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Elecciones en Colombia
Columna

Dos camaleones políticos en apuros

Estos dos políticos colombianos, a quienes nos referiremos por las iniciales de sus nombres, han sabido cambiar de bando, reunir votos y ser nombrados embajadores. Pero si no logran ganar estas elecciones, por primera vez en décadas quedarían huérfanos de poder

Roy Barreras y Armando Benedetti.

Hace cuatro años, por estas mismas fechas, R y A ya habían dejado atrás los ropajes que durante los últimos 15 años habían sido parte de la construcción de su marca personal. Guardaron en un cajón sus corbatas Ferragamo y archivaron en unas carpetas llena de recuerdos el carné que los identificaba como fundadores del Partido de la Letra. Atrás habían dejado a La Letra de la derecha y también a La Letra del centro. Por arte de magia, el costeño y el cachaco habituados a viajes y lujos descubrieron que la política que venían haciendo resultaba nociva para la mayoría de los colombianos y en un acto casi milagroso decidieron unirse a la campaña de El Viejo Zorro de la izquierda. Le ayudarían a llegar a la Presidencia.

Ellos lo saben mejor que nadie: su cambio de bando fue crucial para que El Viejo Zorro llegara por fin al Palacio de Gobierno. Ellos aportaron no solo su entusiasmo y experiencia, sino que fueron los encargados de conseguir los votos necesarios para que El Zorro se consolidara en primera vuelta y resultara ganador en el balotaje. Eso sí, los sufragios que ellos sumaron no fueron de los llamados “votos de opinión” ni tampoco fueron únicamente los votos de aquellos que siempre votaban por A, ni los de los fieles seguidores de R. Ellos lograron otros votos, muy numerosos y garantizados. Votos de viejos amigos. Votos de viejos compañeros.

¿Ayudaron a conseguir plata? Ellos dicen que no. Tal vez sea cierto. Tal vez esos millones de votos que lograron conseguir y sumar a la campaña del Viejo Zorro se dieron gracias a ese verbo único que les permite abrir los ojos de la ciudadanía sobre los asuntos más variados sin muchos argumentos, pero con la gran certeza de que seguirá el camino señalado. Gracias al verbo pusieron muchos votos en la Costa norte y en algunos estados del occidente y del centro del país, así como en la capital. Tal vez no haya sido el grueso de la votación, pero sin ellos habría sido imposible ganarle al otro viejo que aspiraba a ser presidente. Con el verbo de R y A se aseguró una amplia y cómoda diferencia. Sin ellos, tal vez, se habría perdido la elección.

Pasaron los años. R estuvo durante un tiempo en el Gobierno y terminó en la codiciada embajada de un antiquísimo reino. A fue embajador, pero urgido por más adrenalina llegó a ser una suerte de primer ministro, pues parecía mandar más que El Viejo Zorro. Pero en la democracia nada es eterno y ellos lo sabían.

R renunció a su embajada para perfilarse como el sucesor del presidente. A desde el interior del Gobierno sería su apalancador. Mas las cosas a veces no salen como uno las planea y hoy A y R están preocupados.

El plan era que R fuera el candidato único de la izquierda tras una consulta interpartidista para la cual los votos ya estaban asegurados gracias al rico verbo que A había venido multiplicando por todo el país. Pero la inesperada aparición de un genuino candidato de la izquierda hizo que A y R se quedaran con el verbo repartido y la coronación envolatada.

Si no logran la elección, por primera vez en décadas quedarán huérfanos de poder. Ese poder que garantiza que los negocios sigan fluyendo. Ese poder que hace que la justicia sea más ciega para ellos que para los demás. Por eso viejos amigos ahora buscan salvarlos ahogando a otros candidatos. Deben asegurarse de que R llegue a segunda vuelta, ahí el verbo hará lo suyo.

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