepción. En cualquier ámbito de la existencia en el que se encuentre, se verá a sí misma, pues lo divino asume la forma de su disposición.

Hay, además, otro aspecto muy moderno en Llull. Las figuras no tienen un valor simbólico o mágico. Son herramientas intelectuales, no de meditación, como los yantras hindúes. Para la ciencia luliana, el simbolismo visual es el árbol, cuyas ramas y raíces constituyen una estructura viva y, al mismo tiempo, relacional-combinatoria. Las criaturas están hechas de una combinación de las dignidades en cada una de sus tres formas (bonificativo-bonificar-bonificable). Una mezcla (en el sentido de Anaxágoras), particular e intransferible. La lógica diagramática y las tablas combinatorias reflejan esos patrones en el universo y en los seres. No se discuten conceptos aislados, sino en relación con los demás. Lo que interesa es el lugar que ocupa en una gama y su contacto con otros conceptos limítrofes (recuerda al “origen dependiente” del budismo, que subsume el concepto de causa en el de circunstancia).

El Arte construye proposiciones y permite advertir la unidad esencial de la realidad. Es un programa a la vez intelectual y místico, un programa que algunos considerarán perverso. Es intelectual porque pretende borrar la distinción entre fe y razón, entre lógica, ontología y teología. Es místico porque lo hace mediante un método que sirve para conocer y amar. El conocimiento debe amar lo que conoce y el amor conocer lo que ama. Es lo que Llull llama ciencia y amancía. La mirada tiene temperatura, puede ser fría o cálida. La devoción es el termostato que ajusta esa temperatura. La escala del ser es una escala de percepciones. La inteligencia emocional de la que se habla hoy día revive la amancía luliana (el amor intelectual del que hablaría más tarde Spinoza). La enfermedad del alma es el desorden en sus raíces. El pecado es falta de atención a la Unidad originaria. El Arte la recuerda, la pone de manifiesto, permite visualizar el árbol cósmico.

Vida coetánea

La vida de Ramon Llull merecería un filme. Él mismo relató de sus andanzas a “ciertos amigos” de París, los monjes de la Cartuja de Vauvert, junto al Jardín de Luxemburgo. El mallorquín tenía, sin saberlo, algo de americano. Un corazón impetuoso con afán de totalidad. Quiso conocer todo y convencer a todos. Pensó, como Leibniz, que las disputas podían resolverse mediante el cálculo, y creía, como algunos hoy, que un arte combinatorio revelaría los arcanos del mundo. Tuvo también algo de visionario: en el monasterio de orientalistas de Miramar, en Valldemossa, puede verse, escrito en un muro, un fragmento redactado en 1289 en Montpellier, doscientos años antes del viaje de Colón: “La principal causa del flujo y reflujo del mar Grande [el océano Atlántico] es el arco del agua del mar que en el Poniente estriba en una tierra opuesta a las costas de Inglaterra Francia y España y toda la confinante de África”.

El padre de Ramon Llull pertenecía al patriciado barcelonés. Había acompañado a Jaime I en la conquista de Mallorca, por lo que le fueron otorgadas tierras en la isla. La juventud de Llull transcurre en la corte. Senescal de mesa del rey, casado y con dos hijos, es “bastante rico, lascivo y mundano” y se dedica “a componer canciones y otras cantinelas”. Una noche, con cerca de 30 años, tiene una visión en su alcoba. Se mete en la cama para enterrarla en los sueños, pero la visión de Cristo, crucificado y ensangrentado se repite en los días siguientes. Asume entonces que ha de cambiar de vida. Renuncia a la familia, vende sus propiedades e inicia una vida peregrina, consagrada al estudio y la contemplación (no ingresa en los franciscanos, pero se mantiene próximo a ellos). Carece de formación, por lo que decide estudiar en París, pero Ramon de Penyafort le aconseja que lo haga en Mallorca. Un hecho decisivo. La innovación siempre ocurre en los límites. La isla es territorio fronterizo. Los musulmanes sometidos constituyen una tercera parte de la población y los judíos una minoría influyente. Se viste con un “paño grosero” y pasa una década entre libros, aprendiendo la lengua y la filosofía árabe. De ese silencio emerge su primera gran obra, los siete tomos del Libro de la contemplación, escrito en la lengua del Corán. Es el primer orientalista europeo, un laico con vocación misionera, globalizante.

