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Así se repara la sonrisa de un niño

En Burkina Faso, una enfermedad debida a la malnutrición desfigura a los niños. Un equipo médico de voluntarios acude para realizar operaciones de cirugía reparadora. Ángel Emparanza, cirujano de San Sebastián, es uno de ellos

Possi no ha sonreido desde hace más de 10 años. Son las nueve de la mañana en la Policlínica de Ouaga 2000, un barrio de reciente creación donde se alternan terrenos baldíos con casas burguesas de la capital de Burkina Faso, Ouagadougou. La joven de 17 años espera en un pasillo delante de la sala de consultas. A ambos lados hay un centenar de pacientes esperando su turno. Algunos tienen tumores en la cara, otros esconden sus heridas bajo los vendajes. Sólo algunos esbozos de conversación susurrada resuenan contra los muros azulejados. Cabizbaja, Possi esta discretamente situada en una esquina. Sus cabellos están enlazados en trenzas africanas. Un velo blanco recubre la mitad de su cara.

Finalmente es su turno. Possi penetra en la gran sala donde le esperan los médicos. En el interior, la atmósfera recuerda una colmena: cada miembro del equipo médico, cuatro cirujanos, tres médicos anestesistas y dos enfermeras de anestesia, cumple una tarea bien específica. Durante los primeros minutos de la consulta cada uno parece revolotear. Seguidamente la maquinaria se pone en marcha. El grupo esta dirigido por el Profesor Narcisse Zwetyenga, jefe de servicio de cirugía maxilofacial y plástica del Centro Hospitalario Universitario de Dijon, Francia, secundado por el doctor Angel Emparanza, procedente de San Sebastián donde dirige una clínica maxilofacial. Esta misión humanitaria está organizada por la ONG francesa La Chaine de l’Espoir. Los dos hombres, de 47 y 56 años respectivamente, se encontraron en sus comienzos en cirugía en el Centro Hospitalario regional de Burdeos a principios de los noventa. El ritmo de las consultas es desenfrenado: en dos horas han pasado 41 pacientes.

Possi retira tímidamente el velo de su cara mientras los doctores Zwetyenga y Emparanza le auscultan. Debajo del velo, un agujero en la carne en lugar de lo que debería ser la parte superior de su boca, su mejilla, su ojo. El vacío. Ella inclina la mirada hacia el suelo. “Ahí tenéis delante una verdadera secuela de noma. Esta es la razón por la que estamos aquí. La vamos a operar”, afirma el primer médico, cabello pimienta y sal, silueta afilada en su camisa y pantalón de traje, mientras que el médico español, con físico de jugador de rugby y ojos de dulzura infinita, asiente. La raíz etimológica del nombre noma habla por ella misma: viene del griego numein, que significa devorar, roer. Es una enfermedad de otros tiempos, una de esas que no pensábamos pudiera existir en el siglo XXI. Enfermedad de la miseria, afecta principalmente a los niños de menos de 10 años que sufren malnutrición y falta de higiene bucodental.

Unos 100.000 niños estarían afectados cada año, principalmente en el oeste de África ( Niger, Nigeria, Burkina Faso) pero también en la India, según la Organizacion mundial de la salud (OMS). En Europa los últimos casos censados se observaron en niños de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. “El noma afecta a los más pobres de los pobres. De origen multibacteriano debuta habitualmente como una pequeña herida en la boca. Seguidamente esta herida se gangrena y se propaga en menos de 10 días devorando la piel, los huesos y los músculos de la cara”, explica el Dr. Emparanza en un perfecto francés. Cuando estos niños no son tratados pueden morir rápidamente de septicemia. ¡La tasa de mortalidad del Noma es del 80-90 %! En Burkina Faso los cuidados médicos son de pago y, por tanto, inaccesibles para los pobres. Podríamos decir inaccesibles para una gran parte de la población: el país, con un PIB por habitante de 710 dólares por año, sigue siendo uno de los más pobres del mundo, ocupando el lugar 165 de 184 según el Banco Mundial. Por lo tanto cuando la enfermedad es tratada se cura, diez días de antibióticos y unos enjuage bucales diarios son suficientes para detenerla.

Durante esta misión han sido intervenidas 78 personas. Se quedarán varias semanas en el centro social Bilaadga, donde recibirán cuidados gratuitos.

Pero los supervivientes a menudo quedan desfigurados de por vida. “Incluso para un médico la secuelas de Noma son impresionantes. Estamos más o menos acostumbrados a ver pérdidas de tejido o deformidades, pero ver secuelas de una infección que llega a producir semejantes destrozos… esto es muy impactante”, reconoce el Dr. Emparanz,a quien comenzó las intervenciones de cirugía reparadora en las víctimas de secuelas de Noma con el Profesor Zwetyenga a principios de la década del 2000 en Etiopía, Nigeria y Costa de Marfil, antes de llgear a Burkina Faso. “Se aprecia en la expresión de estas personas desfiguradas por el Noma, una gran tristeza interior, como si no hubieran tenido nunca la posibilidad o las ganas de sonreír. Tenemos la impresión de ver algo inanimado”, añade este hombretón de acento alegre.

Possi, que viene de un poblado agrícola perdido en medio de los campos del este de Burkina Faso, cayó enferma a las edad de siete años. “Su madre dice que comenzó como un grano, que posteriormente se infectó. Su familia, muy pobre y sin medios para ir al hospital, la trató con medicina tradicional”, explica Alphonse Haro, quien forma parte de los buscadores que reclutan a los niños enfermos de noma en las zonas rurales y los traen al hospital cuando se organiza una misión de cirugía humanitaria. Por suerte, el mal ya ha terminado, Possi ha evitado la muerte pero no las mutilaciones. “Desde entonces ella no ha vuelto a la escuela. A su edad, podría estar casada, pero ¿quien la querría? Ella vive escondida, no habla y es muy muy tímida. En estos casos, a menudo la persona se resigna, se hace invisible”, se lamenta este grande y delgado joven de dulce sonrisa, “los niños del Noma están escondidos por su familia que piensa a menudo que son víctimas de una maldición. Ya no tienen vida.”

