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Consejos para evitar el suicidio colectivo

El autor sostiene la necesidad de redefinir el desarrollo, crear sistemas de gobernanza mundial y tener en cuenta a las generaciones futuras en las decisiones de hoy para no destruir el planeta

Ilustración: Ruth Bañón.

¿Quo vadis terra? Estamos todos a bordo de nuestra pequeña nave: la Tierra. Con unos recursos limitados y una población creciente. Y si hubiera una avería –no importa dónde, ya fuera en España, un país africano o Estados Unidos– se hundiría la barca y, con ella, todos nosotros. No podemos asumir ese riesgo, pero tampoco podemos conformarnos con tapar agujeros en un intento por evitar que nuestra nave se vaya a pique. Hemos de replantearnos la forma en la que la conducimos y la dirección que queremos tomar hacia un destino necesariamente común. Nuestra generación le ha arrebatado a la Naturaleza el volante de la evolución y ahora sería suicida eludir la responsabilidad de decidir adónde vamos. El futuro que queremos para nosotros y para nuestros hijos, y la velocidad a la que es posible construirlo, no puede seguir siendo la mera resultante de fuerzas ajenas a la voluntad expresa de la humanidad. No sirve correr, sin saber hacia dónde. Es necesario que nos replanteemos nuestro sistema de vida. Quizás no sea preciso ni deseable crecer, producir y consumir más y más deprisa, sino desarrollar una sociedad más feliz y más solidaria.

Un breve cuento que se contaba en mi infancia narraba la historia de un piloto que un buen día, habiendo perdido la ruta de vuelo, dijo a los pasajeros: "Es mi deber informarles de que nos hemos perdido, pero no hay motivo para preocuparse, mantenemos una velocidad formidable". Actualmente, a bordo de nuestra pequeña astronave Tierra, vivimos una paradoja muy similar a la de este relato.

La miopía del género humano está llevando al mundo en una dirección consumista insostenible e insolidaria con el medio ambiente y con otros seres de nuestra propia especie. Estamos confundiendo desarrollo con crecimiento económico, y felicidad con consumismo. Estamos gastando más recursos energéticos y materias primas de los que disponemos, y si no corregimos a tiempo esta ruta, nos llevará inexorablemente a la extinción.

Estamos confundiendo desarrollo con crecimiento económico, y felicidad con consumismo

Esta situación exige decisiones audaces a nivel institucional, estructural y jurídico. Y ello solo será posible con un enfoque ético, donde la solidaridad y la responsabilidad de todos primen sobre los intereses de algunos pocos. Un primer paso en esa dirección, fundamental aunque tímido, son los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que permiten medir el grado de cumplimiento de objetivos y metas consensuadas.

A continuación intentaré compartir con ustedes mi visión y reflexiones sobre algunos retos importantes de largo alcance que debemos afrontar.

Redefinir el desarrollo

La solución definitiva exige un cambio de actitud del hombre frente a la naturaleza y un replanteamiento del concepto de desarrollo en el que la sostenibilidad ecológica y la justicia social (en palabras del Papa Francisco, "dos caras de una misma moneda") no sean opciones, sino requisitos. Un desarrollo en el que el progreso no se valore solamente en función del crecimiento económico, sino que tenga en cuenta sobre todo si conduce o no a la felicidad humana y al equilibrio con el medio ambiente.

Para ello, el nivel de vida no puede seguir estando basado simplemente en el PIB (Producto Interior Bruto), sino en la FNB (Felicidad Nacional Bruta). Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si nuestros indicadores solo computan cuánto producimos, nuestras acciones tenderán a producir más. Por eso es necesario encontrar los indicadores adecuados para medir la FNB.

Todo esto no es pura retórica. Hasta el Nobel de Economía Joseph Stiglitz cuestiona si el PIB es un buen dato para medir el nivel de vida. Y el desarrollo del concepto de la FNB ha sido objeto de debates en Naciones Unidas durante la última década a propuesta del Gobierno de Bután, cuyo Centro de Estudios Butaneses (CBS) analiza posibles indicadores para convertir la FNB en un sistema métrico. La V Conferencia Mundial sobre Felicidad Nacional Bruta se celebró en Itaipu (Brasil) en noviembre de 2009, organizada conjuntamente por el CBS y el Future Vision Institute de Brasil. Además, el último Informe Mundial sobre la Felicidad se publicó en 2016.

El nivel de vida no puede seguir estando basado simplemente en el PIB (Producto Interior Bruto), sino en la FNB (Felicidad Nacional Bruta)

En un planeta cada vez más pequeño e interdependiente, en el que la globalización es un hecho incuestionable y no una opción, la cuestión es qué tipo de globalización deseamos y cómo conseguirla. Hay dos valores esenciales que debemos mantener en este proceso: la sostenibilidad y la diversidad. A todos los niveles.

La sostenibilidad ecológica, económica y social, para que el sistema sea duradero y estable. No debe destruir los recursos naturales sobre los que se basa (Comisión Brundtland), y para ello es necesario sumar el coste de la conservación de tales recursos al coste de producción de los bienes derivados de los mismos. Así se estableció en la Cumbre de la Tierra en Río, ya en 1992.

La diversidad política, biológica, cultural, de lenguas, tecnologías, sistemas, de conocimientos, de tradiciones e identidades, es fundamental para mantener la capacidad de adaptación a condiciones ambientales y necesidades humanas cambiantes e impredecibles. Salvaguardar la diversidad reduce la vulnerabilidad. Proporciona un amortiguador y una válvula de escape para absorber los cambios y asegurarse de que los errores que podamos cometer no sean irreversibles.

