Veinte hombres con alas

Retrato en sepia del cuerpo masculino de la Compañía Nacional de Danza, que estrena este mes en el Teatro Real de Madrid su repertorio más versátil, al abrigo de Shiseido, su empresa benefactora

Los bailarines junto a su director artístico, José Carlos Martínez, retratados el 8 de abril por ICON en el Teatro Real, Madrid. “A través de su apoyo a la danza, Shiseido desea mostrar su respeto y agradecimiento hacia los profesionales que cada día regalan, en directo, la belleza de sus movimientos”, explica Frans Reina, presidente de la división española de la firma de cosméticos japonesa, benefactora de la CND. / Xevi Muntané

Aitor Arrieta es el bailarín más joven de la Compañía Nacional de Danza (CND). Cuenta 19 primaveras y le queda un año para concluir sus estudios superiores en el Conservatorio de Madrid. Comparte piso con colegas en La Latina, uno de los barrios más castizos de la capital. Y en su habitación de Rentería, su pueblo de origen, a siete kilómetros de San Sebastián, guarda con mimo una bandera jamaicana, consecuencia de su admiración por Bob Marley. De su oreja izquierda, cuelga un tosco pendiente plateado. “Me lo quitaré el día del espectáculo”, confiesa. A finales de mayo (los días 24, 26, 27, 29 y 30) y el día 1 de junio, tanto él como el resto de sus compañeros (21 chicas y 20 chicos más) escenificarán ante el público, en el Teatro Real de Madrid, la nueva identidad de la CND: tras dos décadas consagrada al baile contemporáneo, bajo la dirección de Nacho Duato, la institución cambia de rumbo y se abre a la danza clásica, para abrazar un repertorio versátil, donde caben por igual una coreografía del modernísimo Mats Ek (Casi-Casa) que del titán del ballet George Balanchine (Allegro brillante). José Carlos Martínez, Premio Nacional de Danza, es el hombre tras la transformación. Conocemos al resto de los nombres maculinos que se esconden en la marea de saltos y movimientos.

Si alguien ajeno a la historia presenciara la llegada de los chicos de la CND al set dispuesto por ICON en el Teatro Real, difícilmente podría adivinar que se trata del cuerpo de baile más célebre de nuestro país. Los chavales, de entre 19 y 34 años, no delatan maneras de estrella, aunque al subir al escenario deban comportarse como tales. Cobran entre mil y 1.800 euros al mes y cumplen una vulgar jornada laboral: de 10 a 16.30 horas, de lunes a viernes, más el tiempo que requieran las giras. Cuando acaban los ensayos, como ocurre en las oficinas de medio país, se forman grupos por afinidad para enfilar el camino a la cafetería más cercana, donde beben cerveza, se fuman un pitillo o pican de una ración grasienta sin ningún remordimiento. “¿Régimen, nosotros? Esto es genética”, exclaman al ser preguntados.

José Carlos Matínez, director artístico de la CND desde diciembre de 2010, vestido de Loewe. / Xevi Muntané

Lo de darle al cigarrillo es otro asunto: “Sí, fumamos casi todos. No deberíamos, porque somos atletas y los atletas no fuman. Pero es que también somos artistas, y ellos sí que fuman”, reflexiona, entre risas, Alessandro Riga, italiano y una de las figuras principales del grupo. Entre carcajadas, burlas cómplices y arranques de exhibicionismo (“no me importa cambiarme de ropa delante de todos. Es más: me gusta cambiarme de ropa delante de todos”, bromea uno de ellos con nuestro estilista), se oculta, sin embargo, una existencia de sacrificio en muchos de los casos. Mattia Russo se fue a vivir a Roma con 11 años, porque en su pueblo, Avellino, al sur de Italia, no había academias de baile. “Lloraba cada noche porque quería volver a casa”, rememora. Su paisano Alessandro ha estado alguna vez a punto de tirar la toalla: “Hay momentos en que quieres ser como tus amigos. Instalarte en una ciudad, ir a la universidad… Pero algo dentro de ti te obliga a continuar”, evoca.

Hacemos las producciones que queremos, aunque con menos decorado y vestuario.  Ya no es como antes, que estabas mal en una compañía y podías permitirte el lujo de largarte y encontrar hueco en otra.

