¿Qué tipo de referéndum?

¿Cuál es el mejor? Precisamente el que se pacte

¿Quién teme al lobo presuntamente feroz del referéndum? Aunque no sea el mecanismo más exquisito de la democracia —lo usan también las dictaduras—, es uno de sus instrumentos. A ningún demócrata debería amedrentarle.

Ninguno debería temer un referéndum consultivo sujeto a la Constitución (artículo 92), convocado por el Gobierno y acordado con sus promotores y afectados. Ninguno, tampoco esos dirigentes paleo-Bonistas que confunden intencionadamente cualquier consulta —como la que acertadamente postuló en su día el PSC (legal y pactada), o como la que con menos detalle proponen los de Podemos— con un expediente de autodeterminación (propósito solo válido para colonias o pueblos sujetos a dictaduras salvajes) de intención secesionista.

Qué gracioso resulta García Page denostando ahora contra el presunto soberanismo desintegrador de los mismos podemitas que le invistieron. Este hombre tiene noches toledanas.

No confundan a Artur Mas y sus menguantes huestes con la ciudadanía catalana, muy partidaria de celebrar un referéndum. Unos para irse. Y seguramente la inmensa mayoría para demostrar que quieren quedarse, aunque mejor de otra manera.

Que los catalanes volverán a votar un día sobre su futuro político y su engarce con el conjunto de España lo sabe hasta el centralista más ignorante. Hasta el nacionalista españolista más talibán.

Porque cuando se celebre el referéndum de aprobación de la reforma constitucional (que la habrá) se sabrá si los catalanes la han aprobado, satisfechos por su reenfoque de la cuestión territorial. O que la han suspendido.

Hay muchos formatos de consulta refrendaria.

Está el referéndum constitucional. Y el de ratificación de una nueva reforma estatutaria, la tercera. O el escocés, quebequés o puertorriqueño, con preguntas directas sobre la independencia, aquí de más arduo encaje. O una votación sobre una enmienda constitucional enervando una disposición adicional de perfume vasco, como sugirió Miguel Herrero. O sobre cualquier pacto posible. Siempre es mejor votar para ratificar un pacto que para optar entre un acuerdo y la catástrofe. Pero algún referéndum será imprescindible. ¿Cuál es el mejor? Precisamente el que se pacte.