Mientras que el siglo XX fue el de la uniformidad y el crecimiento rápido –aunque a menudo insostenible–, el XXI puede y debe ser, si queremos que la humanidad tenga un futuro, el de la diversidad y el desarrollo humano equilibrado y sostenible. La ciencia y la tecnología de este tiempo deben combinarse para la consecución de un mundo en el que convivan y se enriquezcan las diversas culturas, conocimientos e identidades de nuestras sociedades y nuestros pueblos.

Dar peso a las generaciones futuras en nuestras instituciones

El consumismo irresponsable y creciente de nuestra generación está provocando la contaminación, erosión y devastación del medio ambiente y los recursos naturales limitados del planeta. Unos recursos naturales que, como dice un proverbio africano, "no nos pertenecen, los tenemos en préstamo de nuestros hijos". Destruirlos es robar a nuestros nietos, pero las generaciones futuras no están aquí para defenderse.

Creo honestamente que una de las grandes deficiencias de nuestros sistemas económico, jurídico y político, es que el interés de las generaciones futuras, que no votan ni consumen, no está suficientemente representado en ellos. Lo que podría ser subsanado mediante el desarrollo de mecanismos correctores que den el peso adecuado a tales generaciones futuras en nuestras instituciones.

Creo honestamente que una de las grandes deficiencias de nuestros sistemas económico, jurídico y político, es que el interés de las generaciones futuras, que no votan ni consumen, no está suficientemente representado en ellos

A nivel económico, el precio de los recursos naturales (tierra, agua, aire, diversidad biológica y energía) viene determinado por la oferta y la demanda. Una oferta limitada para ser utilizada por esta generación y todas las que vienen después, y una demanda que solo representa la de la humanidad actual. Por eso, la premisa de que el que contamina paga debe extenderse a todos los daños medio ambientales causados en la obtención de un producto (coste ecológico). Con ello se conseguiría no solo reducir la huella ecológica, sino incluir el coste de la reparación de los perjuicios provocados en el precio final. Solo esto permitirá mantener el capital medio ambiental de las generaciones futuras.

En el plano jurídico es preciso desarrollar un marco de justicia intergeneracional en el que se integrarían los Derechos de las Generaciones Futuras sobre los recursos naturales del planeta. En cuanto a la política, los ciudadanos que todavía están por llegar no pueden estar representados en los órganos de poder. Pero algunos países ya han introducido elementos correctores, como el establecimiento del defensor de las generaciones futuras, una figura física ó juridica cuya función es la protección de los intereses aquellos que aún no votan ni opinan, y quizá ni existen, en nuestros parlamentos e instituciones nacionales, regionales y locales.

Pasar de súbditos a ciudadanos del mundo. Y construir una Sistema de Gobernanza Mundial

Para gobernar todo este proceso necesitamos pasar de súbditos a ciudadanos y desarrollar a nivel global un verdadero sistema democrático y eficiente de Gobernanza Mundial. En él, las Naciones Unidas –como foro de Gobiernos– sería uno de sus componentes, pero no el único. Se precisaría desarrollar además un poder legislativo o Parlamento mundial, elegido con el sistema de un ciudadano, un voto. También haría falta un poder ejecutivo y otro judicial. Independientes.

Hagamos hoy, movidos por un egoísmo inteligente, lo que no hemos querido o sabido hacer antes por solidaridad

Este sistema puede y debe ser compatible, y complementario, con los Gobiernos y parlamentos nacionales y locales. Estos garantizarían la defensa de las diversidades específicas y la multiplicidad de identidades. Sabemos que la realización de este esquema es difícil, pero ya lo concibieron los primeros que pensaron en la construcción de lo que actualmente es la Unión Europea. Y, aunque de forma imperfecta, la experiencia europea demuestra que también es posible trabajar por una mayor integración a nivel mundial.

El Sistema de Gobernanza Mundial debe estar basado en el desarrollo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos como embrión de una futura Constitución Mundial que se asentaría sobre cuatro pilares básicos: sostenibilidad, ética, diversidad y armonía (SEDA).

Consideraciones finales

Las múltiples crisis actuales constituyen un gran reto y también una oportunidad única para construir un mundo justo, sostenible, en armonía con el medio ambiente, solidario con todos los seres humanos, sin hambre y sin pobreza. Esto no es una alternativa al actual sistema, sino una necesidad imperiosa para la supervivencia de nuestra propia especie. Hagamos hoy, movidos por un egoísmo inteligente, lo que no hemos querido o sabido hacer antes por solidaridad. Nuestra generación es la primera obligada a enfrentarse a esta responsabilidad, pero también podría ser la última.

Nunca como hasta ahora ha tenido el ser humano en sus manos las llaves del futuro de la humanidad, y nunca como hasta ahora ha dejado relegada la filosofía, las humanidades, la moral y la ética a un segundo plano. El futuro de nuestros hijos en un planeta sostenible debe ser la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, y no podemos ni debemos eludirla ni dejarla en manos del azar.

José T. Esquinas Alcázar fue, hasta 2007, presidente del Comité de Ética para la Agricultura y Alimentación de la FAO y Secretario de la Comisión Intergubernamental de Recursos Genéticos de la FAO. Actualmente, es profesor en la Universidad Internacional de Ciencias Gastronómicas (UNISG) y otras universidades europeas.

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