Lo mueven tres obsesiones: escribir “el mejor libro del mundo”, la creación de escuelas de traductores y el martirio, que buscará con denuedo. Sueña su muerte (apedreado por los sarracenos) y así lo recordará la tradición. Viaja infatigablemente, recorre los reinos musulmanes del norte de África para persuadir a los infieles. Tiene algo de Quijote y sabe lo que es la violencia. Sufre insultos, golpes y vejaciones. En dos ocasiones intentan asesinarlo, la primera su profesor de árabe, que también era su esclavo; la segunda dos sirvientes, uno de ellos clérigo. Pretende predicar en sinagogas y mezquitas, y no pierde ocasión de debatir con imanes y rabinos. Lo vemos buscando el ansiado martirio en Túnez, a una edad en la que ya es una extravagancia hacerlo. En Bugía, con más de 60 años, es encarcelado, linchado y apedreado, “recibe golpes de palos y puños de los sarracenos”, es “brutalmente arrastrado por la barba” y encarcelado seis meses. Una vida intensa e itinerante, trufada de crisis y fracasos, de temores paralizantes y enfermedades. Ya anciano, naufraga frente a las costas de Pisa y pierde algunos de sus libros, los expertos hablan de 327 obras (243 conocidas), escritas en latín, catalán y árabe.

Ramon Llull, en un grabado del siglo XVII.
Ramon Llull, en un grabado del siglo XVII.

En tres estancias en la Universidad de París (donde pudo coincidir con Eckhart), Llull combatió a los averroístas y la idea de una doble verdad. Debía existir un fondo racional en las verdades de la fe, a las que era posible llegar mediante la deducción lógica, de ahí que una máquina de la verdad pudiera ser un objetivo plausible. Lo real debía ser divino y racional al mismo tiempo, y para “levantar el palacio de la ciencia” bastaban la idea de Dios y sus atributos. En cierto sentido procedía como Spinoza, y parece anticiparlo cuando escribe: “Mi esencia no es otra cosa que la fuerza resultante de una participación finita en los atributos de Dios: por la bondad de Dios soy bueno; por su grandeza, grande; por su eternidad, durable, es decir, permanezco en el ser.”

Llull tiene una energía febril y una enorme fuerza y vigor. La extrae de la tensión interna entre lo apologético y lo contemplativo. Es al mismo tiempo un violento cruzado y un franciscano contemplativo. Combina episodios audaces de conquista dialéctica con episodios contemplativos y, cuando el miedo lo atenaza, depresivos (como cuando se queda paralizado en Génova, antes de embarcar para Túnez, donde cree que lo matarán o encerrarán de por vida). No teme mostrarse como es, en un fragmento se describe como un idealista al que los demás consideran un pesado. Su idea fija es la empresa apologética, que siempre implica cierta violencia contra los hábitos y costumbres del extranjero.

El amor es cosa de tres

En los periodos contemplativos de su vida, las imágenes de Llull se orientan hacia el amor a la naturaleza. No hay en su pensamiento fuga gnóstica del mundo, sino meditación soleada en la profunda realidad de un cosmos envuelto en un halo de inocencia primordial. De ahí que no conciba el conocimiento sin amor (scientia et amantia). Se entiende más por amor que por conocer. Ese amor exige armonizar las potencias del alma: memoria, voluntad y entendimiento.

El Libro de amigo y amado es la expresión del Llull más contemplativo y su obra más leída. Un breviario de amor impregnado de sufismo. El amigo es el místico del mundo sensible, el amado el trasfondo de todas sus maravillas: fuentes, árboles, pájaros, jardines encantados. El alma del amante (mundus imaginalis) es el lugar de encuentro de los amantes. El amor es el factor que ilumina tanto al amigo como al amado. Les otorga su consistencia y vitalidad. Es distancia y también encuentro, es la luz que mide las cosas. Llull asume la visión del poeta egipcio Ibn Farid. En el libro del amor humano es donde se aprende el amor divino, quien no conozca el primero no alcanzará el segundo. Hay también resonancias hindúes, traídas de la mano del iranio Al-Hallaj: “Yo soy Aquel que yo amo / y Aquel que amo soy yo. / Somos dos espíritus / difundidos en un solo cuerpo”. “Allí donde tú estás no hay dónde”. Ese presente que no tiene lugar es la atención. Esa es la fuerza de cohesión entre el amigo y el amado, el mundo intermedio o barzaj. “—¿Quién eres?—Tú”.

