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Guerra entre Israel y Gaza
Tribuna
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A Palestina nunca le toca

Sea Biden o Trump reelecto como presidente el próximo 5 de noviembre, una postura más equilibrada en la política exterior estadounidense con respecto a Palestina parece depender no de quien gane, sino de quien pierda

protesta a favor de palestina
Banderas de Palestina en la Plaza de la Libertad de Washington, durante una protesta el 13 de enero.Jose Luis Magana (AP)

Las críticas de Chuck Schumer —líder de la mayoría demócrata en el Senado y el funcionario electo de mayor rango de religión judía— el pasado 14 de marzo a Netanyahu y su Gobierno de extremistas reflejan la presión del ala progresista de su partido, y de una parte del electorado, para que se detenga el genocidio que Israel está llevando a cabo en Palestina.

Acusándolo de, entre otras cosas, “estar muy dispuesto a tolerar las bajas de civiles en Gaza para salvar su carrera política”, el discurso lanzado en el pleno de la Cámara Alta demuestra que el teflón del que ha gozado Israel para violar los derechos de los palestinos durante 75 años, sin alterar la incondicionalidad del apoyo que reciben de su principal aliado, ha sufrido sus primeras rayaduras. No podemos afirmar aún que la mayoría del partido demócrata ha equilibrado el fiel de la balanza en su tratamiento de la cuestión palestina, pero no deja de ser significativo escuchar de boca de un defensor incondicional de Israel y un político muy cercano a la Casa Blanca que “el mundo ha cambiado radicalmente desde entonces (7 de octubre), y el pueblo israelí está siendo asfixiado en este momento por una visión de gobierno estancada en el pasado”.

En una encuesta del Wall Street Journal de febrero, el 42% de los votantes preguntados afirmaron que Israel ha ido demasiado lejos en sus acciones en la Franja de Gaza, solo seguido de un 24% que opina que ha sido la respuesta adecuada. El 33% dijo que los Estados Unidos estaba haciendo poco para ayudar a los palestinos, un aumento de 7 puntos comparado con la encuesta de diciembre. Sobre el apoyo entregado a Israel, con un aumento de 8 puntos, el 30% aseguró que era demasiado.

Ese “cambio radical” del que habló Schumer se está viendo reflejado en el aumento de la simpatía del pueblo norteamericano hacia los palestinos y su cuestionamiento de la ayuda excesiva que sus políticos aprueban cada año a Israel, lo que tarde o temprano terminará por ser reclamado en las urnas. Un anticipo de ello ocurrió el pasado febrero, cuando la casilla “no declarado” obtuvo 101.000 votos en las primarias demócratas de Michigan —un estado bisagra que suele apostar al ganador— donde Trump le ganó a Hillary Clinton en 2016 por un poco más de 12.000 votos.

Resultado de una campaña de la comunidad árabe local y organizaciones progresistas, este equivalente al voto en blanco reclamó un alto al fuego inmediato y envió al presidente un claro mensaje de que a pesar de haber ganado las primarias con el 80% de los votos, su apoyo a Israel podría costarle la reelección. Después de Michigan, el voto “no declarado” alcanzó el 19% en Minnesota en un supermartes donde la molestia de la base progresista, especialmente los jóvenes, también se palpó en las primarias de Massachusetts, Colorado y Carolina del Norte.

Si bien el presidente Biden no hizo en su momento alusión a esta votación protesta, es evidente el cambio que le ha dado, al menos en lo retórico, a su política frente a la crisis humanitaria que se vive en Gaza. Respuesta tardía si tenemos en cuenta que desde noviembre del año pasado voces dentro de su propia administración le han pedido hacer más por un alto al fuego y por llevar ayuda humanitaria a la franja; como los más de 400 funcionarios de 40 agencias del gobierno quienes le dirigieron una carta de protesta por su postura frente a las acciones contra civiles y pidiéndole que exigiera a Israel un cese al fuego inmediato. Esta misiva se sumaba a una larga lista de quejas que incluyen tres memorandos internos dirigidos al secretario Blinken por docenas de trabajadores del Departamento de Estado, así como una carta abierta firmada por más de 1.000 empleados del USAID.

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Si en aquel momento sus propios funcionarios no lograron mucho, hoy la cercanía de las elecciones y el nivel de desaprobación que ha alcanzado en los estadounidenses las acciones militares israelíes —55% en la última encuesta de Gallup las desaprueba— tienen al presidente maniobrando entre el apoyo irrestricto a Israel y el descontento popular por no ponerle condiciones que detengan el genocidio. Este peligro electoral lo llevó a anunciar en su discurso del estado de la unión la construcción de un puerto en Gaza para la entrada de ayuda humanitaria y, más recientemente, la abstención en el Consejo de Seguridad a una resolución que pedía un alto al fuego inmediato, lo que permitió su aprobación tras varios intentos fallidos por culpa del veto estadounidense.

Ambas medidas son de utilidad dudosa: la primera, porque los accesos más efectivos por donde pudiera entrar la ayuda humanitaria, tan necesaria en medio de la hambruna, son los pasos terrestres controlados por Israel; la segunda porque Netanyahu, que siempre ha mostrado su desprecio por la legalidad internacional, ha continuado con los bombardeos en Rafah, uno de los cuales mató a 11 miembros de una familia. Y ambas parecen más un esfuerzo por guardar las apariencias; después de abstenerse en la votación, la embajadora de EEUU ante la ONU y el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca aseguraron que la resolución era una proposición no vinculante, provocando el rechazo de la mayoría de miembros del organismo y de numerosos expertos, para quienes el texto es de obligatorio cumplimiento.

¿Qué lectura harán esos votantes de que, ni toda esta parafernalia, ni las palabras del senador Schumer, ni los llamados a evitar una operación terrestre en el sur de Gaza han impedido que este gobierno demócrata autorizara en los últimos días la transferencia a Israel de miles de millones de dólares en aviones de combate y bombas de 2.000 libras que, según el Washington Post, “han sido relacionadas con eventos previos con víctimas masivas a lo largo de la campaña militar de Israel en Gaza”? Si el presidente Biden confía en que aquellos temas que lo diferencian de Trump como los derechos reproductivos o la economía y unos reclamos melifluos hacia el Gobierno extremista de Israel bastarán para convencer a sus votantes descontentos, mientras la situación para los palestinos en Gaza solo empeora, quizás se lleve una sorpresa en noviembre.

Si bien es cierto que con Trump no les irá mejor a los palestinos —como ya pudimos ver en su primera administración y como anticipan las palabras de su yerno Jared Kushner, al sugerir en una entrevista que Israel debería remover a los civiles de la Franja por su inmenso potencial inmobiliario— si el presidente no logra ejercer una presión efectiva sobre Netanyahu en el corto plazo y detener esta carnicería, sus electores indignados concluirán que a Palestina no le irá bien con ningún ganador. Utilizarán, entonces, su abstención para llevarlo a la derrota y sentar un precedente que hará que futuros candidatos demócratas miren de otra forma el problema palestino, con la esperanza de que, aunque a Palestina nunca le toca con el ganador, esta vez sí le toque por cuenta del perdedor.

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