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De lo que no se habla

Nuestro sistema fiscal es incapaz de financiar el Estado de bienestar que quiere la ciudadanía

Desde el 20-D no se discute de otra cosa que de posibles coaliciones para gobernar, de repartos de grupos parlamentarios y de dónde deben sentarse sus señorías. Las primeras planas de los periódicos están abarrotadas de fotos de los cuatro líderes políticos más populares. Se escriben columnas sobre quién ha hablado con quién. Pero nada se discute de qué narices deberían hablar para solucionar los problemas de los españoles. Los resultados electorales han enfatizado las formas y mandado el contenido al diván de los recuerdos.

Y el contenido importa. Y mucho. Y de entre todo el contenido hay uno que, en nuestra opinión, resalta por encima del resto: el déficit público. Estos días hemos conocido los datos de déficit hasta noviembre. La nota de prensa enfatiza que “el déficit… se reduce más de un 11%”; pero olvida decir que será imposible cumplir el objetivo de déficit para este año.

Desde hace tiempo venimos resaltando una herramienta útil para predecir el comportamiento del déficit. El déficit sintético. Este instrumento calcula el déficit hasta finales del año 2015, teniendo en cuenta los datos corrientes y suponiendo que el resto de los meses se comporten igual que el ejercicio anterior. Como tenemos datos hasta noviembre, la estimación debería ser fidedigna. Nuestros cálculos arrojan unos números sonrojantes. Si diciembre se comporta como lo hizo diciembre del 2014, el déficit para el conjunto de las Administraciones públicas superará el 5% del PIB. Este dato es desolador ya que el objetivo es del 4,2%. Es verdad que la Administración central está cerca de alcanzar sus objetivos y que aún faltan las Administraciones locales, pero es difícil escapar de la realidad: los resultados son malos. Y son peores si recordamos que crecemos por encima del 3% del PIB. Tener un déficit por encima del 5% con ese crecimiento solo confirma algo que llevamos tiempo enfatizando: nuestro sistema fiscal es incapaz de recaudar lo necesario para financiar un Estado de bienestar como el que parecen querer los ciudadanos.

Nuestra deuda pública se encuentra en niveles cercanos al 100% del PIB. Si esto no cambia, nos veremos abocados a elegir entre dos soluciones dolorosas: o reducir el Estado de bienestar o no pagar nuestra deuda. Las consecuencias de cualquiera de las dos opciones podrían ser catastróficas. Nuestro sistema de bienestar no es desproporcionado al compararlo con nuestros vecinos europeos. Reducirlo haría que beneficios sociales de los que disfrutan las familias menos favorecidas se viesen diezmados. El sufrimiento que esos nuevos recortes acarrearía no debe menospreciarse. Durante la crisis, partidas como la educación o la sanidad ya se han reducido más del 15%. No pagar la deuda nos convertiría en una república bananera como las que encontramos de forma asidua en Latinoamérica.

Asumir que para gastar debemos ingresar no es una elección, sino una necesidad

Para evitar tan dolorosa elección solo hay una salida: reformar nuestro sistema fiscal para recaudar más y mejor. ¿Y qué dicen los cuatro partidos mayoritarios sobre el tema? Los programas electorales de PSOE y Ciudadanos eran un sinsentido en el tema fiscal. Reconocían el agujero fiscal, pero se escudaban en la lucha contra la evasión tributaria para evitar una subida impositiva. La evasión fiscal es importante, y luchar contra ella un deber; pero por sí sola no es la solución a nuestros problemas de déficit. El PP escribió un programa bastante coherente con sus políticas. Estas niegan la necesidad de recaudar más y abogan por más bajadas impositivas. El programa escondía que estas bajadas implicarán más recortes. Nosotros estamos a favor de impuestos bajos, pero nos parece más importante resguardar nuestro Estado de bienestar y nuestra credibilidad como país. El único programa que presentaba medidas encaminadas, con más o menos éxito, a aumentar la recaudación era el de Podemos. A cambio reflejaba un sinfín de medidas populistas que aumentaban el gasto exponencialmente.

De cómo adaptar y compaginar estos programas electorales es de lo que se debería estar discutiendo. Asumir que para gastar debemos ingresar no es una elección, sino una necesidad. De no ingresar lo suficiente, los déficits y la deuda se dispararán, y más pronto que tarde se tiene que elegir entre bajar el gasto de forma radical o dejar de pagar la deuda. Es pura aritmética. Otros caminos no son posibles y malgastar el tiempo en otras cosas solo hace que el problema se magnifique y las soluciones se hagan más dolorosas para los ciudadanos.

J. Ignacio Conde-Ruiz, de la Universidad Complutense, y Juan Rubio-Ramírez, de la Universidad de Emory, son investigadores de FEDEA.