Matando cerditos

Ojalá que aquellos que no comparten el amor hacia los animales comprendan el delito

Leer el pregoncillo de San Antón en la calle de Hortaleza es el acto público más tierno al que una se puede enfrentar. Subida en un estrado en mitad de esta estrecha calle cercana a Chueca la pregonera puede mirar a los asistentes, contarlos, incluso bajar y saludarlos uno a uno. Es una manera de comprobar, una vez más, que Madrid tiene momentos sublimes en que quiere seguir siendo pueblo. Junto a mí, sonriente y algo abstraído, el padre Ángel, ese cura singular que abre las puertas del templo a los mendigos para que se cobijen por la noche, que ofrece a los fieles pantallas en conexión directa con el Vaticano y que regala wifi tanto a los que creen como a los que no. En realidad, cuando se entra en la iglesia de San Antón se sale creyendo, más que en Dios en el ser humano, y aunque la fe sólo nos dure un ratillo esa sensación de que es posible que se establezcan lazos de solidaridad entre vecinos es muy beneficiosa para el espíritu. Un cartel luminoso anuncia en la puerta que este templo castizo está abierto las 24 horas, como si fuera una farmacia a la que pudieras acudir si tienes una enfermedad del alma. Un hombre, con esos signos peculiares que la vida en la calle deja en el rostro, me advierte que cierre el bolso, que me lo pueden robar; la experiencia le dice que hasta en los lugares sagrados los carteristas siguen trabajando 24/7, como el Dios del padre Ángel.

El día del pregoncillo algunos perros deambulan por la iglesia, aunque la bendición a los animales también es una prestación que en San Antón se ofrece a diario. Los dueños se hacen fotos delante del santo, como si fuera el día de la comunión de la mascota o algo así. Yo recuerdo mis años en la calle de Pelayo, aquel 1994 en que acudimos con nuestro perro Paquito para disfrutar de esta costumbre tan popular como extravagante de ponerte en cola con dueños que llevan gatos, perros, cobayas, hámsters, cabras o reptiles. Veintidós años han pasado para este barrio, que ahora cobija al gayerismo y la modernez, pero donde se dejan ver en actos como este algunos elementos de la vieja guardia. Esa suerte de vecinos que cuando veo las fotos que me han hecho con el padre Ángel aparecen en segundo plano, mirando un poco torvamente, como aquellos personajes que salían siempre en las fotos de los pueblos, los que no estaban invitados a la boda pero hacían de séquito hasta la iglesia.

Me conmueve el amor que se respira hacia los animales; la compenetración, por ejemplo, que algunas abuelas tienen con sus perros, unos siete leches diminutos y de ojos saltones. Ese amor es anterior a esta corriente de protección al mundo animal, que en España es novedosa, por caracterizarse nuestro país en mostrar aspereza cuando no crueldad hacia los animales. A todos aquellos a los que la devoción de algunas personas hacia los bichos inquieta, y aprovechan cualquier oportunidad para tildarla de ridícula, les animaría (no creo que se dejen) a que observaran qué ocurre cuando un anciano está acompañado por un animal, o una enferma, o todas aquellas cosas que le aporta a un niño tener un colega que mostrará una disposición incansable al juego y que exigirá unas responsabilidades diarias, no demasiado costosas, pero para las que hay que vencer la pereza. Cualquier dueño podría contar qué hace su perro o su gato cuando notan, porque lo notan todo, que estamos tristes. Sólo quien ha sufrido la muerte de un animalillo puede comprender a quien padece este tipo de pérdida.

Explicar esto a quienes no quieren ver mundos ajenos al suyo porque están henchidos de ese irreductible sentido de superioridad hacia los otros seres vivos es imposible. Ellos se lo pierden. Pero puede que sean capaces, eso sí, de calificar de brutalidad ese vídeo que la policía de Almería interceptó en el que se ve a un joven lanzándose en plancha sobre los cuerpos de 70 lechoncillos que trataban de escabullirse aterrorizados. Mató a 19 y 57 quedaron tan malheridos que acabaron muriendo también. El joven amiguete de este descerebrado, otro de su misma calaña, grabó la proeza. Ojalá que aquellos que no comparten el amor hacia los animales y que no desean su cercanía sepan en cambio entender que la carnicería que perpetraron estos dos tipejos es un delito y que es necesario que paguen con la cárcel un acto de violencia hacia criaturas tan tiernas, que seguramente habrían sido destetadas ese mismo día. Ya me parece brutal el celebrado espectáculo de cortar los cochinillos asados con un plato delante de los comensales, así que para este aplastamiento de cerdito vivo carezco de adjetivos. Pónganselos ustedes. Sólo siento la necesidad de que usted que no está interesado en los animales y yo, que sí, estemos de acuerdo en que estos machotes han de pasar un tiempo a la sombra.