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Sierra Leona, ¿y ahora qué?

La autora ha vuelto para reabrir el hospital de St. John of God, que pasó dos cuarentenas, y destaca el cambio en hábitos de la población tras el ébola: todos mantienen las distancias.

Un hombre permanece dentro del borde de cuarentena en el distrito de Kambia (Sierra Leona) el pasado febrero.
Un hombre permanece dentro del borde de cuarentena en el distrito de Kambia (Sierra Leona) el pasado febrero. AP

Al llegar a Sierra Leona, lo primero que te sorprende es el cambio social que ha experimentado la población, lo percibes nada más llegar. Todo el mundo se mantiene a distancia, empezando por los trabajadores del aeropuerto, pero todos lo han aprendido, incluso los niños en la calle que, como siempre, te llaman: “Opoto, Opoto”. Pero ahora es diferente, se mantienen a un metro y medio y te saludan agitando las manos. Este cambio se hace de verdad patente, cuando ves por primera vez a tus amigos, compañeros de hace muchos años, y ellos también te saludan a distancia, sin la efusividad de los abrazos, ni apretón de manos, sólo una discreta inclinación de la cabeza, o las manos agitadas en el aire, como mucho, los más atrevidos, te acercan el codo insinuando un roce. Eso sí, una o muchas palabras amables, agradecen que llegues a su país. La mirada es viva, pero transmite sufrimiento. A los más cercanos te atreves a preguntar, han sufrido, han perdido amigos, familiares y han pensado en muchas ocasiones cuándo les iba a tocar a ellos.

Muchos habitantes de Sierra Leona asociaron el ébola a la brujería o a un castigo por alguna falta realizada. Conozco a personas convencidas que los primeros contagiados en nuestro hospital lo fueron porque habían participado en un robo. Estas convicciones hicieron que la inmensa mayoría de la población no tomara precauciones, o al menos no las necesarias, lo que agravó la transmisión. También muchas personas, por sus creencias muy arraigadas, han seguido participado en los ritos fúnebres de los muertos por el virus, tocando tranquilamente el cuerpo del difunto, contagiándose con facilidad. Ha sido necesario prohibir parte de los ritos, crear equipos especializados para enterramientos seguros, tomar muestras de todos los muertos conocidos para confirmar la causa. Todo esto ha sido socialmente muy difícil y para algunos ha representado un shock. Para los sierraleoneses, igual que para otros pueblos africanos, no celebrar los ritos fúnebres supone un verdadero trauma; el ébola les impide también llorar la muerte como quisieran.

Las relaciones humanas han cambiado, como otras tantas cosas: se ha frenado la economía del país, los hospitales, los centros de salud y las escuelas cerraron, y ahora lentamente, con prudencia y mucho respeto, se intenta restablecer algunos de ellos. Es necesario, además, convencer a la población de que el uso de los servicios de salud es seguro y absolutamente necesario.

Muchas pruebas hospitalarias están paralizadas para evitar el contagio del virus, lo que repercute en el aumento de otras enfermedades

En Masimara, un área del distrito de Port Loko, los líderes de comunidad, las parteras tradicionales, los trabajadores sociales, los trabajadores de salud y sobre todo la población están de acuerdo y aceptan a un equipo móvil, que con una furgoneta se desplaza por carreteras de tierra, casi ni caminos, de villa en villa y dan apoyo nutricional a las familias, restablecen las vacunaciones, localizan a las mujeres embarazadas, identifican los partos que no evolucionan y detectan enfermos graves. Cuentan con la ayuda de voluntarios de la propia población entrenados para ello. En estos outreach se descubren historias dolorosas, como la de Genet, de sólo 13 años. Cuando un trabajador voluntario avisó al equipo móvil, Genet llevaba más de dos días de parto en su casa, había perdido prácticamente todo el líquido amniótico, estaba agotada y empezaba a tener fiebre. La llevamos al hospital todo lo rápido que la carretera nos permitió e intentamos cuanto fue posible. Antes de entrar en la maternidad, Genet me cogió la mano desde la camilla y me miró asustada, su rostro era a la vez de miedo y de sorpresa, parecía no entender nada de lo que estaba pasando. Prácticamente sin haber empezado la adolescencia, esa niña dejaba la infancia atrás y de forma dolorosa descubría con terror lo que era ser mujer. Fue imposible conseguir que su recién nacido respirara espontáneamente, ni siquiera hizo movimiento alguno; solo el latido de su corazón nos animó a seguir con aquella reanimación, cuyo final sospechábamos todos los que estábamos allí. Genet salvó su vida, se recuperó y tratamos su anemia, podrá tener otros hijos, aunque espero que antes de eso pasen unos años y pueda acabar la escuela. Este mes se han reabierto las escuelas en Sierra Leona después de más de nueve meses, pero las niñas-adolescentes embarazadas tienen prohibido asistir.