El doctor Ángel Emparanza ausculta a una mujer llegada desde de Guinea-Bisáuy que padece una deformación de la mandíbula.

Las intervenciones realizadas durante la misión humanitaria persiguen reinsertar en la sociedad a estas personas excluidas. “De media se operan 70 pacientes en diez días de misión”, subraya el sonriente Dr. Emparanza. Varias delicadas operaciones al día realizadas por el equipo médico, repartidas en dos quirófanos puestos a la disposición del equipo médico por la policlínica de Ouagadougou. Desde las siete y media de la mañana hasta a veces las ocho de la tarde, las jornadas son interminables. “No podemos operar a todo el mundo, es una de las decisiones difíciles en este tipo de misión”, suscribe el doctor Emparanza. "La prioridad son los niños desfigurados por secuelas de Noma, seguidamente los niños con otro tipo de patologías como labios leporinos, o tumores y finalmente los adultos que más lo necesiten".

Todo el material utilizado y los medicamentos necesarios durante la misión han sido recolectados y transportados por el personal médico voluntario, principalmente en los centros donde trabajan. Durante la misión cada uno se arregla con lo que tiene y tanto cirujanos como enfermeros ponen toda la carne en el asador. “Aquí debemos principalmente formar un equipo: cada uno debe dejar su ego de lado. En el caso de las operaciones de Noma hay que ser capaz de trabajar en condiciones que no son las habituales en Europa”, explica el español.

El Profesor Narcisse Zwetyenga y otros compañeros estudian las radiografías de un paciente el día de las consultas para decidir si vale la pena operarle.

Possi fue operada. En el quirófano rehusó quitarse el velo y lo guardó apretado contar su vientre, incluso una vez anestesiada. Todo ha ido bien durante la cirugía. Esta mañana es el turno de Ibrahim, que ha sido trasladado desde el centro social de cuidados médicos, donde los pacientes están alojados antes de ser operados en la Policlínica. Desfigurado por una secuela de Noma, el niño de seis años, camiseta roja y pantalón beige, esconde su cara detrás de una mascarilla.

“La cirugía del Noma es muy compleja, son necesarias a menudo varias intervenciones”, explica Zwetyenga en el quirófano, mientras el pequeño se duerme. En una primera intervención, el especialista y su equipo comenzaron por recrear la boca y la parte baja de la mejilla. En esta segunda intervención, el objetivo es cerrar completamente la mejilla y rehacer la nariz. Para esto, los cirujanos utilizan un colgajo pediculado: un fragmento de piel del cráneo al cual queda sujeto por una banda para mantener la vascularización. Seguidamente es colocado y cosido en la zona del agujero para recrear la pared de la mejilla. En las próximas intervenciones terminarán de dar forma a la nariz.

“Pocos cirujanos saben hacer este tipo de intervenciones complicadas y específicas”, explica Julien Swebel, joven cirujano plástico de 38 años que acompaña a los dos más experimentados en cirugía del noma, para aprender de ellos. En cada misión, estudiantes de medicina o profesionales burkinabés están invitados a asistir a las operaciones. Arsene Coulibaly, cirujano burkinabé de 38 años, ha participado de esta manera en varias misiones: “utilizan técnicas que nosotros no conocemos. Paradójicamente, como los pacientes no vienen para tratarse por falta de dinero a nosotros no nos forman en este tipo de cirugía en la facultad de medicina".

Pero, ¿qué es lo que motiva a estos médicos y enfermeras a venir voluntariamente al otro extremo del mundo a operar tan duramente?. Para Angel Emparanza, es una justa compensación. “Como médico, he tenido siempre ganas de compartir lo aprendido, poder ayudar a gentes que no tienen medios de beneficiarse de los avances de la medicina. Sobre todo cuando se trata de pacientes desprotegidos en situaciones tan injustas como las de la enfermedad del noma”.

El doctor Ángel Emparanza se prepara antes de la intervención quirúrgica de Possi.

Es el último día de la misión. El pequeño Ibrahim se ha despertado bien después de su intervención. El equipo médico lo visita en el centro social donde ha sido trasladado para recuperarse. El niño, en forma a pesar de las impresionantes cicatrices en su cara, viene a dar la mano con hojas de dibujo y rotuladores bajo el brazo. Antes de retomar el avión esta noche, los médicos realizan la visita de control de las cicatrices y dan las últimas instrucciones para los cuidados postoperatorios. Con una cámara fotográfica de último modelo, Angel Emparanza comienza el ritual de fotos para la fase del después.

Este chaval deberá soportar una nueva intervención para afinar la reconstrucción de su nariz. Pero en lugar de un agujero que se abría por debajo de su ojo, ahora tiene una mejilla rellena. Una cara. Ya no lleva su mascarilla. Possi, ella, se sigue escondiendo detrás de su velo ya que el agujero en su rostro todavía es visible. Será necesaria otra intervención para continuar la reconstrucción. Está previsto que sea operada en la próxima misión, en abril 2016. Durante esta, han sido intervenidas 78 personas. Ibrahim y Possi se quedarán varias semanas en el centro social donde recibirán cuidados gratuitos. El jovencito ya se ha reunido con su madre y la joven con su hermano, a quien quizás un día podrá mostrarle una nueva sonrisa.

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