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Dejarnos llevar por nuestros prejuicios nos da placer

La decisión sobre si una afirmación es verdadera o falsa es emocional y eso tiene efectos en la comunicación política o en la facilidad para creernos ciertas cosas

Donald Trump con una gorra de 'Make America Great Again' ["hagamos de nuevo grande a América"] el pasado 9 de diciembre, en un acto en Luisiana.
Donald Trump con una gorra de 'Make America Great Again' ["hagamos de nuevo grande a América"] el pasado 9 de diciembre, en un acto en Luisiana. AFP

Los musulmanes son terroristas, los comunistas provocan atascos en las ciudades donde gobiernan y las ministras de derechas son capaces de gastarse 4.600 euros en confeti para una fiesta de cumpleaños. Muchas de estas afirmaciones nos resultarán más o menos atractivas dependiendo de nuestra ideología y es probable que las aceptemos o las rechacemos sin prestar mucha atención a los hechos. Nuestro cerebro es limitado y tiene que ayudarnos a sobrevivir en un entorno inabarcable, y la vida es demasiado corta para andar comprobando los datos a cada instante. Los prejuicios o las ideas preconcebidas nos ayudan a gestionar la realidad creando una simulación con la que salir adelante. Hay individuos con más espíritu crítico, pero nadie es inmune a estas tendencias.

“Todos estamos atrapados dentro de nuestro cerebro, que es muy limitado y proclive a los errores, analizando un mundo infinito y tratando de entenderlo”, explica Andrew Newberg, investigador de la Universidad de Pensilvania y autor del libro Por qué creemos lo que creemos. “En última instancia, nunca estamos seguros del todo de si nuestra interpretación del mundo es precisa”, continúa. “Basándonos en la información que encontramos, desarrollamos creencias sobre el mundo basadas en las funciones de nuestro cerebro”, añade. “Nuestro cerebro es una máquina de crear creencias”, concluye.

Algunos investigadores plantean que el funcionamiento de esa máquina y su forma de generar creencias se parece al de otros órganos que nos ayudan a sobrevivir. Se sabe, por ejemplo, que el sistema que crea los sabores en nuestra corteza cerebral, integrando señales procedentes del olfato, la vista o las papilas gustativas, nos ha ofrecido una mayor flexibilidad a la hora de elegir alimentos concretos que nos hacen bien. Científicos como Sam Harris, de la Universidad de California en Los Ángeles, han empleado sistemas de resonancia magnética funcional (fMRI) para analizar cómo reaccionaban varios voluntarios ante distintas afirmaciones que podían considerar verdaderas, falsas o inciertas. En un artículo publicado en Annals of neurology junto a otros investigadores, concluía que, aunque a la hora de determinar si un argumento es verdadero o falso se ponen en marcha regiones implicadas en procesos cognitivos elevados, la decisión final depende de un sistema de procesamiento más hedónico y primitivo situado en la corteza prefrontal y la ínsula anterior.

Las redes sociales son mayoritariamente divulgadoras de emociones y la sociedad mediática es cada vez más una farsa

Como en el caso de un sabor, nuestro cerebro crea una experiencia emocional a partir de las afirmaciones. Lo que nos parece cierto nos genera una respuesta positiva automática y lo falso, disgusto. Y eso tendrá efectos en el futuro: creemos algo porque nos hace sentir bien. “Cuando la gente desarrolla una creencia particular, incluso una que se contradice con los hechos, su cerebro continúa sustentando esa creencia”, señala Newberg. “Las neuronas que se activan juntas se conectan. Cuanto más creemos algo, más fuerte se vuelve la creencia, incluso frente a ingentes cantidades de datos que la contradigan. Y no tiene que ver con la inteligencia”, afirma.

Álvaro Rodríguez-Carballeira, catedrático de Psicología Social en la Universidad de Barcelona, no es optimista sobre la posibilidad de que en el debate público domine lo racional sobre lo emocional. “Desde el punto de vista de la persuasión, siempre ha tenido más impacto. Convencer con argumentos y con rigor es mucho más complicado que hacerlo con emociones, que conmueven y generan ilusión”, afirma. En este sentido, no considera que la situación haya cambiado y no le gusta el término de posverdad para referirse a la devaluación de los hechos en la discusión política. “El fenómeno es clásico, aunque ahora las redes sociales lo hayan multiplicado. Pero el Yes we can [sí podemos", de Barack Obama] es puro deseo, pura emoción, como el Make America great again ["hagamos a América grande de nuevo", de Donald Trump]. En las redes sociales, todo lo que se hace viral tiene que ver con que produce un impacto emocional, no con que haya detrás un argumento brillante y coherente que desmonte el de los otros. Las redes sociales son mayoritariamente divulgadoras de emociones y la sociedad mediática es cada vez más una farsa”, asevera.

Junto a la predominancia de aspectos emocionales frente a los racionales, Rodríguez-Carballeira plantea que nuestra dificultad para aceptar argumentos que no se ajusten a nuestra ideología tiene que ver con “un principio general del comportamiento humano, que es conservador”. “La realidad, desde el momento en que la percibes, es una realidad construida, y tú te afilias a la construcción de la realidad que te dan los tuyos”, indica. “Esto se conecta con la idea de que ganen los míos para que lo nuestro perdure, porque así considero que me irá mejor”, continúa. “Por eso, lo que va en nuestra línea de pensamiento lo aceptamos con más credulidad, tragamos muchísimo con lo que reafirma lo nuestro”, concluye. Cambiar de idea, sin embargo, es como dejar una droga, porque dejarnos llevar por nuestros prejuicios nos da placer.

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