Los partos domiciliarios han aumentado mucho desde el inicio de la epidemia, lo que se ha hecho más patente al reabrir el hospital. Casi a diario llegan una madre o una pareja con su hijo nacido días, o alguna semana antes, con infecciones graves en la sangre, sepsis tardías, y es tremendamente difícil salvar las vidas de estos neonatos. No se tienen datos actualizados de la mortalidad materna y neonatal, pero sabemos que ha aumentado durante la crisis y no por causa directa del ébola.

Las relaciones humanas han cambiado, como otras tantas cosas: se ha frenado la economía del país, los hospitales, los centros de salud y las escuelas cerraron

En la reapertura del hospital nos rencontramos con niños con malaria, anemia, malnutrición, infecciones respiratorias, diarreas…. E incluso hemos ingresado casos de sarampión. Las vacunaciones sistemáticas se detuvieron hace cerca de un año. Las medidas diagnósticas están limitadas para evitar la transmisión del virus; el triaje a la entrada es estricto para identificar los casos sospechosos y referirlos al Centro Internacional de Ébola. Pero aun así, el sistema no es infalible y trabajamos como si todos los enfermos que vemos pudieran tener ébola, con lavado de manos con agua clorada, inmersión de nuestro calzado en la batea también con agua clorada y con prendas de protección personal (bata, doble guante, gorro, mascarilla, y en caso de los enfermos clasificados húmedos (vómitos, diarrea, sangrado), con visera transparente protegiendo el rostro. Las pruebas de laboratorio también están restringidas, no se puede manipular líquidos biológicos por el riesgo que representa, el hospital ya ha tenido que cerrar en dos ocasiones y pasar dos cuarentenas. Esto significa que sólo es posible realizar test rápidos con una gota de sangre que sobre una tira lee una máquina sin riesgo para el sanitario, o sea test rápido para malaria, glucosa y hemoglobina, nada más.

Los casos de malaria con alta parasitemia siguen llegando al centro, en ocasiones habiendo pasado antes por el traditional healer, lo que hace que confundamos los síntomas y signos, con otros propios del envenenamiento, que provoca gastritis hemorrágicas y otra clínica peor. La malaria es devastadora, sobre todo en niños, y si su diagnóstico se realiza tarde, suele ser fatal. Esta es un área afectada por muchos años de lucha política y conflictos que deterioraron mucho la salud y el desarrollo de servicios sanitarios, por lo que las medidas implementadas en otros lugares para frenar la malaria se iniciaron aquí lentamente y con retraso, y han sido interrumpidas por el cierre de las estructuras sanitarias, cosa que hacer prever un aumento de la transmisión y de la mortalidad.

La población de Sierra Leona ha reaccionado y poco a poco se han adoptado cambios con una gran repercusión. Siguen, eso sí, expresando sus emociones cantando y parece que así recuperen la alegría perdida, pero si te fijas en sus miradas, se transparentan la tristeza y la soledad. Con sufrimiento, ellos se han adaptado y han establecido una respuesta a la epidemia. Ahora nosotros, la comunidad internacional, debemos responder al gran reto que tenemos delante y contribuir, no sólo a detener completamente la epidemia de ébola, sino a reconstruir su sistema de salud y a reforzarlo para que llegue a ser capaz de prever y controlar infecciones, entre ellas la malaria. Es una responsabilidad de todos.

Victoria Fumadó es Directora técnica de la fundación África Viva, investigadora adscrita a la Iniciativa de Salud Materna, Infantil y Reproductiva de ISGlobal y responsable de la Unidad de Enfermedades Infecciosas e Importadas del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario Sant Joan de Déu.