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OPINIÓN

El derecho al refugio y el lado correcto de la Historia

El fenómeno de la movilidad humana a gran escala ha venido para quedarse. Y podemos hacer dos cosas: negarlo, escondiendo la cabeza ante sus consecuencias; o trabajar para evitar el sufrimiento de los millones de afectados

Un niño en el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, el pasado marzo.
Un niño en el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, el pasado marzo.

Con motivo del 50 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, hace 17 años que la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que, a partir de 2001, el 20 de junio sea el Día Mundial de los Refugiados y Desplazados Forzosos. Conmemora y pretende sensibilizar sobre los millones de personas que se ven obligadas a abandonar, transitar y ubicarse en lugares diferentes a los de su origen.

En los últimos años se han producido hechos cerca de Europa que nos han mostrado en toda su crudeza esta realidad, la que lleva a muchos miles de personas a moverse para buscar ni tan siquiera una vida más digna, sino simplemente un lugar donde poder vivir. Esta situación ha generado no pocas reacciones y ha originado un debate ético que hasta ahora quedaba relegado a ciertos entornos activistas y reivindicativos. Ahora es uno de los acontecimientos que marcan los debates políticos y se encuentra entre las principales preocupaciones delos europeos. Nos ha empujado a posicionarnos y a definir el lado de la Historia en el que queremos estar. En nuestro caso, sin la menor duda, queremos estar simplemente en el lado correcto. Nosotros, como todas las personas que nos apoyan, como otro número importante de organizaciones, queremos decir que sí, que estamos haciendo algo, que queremos ayudar a las personas vulnerables, sin preguntarles por qué lo son, o porqué huyen, sino simplemente que nos preocupa qué va a ser de ellos.

Podemos pensar que la actual crisis de refugiados es algo coyuntural que terminará una vez termine el conflicto en Oriente Medio. Sin embargo, todo apunta a que el fenómeno de la movilidad humana a gran escala ha venido para quedarse como algo estructural. Por tanto, podemos hacer dos cosas: negarlo, escondiendo la cabeza ante sus consecuencias, o trabajar para que todos saquemos lo mejor de este nuevo contexto y, sobre todo, evitar el sufrimiento de los millones de afectados, casi siempre los grupos más vulnerables. Nosotros apostamos por esto último.

Actualmente hay 20 millones de desplazados internacionales, a los que se suman otros 40 millones de personas que componen las cifras de desplazamiento interno o retornado. La guerra en Siria y el conjunto de Oriente Próximo, así como la inestabilidad en amplias regiones africanas sostendrán sin duda estos números en los próximos años. Un cambio repentino en alguno de estos conflictos podría alterar de manera tangible la intensidad de los flujos migratorios, pero el hecho de haber abierto ciertas vías y la debilidad institucional de los países de tránsito sugieren que el futuro se parecerá más a lo que estamos viviendo ahora que a lo que hemos vivido años atrás. Para muestra, el caso de Sudán del Sur. El conflicto ha provocado 1,9 millones de personas desplazadas internamente y más de 1,5 millones han buscado refugio mayoritariamente en Uganda (más del 50%) y a continuación en Etiopía, Sudán, Kenia, República Democrática del Congo y República Centroafricana. Solo a Uganda han llegado cada día una media de 2.063 personas y aun así es un ejemplo de regulación migratoria. Las personas que se refugian en su territorio cuentan con prácticamente los mismos derechos que las personas de nacionalidad ugandesa, teniendo derecho a libertad de movimiento, a trabajar si encuentra una ocupación y a que le sea cedido un terreno para que pueda asentarse.

Además de los conflictos, las crisis de tracto lento -por situaciones de violencia continuada o los efectos del cambio climático- provocan millones de desplazamientos forzados

A esto hay que añadir otro factor: las llamadas crisis de desarrollo lento, en las que el deterioro del clima y los recursos naturales, la violencia cotidiana y la fragilidad de los medios de vida espolean la búsqueda de alternativas a través de la emigración. Estos procesos son menos mediáticos que los flujos de refugiados formales, pero su importancia no puede ser desdeñada. En este caso tenemos como organización una participación muy directa en el fenómeno. Trabajamos desde hace años en el denominado Triángulo Norte (Honduras, Guatemala y El Salvador) y vivimos la realidad de los desplazamientos forzados por nuevas formas de violencia y crimen organizado. Solo en 2016, según datos de Naciones Unidas, existen 164.000 refugiados y solicitantes de asilo, casi diez veces más que en los últimos cinco años. Solo en esta zona, se estima que 450.000 migrantes ingresaron a México en forma irregular, sin acceso a mecanismos de protección nacional e internacional. Un fenómeno que encajaría en la categoría de refugiados migrantes.

El clima se está convirtiendo en otro de los grandes detonantes de la migración forzada. De hecho, muchas de las personas que dejan su hogar lo hacen por razones medioambientales, relacionadas con la variabilidad climática y las catástrofes naturales que ponen en riesgo sus vidas y provocan la pérdida de sus medios de vida. Un ejemplo fue el fenómeno global de El Niño que entre 2015 y 2016 ha afectado a 60 millones de personas, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (UN-OCHA). Grandes inundaciones en Paraguay, escasez de arroz en Filipinas, sequía en Etiopía y la reducción de los monzones en la India son solo algunos ejemplos. En Etiopía, donde Ayuda en Acción lleva trabajando este problema desde hace más de 10 años, 120.000 personas se desplazaron el año pasado debido a las inundaciones relacionadas con el fenómeno de El Niño.

En conclusión, debemos entender que quien se sube en una lancha neumática de juguete para cruzar con sus hijos pequeños el Mediterráneo, o los manda tan solo acompañados de un coyote para que pasen ilegalmente la frontera mexicana o estadounidense, tiene motivos para hacerlo. Y esto nos debe llevar a un debate ético fundamental acerca del derecho a emigrar y la prelación de derechos fundamentales, porque los conflictos migratorios no son otra cosa que conflictos de derechos. Su derecho al desarrollo frente a nuestro derecho a conservar los privilegios y las sociedades que hemos construido con tanto esfuerzo. Del modo en el que ordenemos estos derechos de acuerdo a su importancia dependerá este debate en el futuro y nos colocará en el lado correcto o incorrecto de la Historia.

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