Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete

Afectos

El mundo se rige por ciertas leyes no escritas que todo el mundo conoce

El actor Jude Law caracterizado como Pío XIII en "El joven Papa".

En los dos primeros capítulos de El joven Papa, la serie de Sorrentino que protagoniza Jude Law, se dan algunas lecciones de vida. Entre ellas destaca la conveniencia de no tener rostro, especialmente en estos tiempos en el que el hombre más famoso es el desconocido: el Papa dice querer ser Daft Punk. Otra de esas lecciones tiene que ver con los hábitos sociales. En su primer día, tras soñar que invitaba a todo el mundo desde el balcón de San Pedro a masturbarse, tener sexo homosexual y abortar, el bello papa Law llega al comedor y se encuentra todo un banquete. Renuncia a él —su desayuno es Cherry Coke y un pitillo— y entra en escena una monja (en cualquier parte del mundo encender un cigarro es como abrir una compuerta secreta de monjas y curas).

Esta monja solo quiere saludar a Su Santidad. Ha cocinado para dos antecesores del obispo de Roma. Es esa anciana entrada en carnes que te adopta rápidamente llenándote de besos, pellizcos y consejos; la mujer afable, la abuela a la que volver después de una guerra. Galletas, ternera, pescados, leche: la cocinera Juana de Los Cinco, esa serie de novelas que hubo que releer buscando claves en cuanto conocimos la vida de Enid Blyton. Y sin embargo lo que vendría a ser una escena cálida y convencional, en Sorrentino y el magnífico Law termina siendo otra cosa.

—¿Conoce la diferencia entre relaciones afectuosas y relaciones formales?— le pregunta el Papa a la monja tuteadora.

Las primeras, explica, pueden llevar a malentendidos, a equívocos. Viene a decir ese Papa que el toqueteo, el besuqueo y el exceso de confianza crea problemas entre hombres y mujeres: no marcan bien una línea clara, puede llegar a perderse de vista la frontera entre una relación amistosa y otra que no lo es. Las relaciones formales, sin embargo, siempre dejan claras las cosas. Hay una distancia, una frialdad y unas normas. Todo el mundo sabe cuál es su lugar y su posición en ese tipo de relaciones. No hay margen para pensar que un gesto o una palabra significan algo que no significan. No puede haber equívocos.

El mundo se rige por ciertas leyes no escritas que todo el mundo conoce, y al Papa le gustan esas leyes, le dice a la monja. No le gustan las relaciones afectuosas; prefiere la formalidad. Así que se despide de esa monja (que para entonces llora en silencio) y le ordena que no le vuelva a expresar sus afectos. Así, en esa lección de vida Sorrentino muestra el camino frío y desapasionado con el que evitar que nos hagan nunca una cobra.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.