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Llull lo enuncia explícitamente es una de sus estrofas: “Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por el amor”. Para ello hay que “beber en la fuente donde aquel que no ama se enamora”. Pretende inspirar el fervor y la devoción en los ermitaños. Cada versículo puede ser objeto de meditación diaria, como si se tratara de haikus. Subyace una cosmología de sesgo oriental. Diferencia y concordancia son cosas del mundo creado, que es un mundo plural. No así el trasfondo divino, cuya esencia es la unidad y donde los opuestos puede coincidir. Una idea que fascinará a Nicolás de Cusa. Los estudiosos han identificado un pasaje clave, que da cuenta de dicha cosmología: “Por los caminos de vegetación, de sentimiento, de imaginación, de entendimiento y voluntad, iba el amigo en busca del amado”. En esos caminos hay peligros y fatigas. No es fácil elevarse hasta el amado, que quiere que sus amantes lo amen y entiendan. Esos caminos no son simbólicos y tampoco son únicamente los del alma. Expresan la creación entera, la existencia misma, en todas sus formas, que recorre la escala del ser.

Llull es el primer moderno en su voluntad universalista. Quiso difundir un tesoro que, a su entender, valía para todas las confesiones. Pero no supo cómo trasladar ese amor a su proyecto apologético. Esa es su locura de amor, que es también la locura de la lógica (la misma en la que se embarcaron Russell, Frege y Whitehead. La tensión, casi tectónica, entre lo apologético-racional y lo ingenuo-contemplativo fue el motor de la vida de Llull. De ella emerge su inmensa obra. Tanto en su ciencia como en su arte se respira en un amor loco a lo divino. Pero también la pasión por ciertos símbolos heredados que serán un obstáculo en el diálogo que pretendía propiciar. Llull, como don Quijote, fracasa. Y en su fracaso podemos encontrar algunos signos de nuestra identidad más valiosa y profunda.

La mística de la máquina

Una última reflexión. La máquina de Llull estaba cargada de ilusión. Pero aquella máquina, como las de hoy, era una máquina ilusa. Las máquinas no piensan, simplemente calculan. Con frecuencia, en esta civilización contable que habitamos, se confunde el cálculo con el pensamiento. Se dice que el ordenador “está pensando” cuando se quiere decir “está calculando”. El pensamiento genuino tiene siempre algo de creativo y de participativo. Esa creación supone una recreación. Al pensar, nos recreamos, literalmente. No se trata de un mero entretenimiento, sino que en cierto sentido renacemos. Algo parecido a lo que ocurre cuando recordamos algo. Donald Davidson decía que entender una metáfora era tan creativo como inventarla. Es cierto. Ver una cosa en términos de otra, ¿qué otra cosa podría ser la metáfora? Por eso la lectura es tan saludable, porque hace viajar al pensamiento y todo el mundo sabe que los viajes rejuvenecen, nos vuelven a crear. Hay, además, otro factor. El pensamiento genuino surge cuando callan las palabras. Cuando nos detenemos. De ahí que las máquinas, a pesar de lo que diga el marketing ingenieril, nunca podrán pensar, porque ellas, que están hechas de palabras, no saben recrearse (solo reiniciarse). El poeta Paul Valéry ha expresado mejor que nadie esa aspiración silenciosa del pensamiento. “Les hablo, y si han entendido mis palabras, esas mismas palabras están abolidas. Si han entendido, eso quiere decir que esas palabras han desaparecido de sus mentes, han sido sustituidas por una contrapartida, por imágenes, relaciones, impulsiones, y ustedes poseerán entonces con qué transmitir esas ideas y esas imágenes a un lenguaje que puede ser muy diferente. Comprender consiste en la sustitución más o menos rápida de un sistema de sonidos, de duraciones y de signos por una cosa muy distinta, que es en suma una modificación o una reorganización interior de la persona a la que se habla.” Una reorganización interior, esa es la recreación mediante el pensamiento que ninguna máquina podrá lograr. El pensamiento bien entendido, con cierta distancia escéptica y contemplativa, el único capaz de vivificar y renovar las energías.

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