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Homenaje a Manuel Vicent bajo el recuerdo del Café Gijón

Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel, Ana Belén y David Trueba, entre otros, se unen en el Festival de EL PAÍS para celebrar al escritor y rescatar el espíritu de las tertulias clásicas

La tertulia del Gijón
El escritor y columnista de EL PAÍS Manuel Vicent en 'La tertulia del Gijón', este viernes. Foto: Samuel Sanchez | Vídeo: EPV

El periodismo es rigor, información, contraste de fuentes, contexto. Es verificar, es explicar; es poner luz donde hay sombra. Todo eso es cierto y a ese ministerio muchos consagran la vida pero, que no les engañen, el periodismo también es jarana. “Esto es como en la tertulia del Gijón, pero aquí sí que hay un nivelazo”, bromeaba en la tarde de este viernes el escritor y periodista Manuel Vicent en Matadero Madrid, lugar en que EL PAÍS celebra durante este fin de semana largo un Festival por sus 50 años de historia. Pasaba en un acto muy especial: una loa, una semblanza, un homenaje a las tertulias del mítico Café Gijón, fragua de intelectuales, juez de reputaciones y mentidero literario y periodístico del Madrid de la memoria.

Capitaneados por el incombustible Juan Cruz, que ejerció de maestro de ceremonias, se desplegó en el Auditorio de Matadero un auténtico dream team de esto del arte hablar y de escuchar: Joan Manuel Serrat, Leonor Watling, Víctor Manuel, Nativel Preciado, David Trueba, Luis Alegre, Ángel S. Harguindey y el propio Vicent (que creció y se educó en ese ambiente y sobre el que giró el encuentro). Fue un coro de memoria y humor. Vicent, piedra angular de todo el conversatorio, recordó las reglas de las tertulias del Gijón: “Llegar llorado de casa y no hablar de sentimientos”, mientras citaba a Ramón María del Valle-Inclán despachando a un novato que hablaba de más: “Oiga, pollo, se va usted a pisar la lengua”.

Preciado, que “aprendió todo” de Vicent, ajustó cuentas con la época: “No dejaban sentarse a las mujeres… érais insoportables”. Serrat y Ana Belén recordaron la llegada desde provincias y el vértigo del éxito, Alegre y Trueba reivindicaron su reciente película-conversación con Vicent; Víctor Manuel enlazó vocación y pérdida; y Harguindey rememoró muchas anécdotas con Vicent, como cuando intentaron pegarle y Vicent se zafó con un parecido que le ha perseguido toda la vida: “¡No me peguéis, que yo soy Luis Carandell!”. Hubo historias de pirómanos poetas que intentaron quemar el Gijón, de egos domados y risas constantes. Además de los presentes, salieron una ristra de recuerdos y nombres: Umbral (“escritor extraordinario, pero el más machista de todos los de la tertulia”, terció Preciado); Atahualpa Yupanqui, que no hablaba (“su prestigio era el silencio”, dijo Vicent); el recientemente fallecido Raúl del Pozo, muy amigo de Vicent; Rafael Azcona (“un hombre feliz porque nunca tuvo envidia”, señaló Vicent); Cunqueiro (“que paseó a Himmler por España y le llevó a una corrida de toros”); Concha Piquer (“La entrevisté y tuve que llevar a Antonio López, que estaba enamorado de ella”).

Con el periódico de hoy en la mano, David Trueba leyó en alto el titular de contraportada: “Dice Quevedo, el cantante, que es muy feliz siendo rico, pero que también es una condena. ¿Vosotros habéis sentido este vértigo del éxito?”. Ana Belén y Serrat le enmendaban la plana al canario: “Yo solo he sufrido cuando no tenía trabajo”, decía la cantante. “Yo cuando más famoso he sido es cuando más feliz he sido”, terciaba entre risas el catalán. Para ese medio que tenía Trueba entre las manos, Vicent (que lleva en la casa desde 1977) tuvo una reflexión afilada: “Para mí, el móvil es el anticristo, y abrirse paso en esa charca y hacer un periódico inteligente es muy meritorio. EL PAÍS, si es de papel, no te mancha las manos; y si es digital, no te mancha la inteligencia”. Ahí queda eso.

Pudoroso como es, confesaba Vicent que cuando se enfrentó a la película sobre su vida de Alegre y Trueba sintió “lo mismo que al enfrentarme a una colonoscopia o a un tacto rectal”, pero esta tarde fue todo lo contrario: un masaje de risas y compadreo. Cuando Trueba señaló que Vicent, a sus 90 años, “dura más que las pilas Duracell”, el aludido tuvo un comentario final: “Había un hombre que fue al sastre a por unos pantalones. Y el sastre tardaba y tardaba: una semana, dos, un mes, cuatro meses, siete meses. Dijo el hombre al sastre: ‘Oiga, Dios hizo el mundo en siete días y usted para hacer unos pantalones ha tardado siete meses’. El sastre le miró: ‘Hombre, es que mire usted el mundo… ¡y mire usted qué pantalones!”. Si eran tan buenos, seguro que estaban hechos de la misma pasta que él.

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