Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Encerrados con el juguete de la ansiedad

Gente harta de depender del teléfono y de sus distintos juguetes ansiosos, se están bajando de ese tren

Al tamagochi, que duró lo que el caramelo a la puerta de un colegio, le han seguido otros juguetes que han colmado el deseo de ansiedad y abismo. Despreciamos la ansiedad como un mal, pero a juzgar por los elementos de los que nos adornamos para sostenerla como una amada pesadilla, nos gusta como los caramelos. Y son caramelos envenenados. Y como moscas caemos en ellos.

Ahora tenemos en nuestras manos el móvil, que nos permite comunicar con todo el mundo y va a hacer posible lo que decía José Ortega Spottorno acerca del fin del mundo: llegará cuando todos los teléfonos comuniquen, decía el fundador de EL PAÍS. Ahora ya se sabe qué pasa con los móviles: lo contienen todo, desde el ocio al insulto, y en medio estamos nosotros, embobados. Dentro de este rectángulo generalmente oscuro están ahora los periódicos, con sus noticias y con sus entretenimientos, los cotilleos, con sus noticias tan entretenidas, los concursos, las llamadas y los mensajes, las fotos, los correos electrónicos, la pornografía posible, los avisos de las distintas redes sociales, el tiempo y la pérdida de tiempo, la ansiedad calmada y la ansiedad furiosa. Y por fuera del rectángulo, pero dentro del rectángulo también, estamos nosotros, víctimas suculentas del festín que nosotros mismos les damos a multinacionales del cambalache.

Hace unos días, mirando cualquiera de esos nutrientes que están en el móvil, estuve a punto de ser atropellado por un autobús. Cuando se produjeron los frenazos decidí dejar para siempre de usar el móvil; lo que estuvo a punto de matarme era, pensé en ese instante, el efecto de la ansiedad por saber, por ejemplo, qué decía el compañero que me esperaba en la esquina siguiente. La prisa por tardar, que escribió Gil Calvo. La decisión de abandonar el tamagochi del siglo XXI me duró precisamente hasta esa esquina. Hace falta mucha voluntad, y alguna medicina, para descender de esta adicción que ahora domina a seres humanos que creen estar libres de la manía mientras la ejercen, la ejercemos, gustosos.

Ahora se está produciendo un fenómeno interesante, previo quizá a la consideración de esta adicción como una de las enfermedades tenues que se van haciendo oscuras. Gente harta de depender, como quien esto escribe, del teléfono y de sus distintos juguetes ansiosos se están bajando de ese tren que conduce, mal usado, a un choque infernal entre la realidad que uno vive y lo que está emitiendo el aparato. Uno de los que ha decidido bajarse decía ayer en EL PAÍS que su felicidad dependía de los likes que obtenía con su Facebook. Y que ya estaba bien. Hasta decir eso hay que caminar un largo trecho, tan largo como el que hay que seguir hasta entender que en las redes sociales del preperiodismo nos están vendiendo mercancía averiada que compramos con regusto porque habla mal de nuestros adversarios e incluso de nuestros amigos, a los que no queremos tanto como dice Facebook. El día en que dejemos esta ansiedad por otra cosa alguien hará comercio también de la ansiedad nueva.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.