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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El lenguaje del odio

Se usa el discurso como continuación de la violencia por otros medios

Gabriel Rufián, con Oriol Junqueras
Gabriel Rufián, con Oriol JunquerasEFE

Prolifera en la política el lenguaje del odio. Lo hace en España y fuera de ella; en las redes sociales, los platós televisivos y las emisoras de radio; en la calle y, también, por desgracia, en los parlamentos. El lenguaje del odio no es nuevo; es tan viejo como el empeño de los totalitarismos, sean de izquierdas, de derechas o nacionalistas, en destruir la democracia, acabar con la libertad e imponer su credo a los individuos. Pero sorprende que haya vuelto, y que lo haya hecho con tanta virulencia. Lo observamos extenderse en la América que representa Trump, el Reino Unido de Nigel Farage, la Francia de Marine Le Pen o la España de Gabriel Rufián. Unos ofenden a las mujeres, otros denigran a los extranjeros, los de más allá humillan a los musulmanes y los de más acá presumen en público del asco y desprecio que les provocan sus rivales políticos.

En el lenguaje del odio se confunde el acto de hablar, cuyo fin es construir sentido, con el acto violento, cuyo fin es destruir. El lenguaje, que en una democracia debe habitar en una esfera autónoma y separada de la coacción, se transforma en un elemento a su servicio, convirtiendo el discurso político en la continuación de la violencia por otros medios.

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El lenguaje del odio desnaturaliza el fin democrático del parlamento (parlamento, recuérdese, viene de parliamentum, habla). Cuando el lenguaje de la injuria, utilizado para ofender, se traslada al parlamento, no solo se estigmatiza y subordina al agraviado, sino que se excluye la posibilidad de una respuesta. Cuando no hay argumento, sino mera descalificación, se elimina la opción de réplica y, por tanto, del diálogo. Cuando se señala al adversario político como indigno, se impide el juego político, pues se evita la posibilidad de que el otro pueda vencer aportando mejores razones.

Los que practican el discurso del odio, muchas veces arrogándose la defensa de una democracia que alegan mancillada, deberían saber que esta solo es posible a partir de la oportunidad de réplica y expresión, que el intercambio de argumentos, de opiniones o de razones políticas solo es posible bajo la forma de un respeto moral que uno debe de partida al adversario político. Pero, por desgracia, el lenguaje del argumento y la contestación política genuina está desapareciendo a favor de la descalificación y el insulto bélico: traidores, enemigos, iscariotes, todo forma parte de la jerga del dogmático que exhala verdades como puños con las que mutila cualquier vestigio de conversación.

El disenso es la condición de posibilidad para iniciar un diálogo, y la escucha, el prólogo de una conversación responsable. En una sociedad abierta, el enemigo no es quien piensa de otra manera o nos quiere convencer con sus argumentos, sino quien quiere destruir el diálogo y la mera posibilidad de discrepancia legítima. En este país, donde tanto y con tan funestas consecuencias se ha practicado el odio, deberíamos haber aprendido ya que el lenguaje del odio no produce nada, salvo más odio, desprecio y desafección política. Ese lenguaje debe ser desterrado de la política democrática, porque es incompatible con ella.

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