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EDITORIAL

Seísmo político

El catastrofismo de Podemos arrastra a una ciudadanía harta; motivo de reflexión para todos

No hay certeza de que España se encamine hacia un vuelco electoral, pero es seguro que la opinión pública vive ahora bajo los efectos de un tsunami político, según se deduce del sondeo de Metroscopia publicado hoy por este periódico. La intención de voto al Partido Popular cae con fuerza, el PSOE se sostiene con dificultades y la bolsa de ira social que se ha formado en los últimos años cree haber encontrado en Podemos la mejor oferta para propinar a los partidos tradicionales el castigo demandado por el fracaso en el enderezamiento de la situación económica y política. La foto del presente refleja el monumental enfado de la ciudadanía y arroja incertidumbres respecto a las aún lejanas elecciones de 2015.

Aunque el trabajo de campo ha coincidido con un periodo negro para el Partido Popular, es evidente que esta fuerza acumula desgastes respecto al enorme depósito de confianza recibido en 2011 en los diferentes niveles políticos. El PSOE sale mejor librado y se observa una valoración de su nuevo líder, Pedro Sánchez, claramente por encima de la de Mariano Rajoy; no obstante, su recorrido es corto para considerarle una alternativa y verificar si los simpatizantes de este partido resistirán la opa electoral que Podemos le ha lanzado a las claras, como a IU, a los partidos nacionalistas e incluso al PP.

Nada menos que 9 de cada 10 personas creen que la situación política es mala o muy mala, y eso es un dato clave para comprender la razón de que parte de la población compre el discurso de Podemos como la opción catalizadora de la ira. En todo caso, este éxito traduce el fracaso de las organizaciones principales del sistema político y delata el peligro latente de ruptura. Los graves defectos demostrados por el paso del tiempo se deberían haber corregido con altura de miras, reformas políticas de envergadura y un combate abierto contra la corrupción. Por eso es incomprensible que el PP, con mayoría absoluta en las Cortes, se haya dedicado a ningunear al Parlamento y a confiar la resolución de la mayor parte de los problemas políticos al simple paso del tiempo. Su agarrotamiento es tal que incluso se niega a debatir sobre la corrupción en un pleno monográfico del Congreso, a sabiendas de que el asunto preocupa muy seriamente a la opinión pública y que la responsabilidad de los dirigentes sobre las fechorías o los abusos de sus militantes no puede despacharse con un yo no sabía.

Todo esto no justifica dejar a la sociedad en manos de Pablo Iglesias y de Podemos, es decir, de un grupo de diagnóstico catastrofista y voluntad descalificadora, que niega ser de izquierdas ni de derechas para ocultar lo que en realidad es: simple y vulgar populismo como el que, con otras apariencias ideológicas, aparece en diversas partes de Europa. El sondeo muestra que los votantes potenciales de otros partidos, por críticos que sean hacia estos, tampoco creen en Podemos como la única opción en que se puede confiar. Una cosa es criticar y otra muy distinta ofrecer soluciones solventes y realistas a una sociedad necesitada de buena gestión. Hasta el momento, las únicas recetas que hemos escuchado en boca de los líderes de Podemos son viejas, fracasadas o delirantes.

La opinión pública aparece hoy más dividida que en el último decenio. De la alta concentración de votos en torno a dos partidos estatales —más algunos nacionalistas— se ha pasado a una fragmentación de opciones. El futuro no está escrito, pero hay que prepararse para un posible escenario de Gobiernos de más de un partido, también al frente del Estado. Y una de las condiciones necesarias es evitar crispaciones gratuitas y no polarizar a la sociedad en opciones irreconciliables. Para reparar los efectos de un terremoto no basta con la táctica de jugar a Casandras anunciadoras de desgracias; al contrario, se requieren muchos esfuerzos constructivos.