-José Carlos Martínez, Premio Nacional de Danza

Francisco Lorenzo, alias Pancho, partió de su Argentina natal con 23 años. El veterano de la CND (tiene 34) asegura que ha roto con novias, abandonado casas que le gustaban y desasistido a la familia en beneficio de su profesión. “Ahora que solo me quedan dos o tres años de carrera, he decido aflojar y centrarme más en los asuntos del corazón: no permitiré que vuelvan a pasar seis meses sin visitar a mi madre”, narra. En su memoria más negra, aquella vez durante un espectáculo en Francia, con Nacho Duato al frente de la CND, en que cayó mal de un salto y sonó el espantoso crack. “Tuvimos que bajar el telón. Y abandoné el teatro en camilla, con el público aplaudiéndome en el hall”, recuerda. Al final, solo fue un esguince. El miedo a la lesión siempre está presente en la mirada juguetona de estos hombres que bailan. Evitan los deportes de riesgo y se les encoge el corazón con un leve tirón muscular. A Moisés Martín, zaragozano de 33 años, los médicos le exhortaron a abandonar la danza por una hernia discal. En su año de retiro, se machacó con pilates y gyrotonic. Hoy protagoniza uno de los pasos a dos de Delibes suite en la CND.

La piel del bailarín

“Cuando cuidas tu piel, alcanzas una sensación de placer físico que no solo es necesaria para el bailarín, siempre ensayando frente a un espejo, sino para cualquier persona, porque esta clase de cuidados ayudan al relax y al bienestar”, medita José Carlos Martínez sobre el uso que hace la CND de productos Shiseido. La empresa de cosméticos japonesa es benefactora de la institución y, además, cede un lote de productos personalizados a cada bailarín (otra entidad, la Fundación Loewe, es la patrocinadora oficial). Cuando de festejar se trata, el director artístico, que vela por su cutis según los criterios orientales de Shiseido, sigue, sin embargo, el consejo que le dio un homólogo sueco: “Tienes que ir a las fiestas con los demás, pero debes marcharte el primero para dejar al grupo a su aire. Esa es la táctica. A veces, me gustaría quedarme un poco más, pero me mantengo al margen”.

Cuando trabajé en Holanda, salía por ahí y me preguntaban: ‘¿A qué te dedicas?’. Al responder, la cara de mi interlocutor era de asombro, de admiración. Aquí te sueltan: ‘¿En qué discoteca bailas?

-Javier Monzón, bailarín principal

Martínez sueña con un espacio propio de representación para la CND, pero entiende que la maldita crisis ha venido a fastidiarnos un poco la vida a todos. “Me he tenido que mover en despachos. Y eso ha sido nuevo para mí. En un contexto tan difícil tienes que comunicar muy bien lo que quieres. Pero la depresión económica no nos ha afectado artísticamente. Hacemos las producciones que queremos, aunque con menos decorado y vestuario”, expresa. Por su parte, los bailarines se agarran al empleo con músculos hiperflexibles. “Porque ya no es como antes, que estabas mal en una compañía y podías permitirte el lujo de largarte y encontrar hueco en otra”, cuentan. Incluso aunque en la CND el buen rollo sea la norma (“esto no es Cisne negro”), los chavales apuntan hacia nubarrones negros sobre sus cabezas. “Faltan compañías de danza. Falta voluntad política”, clama el director. “La CND es de las compañías peor pagadas de Europa”, añade Pancho. “Cuando trabajé en Holanda, salía por ahí y me preguntaban: ‘¿A qué te dedicas?’. Al responder, la cara de mi interlocutor era de asombro, de admiración. Aquí te sueltan: ‘¿En qué discoteca bailas?”, zanja el madrileño Javier Monzón, bailarín principal de la CND.

Pero el grupo de magníficos es más dado al jolgorio que a la queja. Sin dar nombres ni apellidos, relatan que, entre las horas de ensayo y autobús, se ha fraguado alguna historia de amor. Lo sueltan Iván y Roberto Sánchez, gemelos de sonrisa permanente, 27 años, que abandonaron La Scala de Milán para trabajar cerca de su familia. “Cuando esto se acabe, queremos dedicarnos a la administración de empresas. Se nos dan bien los números”, vuelven a coincidir. Las figuras paterna y materna son asidero recurrente en las conversaciones con los chicos, que no olvidan que, a menudo, progenitores totalmente ajenos al mundo del arte (auxiliares de clínica, amas de casa o propietarios de tiendas de juguetes) tuvieron el buen ojo de apuntarlos a clases de baile aquellas tarde de trabajo en que apenas podían atenderlos. Aún se emocionan al hablar de ello. Al fin y al cabo, hace no tanto que dejaron de ser críos, y comparten fortalezas y debilidades con todos los miembros de su generación. Sí, esto incluye bailar, cada sábado, pachanga en la discoteca de turno. Sin zapatillas de punta.

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