Punto de retorno
La derrota de los independentistas de Quebec muestra la vitalidad del federalismo integrador
El estrepitoso derrumbe del independentista Partido Quebequés (PQ) en las elecciones del lunes le ha supuesto pasar de una mayoría de Gobierno a obtener menos de la mitad de los escaños (30 contra 70) que su rival, el Partido Liberal, de orientación federal. La causa de esta derrota no puede atribuirse a los casos de corrupción, de los que el vencedor tampoco andaba exento. Ni al desgaste tras una larga etapa en el Gobierno, puesto que llevaba menos de dos años en el poder. Todo indica que las sugerencias de que la formación de Pauline Marois iba a reabrir el melón de un eventual tercer referéndum de independencia de Quebec desencadenó la caja de los truenos para muchos electores.
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Tras las dos consultas de 1980 y 1995, en que el independentismo pasó del 40,44% a rozar la mayoría, con un 49,42% de los votos, se ha producido una evidente fatiga de materiales centrífugos. O, para decirlo de manera inversa a la expresión muy en boga en estas latitudes, el presunto punto de no retorno se ha convertido en inequívoca señal de retorno: el que se prometía camino ascendente y lineal hacia la independencia se ha mostrado descendente y quebradizo. Por eso mismo, harán bien los liberales federales en no considerar definitivo el profundo giro de los votantes y deberán cuidar, mimar incluso, la identidad cultural y la proclividad hacia el autogobierno de los ciudadanos quebequeses. Cuentan para ello con buenos referentes en la reciente experiencia histórica, la conciliadora doctrina de su Tribunal Supremo y sus propias angustias en momentos menos satisfactorios para ellos.
El hecho de que el cambio de tendencia se atribuya a la atrabiliaria irrupción de un candidato multimillonario, que irrumpió con discursos prosegregacionistas, ilustra una nueva y mayoritaria querencia quebequesa por la moderación. Al tiempo da cuenta de que el mensaje rupturista —que años atrás concitaba muchas adhesiones— ha quedado obsoleto.
No se trata de un fenómeno insólito. La renuncia del primer partido nacionalista flamenco a crear un Estado de Flandes independiente, y a practicar —cualesquiera que sean sus sueños profundos— un confederalismo posibilista, sugiere que este vaivén puede multiplicarse en otros lugares.
La añeja fórmula federal que algunos precipitadamente descartan exhibe mucha más vitalidad, capacidad de integración y perspectiva de futuro de lo que aparenta para algunos imaginarios colectivos. Cuando a la globalización se suman procesos de construcción regional, como por ejemplo el de la construcción europea, hace falta dotarse de nuevos horizontes de apertura cosmopolita. Pero si se quiere que no acaben siendo etéreos o extraños, hay que establecer bien los mecanismos de engarce, las bisagras cotidianas con la realidad próxima. Y eso lo proporciona a veces un modelo federal. Como el canadiense.
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