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Que se vayan todos

Si los líderes no despejan ya el fantasma de otras elecciones deberían irse

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, durante la reunión mantenida sobre la investidura.
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, durante la reunión mantenida sobre la investidura.

Después de que la cortedad de miras y el tacticismo de los partidos y sus líderes provocara una repetición innecesaria e injustificada de las elecciones, cabría esperar de los principales dirigentes que el reconocimiento de su fracaso y el sentido de Estado que se les supone les hiciera comprender la urgencia de dotar a España de un Gobierno. Lejos de ello, en las tres semanas transcurridas desde el 26-J, los más significativos jefes políticos se han dedicado a perder el tiempo de forma lamentable.

Difundir la idea, ante la enormidad de los retos que enfrenta nuestro país, de que disponemos de tiempo suficiente para “reflexionar” nos parece irresponsable y peligroso. Lo que la ciudadanía exige es unos líderes políticos que se arremanguen y negocien, día y noche si es necesario —¡qué clase de tomadura de pelo es esta de que nuestros líderes no pueden trabajar en fin de semana o días festivos!—, hasta lograr un acuerdo que dote a este país de un Gobierno que pueda tomar las decisiones que urgentemente necesitamos adoptar. Pensar que la ciudadanía va a aceptar que los líderes se concedan una pausa veraniega para así digerir mejor sus resistencias al pacto es un insulto que muestra lo fuera de la realidad que están. E introducir, siquiera como ardid, la posibilidad de unas terceras elecciones, nos parece una obscenidad que descalifica para ejercer cualquier cargo a quien siquiera lo plantee.

España no puede permitirse unos políticos que solo piensen en términos de los votos que perderían si actuasen de una u otra manera y que crean poder permitirse poner en marcha maquinarias electorales cada dos por tres con cargo a los contribuyentes para así satisfacer su deseo de permanecer en el cargo.

Tampoco resultan aceptables las peleas internas de los partidos. Desde el forzado y falso monolitismo con que funciona el PP hasta la debilidad de la dirigencia del PSOE, el estado de las fuerzas políticas conspira contra la investidura de un Gobierno. Algo muy grave le ocurre al sistema político español cuando los líderes se permiten ignorar las conclusiones arrojadas por las urnas, que el 26-J configuraron claramente cuál es la minoría en torno a la cual debe formarse el Gobierno y cuáles las que deben responsabilizarse de ponerlo en marcha.

España no puede permitirse unos políticos que solo piensen en los votos que perderían

Es obvio que Mariano Rajoy no merece volver a presidir un Gobierno, pero es innegable que el Partido Popular es quien tiene que formarlo, incluso con Rajoy, si es como quieren hacerlo. Y los demás tienen que jugar sus bazas de oposición de la mejor manera que crean. Pero para ser oposición tienen antes que permitir que haya un Gobierno.

La incapacidad para dotar a España de un nuevo Gobierno es negligente y tendrá un coste muy elevado. La cadena de daños provocados por tanta insensatez es alarmante: sin Gobierno, no ha sido posible fijar un techo de gasto para los Presupuestos de 2017; sin techo de gasto no es posible, para un Gobierno en funciones, aprobar un cuadro macroeconómico ni poner en marcha el flujo financiero hacia las comunidades autónomas; y tampoco se puede elaborar con plenas garantías un borrador de Presupuestos Generales del Estado para el año próximo. Resulta inconcebible que la definición de la política económica esté totalmente paralizada cuando es público y notorio que la negociación de un nuevo plan de estabilidad financiera con Bruselas (es decir, un calendario de cumplimiento del déficit) es una cuestión de Estado, urgente y crucial.

No pueden demorarse más las decisiones para corregir el déficit estructural del sector público; ni tampoco dilatarse la reforma del sistema público de pensiones. Siete meses sin Gobierno reducen el margen de maniobra para negociar con Bruselas los ajustes exigidos, obligando a concentrar eventuales recortes presupuestarios y subidas de impuestos en un trimestre. Además, la desidia y el egoísmo del PP y la falta de visión política de PSOE, Ciudadanos y Podemos podría, si se prolonga, deteriorar la confianza de los mercados en nuestro país, algo que con un volumen de deuda superior al 100% del PIB no podemos permitirnos.

La torpeza política para formar nuevo Gobierno tendrá un coste económico y social muy elevado

Por todas estas razones, nos preocupa extraordinariamente que los retrasos en la formación del Ejecutivo los termine pagando la ciudadanía en forma de recortes sociales, los contribuyentes en forma de más impuestos y la economía en forma de mayor exposición a una crisis hipotética. Ignorar estos hechos, demorarse en la investidura y prolongar la inestabilidad política y la formación de Gobierno constituye pues una grave dejación de responsabilidades democráticas y un golpe muy dañino para la credibilidad institucional.

Desde aquí, por responsabilidad, queremos instar a los principales líderes políticos a que dejen a un lado sus intereses personales, incluso se echen a un lado si fuera necesario, y se comprometan a dotar a España de un Ejecutivo en el plazo más corto posible.

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