Nuestro derecho a transformar nuestras ciudades

El autor pide vencer la maximización y el individualismo, y crear un nuevo paradigma de construcción del hábitat, con base en la solidaridad y el bien común

Nos encontramos en un proceso de preparación para la tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible, popularmente conocida como Hábitat III. En este espacio se definirá la Nueva Agenda Urbana Mundial, que contendrá los pilares básicos para el desarrollo urbano y el entorno rural de las ciudades del mundo.

Recientemente se publicaron los Policy Papers, que buscan identificar los desafíos, las prioridades de políticas públicas y recomendaciones para la Nueva Agenda Urbana Mundial. En esa línea, desde Techo consideramos que la discusión sobre el futuro de nuestras ciudades, debe considerar como uno de sus pilares fundamentales el derecho de los ciudadanos de transformar nuestras ciudades para garantizar el bien común y, estamos seguros desde nuestra experiencia, que si tomamos en nuestras manos el destino de nuestro futuro, somos capaces de construir un mundo más humano.

América Latina es la región más desigual del mundo y en sus ciudades, donde habita el 80% de la población, se manifiestan algunas de las consecuencias injustas de los problemas estructurales de la región. Esto se debe a que las ciudades son mucho más que espacios llenos de infraestructura. El entorno construido es el resultado concreto y dinámico de las relaciones sociales entre los distintos actores que las habitamos. En ocasiones, estas relaciones son colaborativas y en otras, son contradictorias. Así, en las ciudades se disputan proyectos, intereses, objetivos e iniciativas de distintos sujetos sociales, que pueden tener severas consecuencias en términos de segregación y exclusión de la población.

Como manifestación de la fragmentación social, 113 millones de personas viven en asentamientos informales en la región. Es decir, un cuarto de la población urbana de América Latina. Este y otros temas urbanos son problemas que ni el Estado, a través de la política pública, ni el mercado han logrado resolver.

Una construcción ciudadana

La producción social del hábitat consiste en la construcción y transformación de espacios por parte de los ciudadanos y ciudadanas. Como prueba de la extensión de esta realidad, el arquitecto Enrique Ortiz, de Habitat International Coalition, señala que, en los países del sur global, más del 50% de las viviendas en particular y del hábitat en general son construidos al margen del mercado y sin apoyo del Estado.

De mantenerse la tendencia, seguiremos como habitantes de sociedades segregadas y desiguales: con ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, según el poder adquisitivo de cada uno

Los dirigentes de la Comuna 13 de Medellín (Colombia), mientras conversábamos sobre la situación de 3.000 personas que viven en asentamientos informales en la zona, se refirieron a ellos como “los mejores arquitectos e ingenieros del país” al destacar la capacidad que tienen para sobreponerse a las dificultades que les impone la ciudad. Son personas, familias y comunidades que, motivadas por el legítimo deseo y derecho a vivir bien, buscan desarrollar espacios habitables a través de su propio trabajo.

De esta manera, la producción social del hábitat se torna una producción de subsistencia y resistencia. Producción que deja lecciones muy útiles para incorporarlas a la forma en que concebimos la transformación de nuestras ciudades. Desde Techo somos testigos de este proceso a partir de nuestro trabajo junto con comunidades y líderes comunitarios que viven en más de 600 asentamientos informales, en más de 60 ciudades de nuestra región latinoamericana.

Es así que algunos elementos de la producción social del hábitat que consideramos fundamentales son:

  • La promoción de la participación en la definición de las necesidades, priorización y diseño de iniciativas.
  • La innovación en la búsqueda de soluciones.
  • La organización comunitaria para la gestión e implementación de proyectos.
  • La articulación con otros actores de la sociedad, que fortalece las redes y la integración urbana.
  • La apropiación y el conocimiento del territorio y la autodeterminación de su transformación.
  • Las dinámicas solidarias, horizontales y colectivas que permiten construir nuevas formas de relaciones sociales.

