SILLÓN DE OREJASColumna
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El Miércoles de Ceniza de Pablo Hasél

Hay dos grandes tendencia sociales con reflejo en la industria editorial: el feminismo y la violencia política

Incendio provocado por los manifestantes que apoyan a Pablo Hasél durante los disturbios en Barcelona el 17 de febrero de 2021.
Incendio provocado por los manifestantes que apoyan a Pablo Hasél durante los disturbios en Barcelona el 17 de febrero de 2021.David Zorrakino / Europa Press

1. Penitencias

Al mismo tiempo que, por iglesias de aldeas y ciudades de todo el país, miles de enmascarados feligreses recibían en su mollera (antes lo hacían en la frente) la sutil ceniza penitencial que marca el inicio de la Cuaresma, algunos miembros de las fuerzas y cuerpos de la Seguridad del Estado recibían sobre sus cascos y (¡ay!) cabezas los cúbicos y pesadísimos adoquines que les dispensaban algunos energúmenos reunidos para pedir la libertad de ese héroe de nuestro tiempo, ese nuevo Gramsci de la teoría revolucionaria que es el rapero Pablo Hasél. Las letras de sus temas y twitidos se han reproducido lo suficiente para que no tenga que insistir, repitiéndolos aquí, en que se trata de textos pergeñados desde la ternura y la empatía con las masas: quienes insisten en leerlos de otra forma son los que se equivocan, como quienes piensan (en la CUP) que la actuación policial es la que genera violencia. Tremendo este país, una vez más. Y tremenda la cretinez de una izquierda pretendidamente transformadora (me refiero a la que aún se mueve, aunque exangüe, en la órbita ideológica de UP y del nacionalismo de izquierda) que, tras el apoyo incondicional de los primeros días (Echenique, el tajante Yezhov de UP, lució espléndido: “Todo mi apoyo a los jóvenes antifascistas que luchan en la calle por la libertad y la justicia”), se lo pensó un poco mejor cuando ya habían ardido suficientes muestras de mobiliario urbano, y los héroes irredentos se habían provisto, saqueo mediante, de suficientes productos de Versace o Nike o Uterqüe, que son las marcas que aman odiar cuando no van de justicieros. Poco tiempo después, las “matizaciones” a las primeras declaraciones incendiarias llegaron con simultaneidad norcoreana, confirmando barojianamente que todo está bien si parece bien. Como muchos más, también creo que este país necesita profundas reformas (de los protocolos policiales, por ejemplo), y que en orden a la libertad de expresión, mejor pocos tabúes (los límites los pone el Código Penal, también reformable, por cierto). Pero una democracia consolidada precisa también que la gente de izquierdas que la defiende reaccione sin temor y con firmeza a las tergiversaciones puestas en circulación por los pequeños dictadorzuelos encaramados en la burocracia de organizaciones cuya influencia se basa en el chollo que les da formar parte (por ahora) de un Gobierno de coalición, y disponer de privilegiados nichos de complicidad en ciertos medios de comunicación. En todo caso, y como sucinto apoyo bibliográfico a este comentario, les recomiendo la compilación Violencia política (Tecnos), un reader coordinado por los investigadores Lesley-Ann Daniels y Martijn C. Vlaskamp en el que se analizan distintos tipos de violencia política.

2. Eclosiones

Los más viejos de la tribu del libro recordamos la magnífica explosión editorial que tuvo lugar en los meses anteriores y posteriores a la muerte de Franco en la cama y sin juicio. Para millares de lectores que aún tenían que conseguir buena parte de su mercancía espiritual en trastiendas prohibidas o almacenes húmedos y mal iluminados fue aquel un momento inolvidable en el que la política editorial denotaba una aceleración del tiempo que parecía traernos vertiginosamente, y en fascinante desorden, lo que nos había sido hurtado por los aparatos censores del tardofranquismo: de Marx a Fanon, de Neruda a Sartre, de Reich a los antipsiquiatras. Llegaban novelas prohibidas en ediciones deleznables, algunos pioneros textos gais, manifiestos moderadamente feministas, manuales de técnica sexual. En aquella explosión editorial no todo era perfecto; la prisa y la competición no dejaban a menudo tiempo para el rigor o la calidad: se publicaron traducciones que venga Dios y las lea, textos mutilados, artefactos lingüísticos en los que sus autores no se habrían reconocido. La gente consumía productos muy diferentes y saltaba de una preferencia a otra. No importaba: lo que contaba es que todo estuviera a nuestra disposición, ya lo asimilaríamos más tarde. Una explosión de creatividad semejante, con todos los sensores puestos en lo nuevo, no se veía en la edición española hasta que llegó el impulso del MeToo y la última eclosión feminista. Las obras sobre feminismo —en el sentido más amplio del término— o escritas y protagonizadas por mujeres son las reinas del mercado de la novedad, de los premios, de los debates y de los foros literarios. En el segmento destacan especialmente por su cantidad y calidad dos géneros: la novela gráfica, en el que las mujeres han irrumpido con fuerza y creatividad, y la novela llamada “negra”, de la que siempre encontramos alguna muestra en las listas de más vendidos.

Entre las últimas que he tenido ocasión de leer está Especie (Alfaguara), de Susana Martín Gijón, que he conseguido terminar sin especial entusiasmo. ¿Por qué? Quizás porque algunos de sus personajes femeninos me resultan meras contrafiguras “feministas” de los sabuesos masculinos, pese al esfuerzo por “mostrarlas” convenientemente liberadas y preocupadas por cuestiones sociales de actualidad. La sordidez de las historias (en este caso, el modus operandi del asesino se basa en la tortura y cruel muerte de los animales, según se practica en la industria alimenticia) es ya algo casi habitual, desde el éxito logrado por los libros del llamado/a/os Carmen Mola. Pero lo que más me ha cansado ha sido, posiblemente, la proliferación de las ceremonias de interior: reuniones y reuniones en las que los sabuesos discuten y se informan, como si entre el mundo de la comisaría y el del afuera se alzara un telón. Entre los personajes merece particular respeto Evita Gallego, la “nueva” en la brigada, quizás el más redondo (en el sentido que daba E. M. Forster al término) de todos ellos. Sevilla —una nueva “capital negra”— aporta un color local algo deslavazado. Ya digo, la terminé, sí, pero sin pena de acabarla, lo que no sé si es un elogio.

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