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Más y más corrupción

Persiste el aislamiento del PP a medida que crece la serie de escándalos

El alcalde de Granada, José Torres Hurtado, asegura que es inocente tras ser puesto en libertad. Se le investiga junto con otras 16 personas por una presunta trama de corrupción urbanística.
El alcalde de Granada, José Torres Hurtado, asegura que es inocente tras ser puesto en libertad. Se le investiga junto con otras 16 personas por una presunta trama de corrupción urbanística. EFE

Las investigaciones sobre una trama de corrupción urbanística en torno al alcalde de Granada, José Torres Hurtado —que durante unas horas estuvo detenido ayer por la policía—, han desencadenado la típica reacción de un partido pillado en falta: en cuanto el PP tenga los detalles, actuará en consecuencia contra su correligionario. De momento le ha suspendido de militancia y anuncia un expediente. La cuestión es el porqué de tomar la iniciativa interna siempre a remolque de las investigaciones judiciales.

No hace falta esperar a que se produzcan despliegues policiales y registros espectaculares para considerar con cuidado cuáles son las personas que merecen la confianza de un partido político serio. El regidor de Granada lleva una larga trayectoria: diputado, delegado del Gobierno en Andalucía, alcalde durante varios mandatos en los que ganó mayorías absolutas, hasta que el año pasado perdió votos y necesitó un pacto con Ciudadanos para conservar la vara de mando. No se trata, por lo tanto, de ningún desconocido ni de un recién llegado que pueda haber sorprendido la buena fe de sus patrocinadores. Como tampoco lo eran muchos de los investigados antes en la órbita del PP en Madrid, la Comunidad Valenciana o Baleares, por no recordar los problemas detectados en la sede central.

La corrupción requiere de complicidades o negligencias políticas. Mariano Rajoy ha insistido en la injusticia de descalificar a la política, en general, por unos cuantos casos de personas que no se comportan debidamente, pero ese análisis tan simple corre el riesgo de quedar rectificado por la realidad. La corrupción permite crear redes clientelares y falsear la competición política; destruye la confianza en las instituciones y crea unas relaciones oscuras entre empresarios y conseguidores, que viven del tráfico de influencias, del amiguismo y de las comisiones. La corrupción no es un mal menor, sino una amenaza seria contra la existencia misma del sistema democrático. Por eso es inquietante la cantidad de casos acumulados por las organizaciones políticas que han tenido responsabilidades de poder, y entre ellas, destacadamente, el Partido Popular.

Concurre, además, en el alcalde de Granada una personalidad pintoresca, capaz de impulsarle a lanzar comentarios en público como el que le hizo famoso en julio pasado: “Las mujeres van más elegantes cuanto más desnudas”. Un chabacano no tiene por qué ser un presunto corrupto; pero si se unen las dos condiciones, cabe preguntarse qué había visto en él la dirección del Partido Popular como para impulsarle a correr tantas carreras con sus colores.

Al final todo repercute en el aislamiento político del PP, a escala nacional, en parte por una presencia tan reiterada en las crónicas policiales y de tribunales. El estallido del caso Taula en Valencia le sorprendió en los primeros compases de los tanteos para la formación de Gobierno, lo mismo que la trama granadina recorta aún más el margen de Mariano Rajoy para conseguir apoyos a su investidura, antes o después de unas nuevas elecciones generales.

 

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