La dimensión política

La producción social del hábitat, como práctica pedagógica, tiene un potencial político importante. Los elementos mencionados anteriormente, puestos en acción, además de ser factores que sirven para refutar los pilares fundamentales de la gestión urbana mercantil y especulativa, también contienen una fuerza simbólica para promover nuevas forma de pensar y construir los espacios urbanos, desarrollar relaciones sociales y transformar el territorio.

Es un proceso de toma de acción social frente a la desposesión, que promueve la politización de nuestros problemas a través de la síntesis de la reflexión y la práctica, y que da paso a nuevas formas de entender la realidad. Traslada las explicaciones individualistas y resignadas de las situaciones injustas, como la pobreza desde “la mala suerte”, el destino o las decisiones individuales, hacia la comprensión de estas como el resultado de dinámicas sociales desiguales.

Para aprovechar este potencial, es necesario que estas acciones puntuales de propuesta, resistencia, emergencia o subsistencia cobren dimensiones políticas capaces de dar cuenta de los déficits del modelo actual y la posibilidad ciudadana de transformar la realidad. Ese es un desafío determinante para que la producción social del hábitat sea un factor aún más potente para la transformación urbana.

El rol amplificador del Estado

Resulta fundamental que el Estado busque promover la producción social del hábitat en el diseño de las políticas públicas. Para esto, se deben promover cambios importantes tanto a nivel del modelo político, como de las políticas de hábitat.

Sobre el primer nivel, es importante profundizar la reforma social del Estado, en el sentido de:

  • La participación activa del Estado en la distribución y redistribución del ingreso y las riquezas;
  • La concepción de la política social con un enfoque universal y de derechos;
  • La promoción de la participación ciudadana, y la democratización de los procesos de decisión, implementación y evaluación de políticas.
  • Frente a los desafíos de la coyuntura económica de la región, implementar una política de gasto social anticíclico, que garantice altos niveles de inversión social.

En ese marco general, algunos aspectos particulares que permitirían incorporar y potenciar la producción social del hábitat en la gestión urbana:

  • El fortalecimiento del derecho al suelo, la vivienda, el hábitat y la función social de la propiedad.
  • La regulación del mercado de suelos, inmobiliario y de alquileres.
  • La ampliación y fortalecimiento de mecanismos de seguridad de la tenencia del suelo y la vivienda.
  • La incorporación y/o ampliación de presupuestos participativos.
  • Potenciar el desarrollo de espacios públicos combinando la cogestión y autogestión.
  • La promoción de la organización de cooperativas de vivienda y hábitat y de desarrollo comunitario y solidario.
  • Facilitar la organización de un sistema de trabajo, producción, distribución e intercambio popular.
  • La gestión articulada con organizaciones de la sociedad civil, organizaciones comunitarias y movimientos sociales.

La oportunidad de la Nueva Agenda Urbana Mundial

Estamos a un año de Hábitat III, la cumbre en la que se definirá la Nueva Agenda Mundial que regirá por los próximos veinte años. Las estadísticas, los hechos y las experiencias dejan en evidencia la necesidad de replantearnos la forma en que estamos construyendo nuestras sociedades.

De mantenerse la tendencia, seguiremos como habitantes de sociedades segregadas y desiguales: con ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, según el poder adquisitivo de cada uno. Con una gestión urbana que se caracteriza por ser un espacio de realización de las ganancias, más que un espacio de realización humana. En el marco de una crisis económica mundial que, como menciona el geógrafo y teórico social David Harvey, en gran medida se solventa a través de una política urbana que consiste en construir casas y llenarlas de cosas.

La definición de la Nueva Agenda Urbana es la posibilidad de pensar un futuro diferente. Esta parte por reivindicar el derecho de los ciudadanos de construir y transformar nuestro territorio y de promover los enfoques de derechos, sustentabilidad e igualdad.

Entre los desafíos que debemos enfrentar en esta materia, está la escalabilidad de estas experiencias de producción social del entorno que reconocemos como positivas. No solo para ir ganándole espacio a la especulación y al mercado en el territorio construido, sino también para vencer el sentido común que promueve la maximización y el individualismo, y construir un nuevo paradigma del derecho a la ciudad, con base en la solidaridad y el bien común.

Luis Bonilla es director operativo de Techo para América Latina.