Rubirosa, un pene con pedigrí

Un polémico campeonato de polo en California y una biografía escabrosa en Reino Unido recuperan al mayor ‘playboy’ de todos los tiempos. ¿Qué secreto escondía su célebre virilidad?

Porfirio Rubirosa, en las 24 horas de Le Mans, en 1950. / JEAN JACQUES LEVY (AP)

A los franceses les encanta la pimien­­ta, y en sus mesas nunca falta un artefacto cilíndrico para molerla y aliñar los platos con el polvo así obtenido. Hubo un tiempo en el que a esos pimenteros se les llamaba rubirosas en los restaurantes chics de París; cada vez que un comensal los utilizaba para sazonar un filete, pensaba, sonriente, en lo que pensaba: en el descomunal tamaño de la verga de Porfirio Rubirosa.

Ahora vuelve la leyenda de Rubirosa, el mayor playboy de todos los tiempos. El Ministerio de Turismo de su tierra natal, la República Dominicana, patrocinó el 10 de junio la primera Copa de Polo Embajador Rubirosa, celebrada en el Santa Bárbara Polo Club de California. No faltó quien recordara los vínculos de Rubirosa con otro dominicano notorio, el tirano Rafael Leónidas Trujillo, retratado magistralmente por Vargas Llosa en La fiesta del chivo. Magaly Toribio, viceministra dominicana de Turismo, zanjó la polémica recordando que Rubirosa, amén de yerno del tirano, fue embajador de su país, campeón mundial de polo e “inspirador del personaje de James Bond”.

Esto último –se non è vero, è ben trovato– es la tesis que sostiene Isabella Wall, actriz y productora dominicana residente en Hollywood, en la biografía del gigoló que publicó hace pocos años: Persiguiendo a Rubi. Wall fue la organizadora de la Copa de Polo Embajador Rubirosa en su calidad de representante en California del Ministerio de Turismo dominicano. “Rubirosa”, dijo, “es un icono dominicano o internacional”.

Icono o Pimentero, Rubirosa también está siendo noticia en el lado europeo del Atlántico por la publicación en Reino Unido de la biografía The irresistible Mr. Wrong (The Robson Press), de Jeremy Scott. En una reseña de ese libro en The Sunday Times, Lynn Barber arranca rememorando el que fuera el mayor atributo del dominicano. “Era de la longitud de un palo de béisbol y de la anchura de una lata de cerveza”, escribe Barber. “Las mujeres gritaban al ver su tamaño”.

Aseguran que las mujeres gritaban al ver su tamaño. Murió con 56 años, sin dejar hijos: su virilidad era estéril.

Nacido en una familia de clase media de la República Dominicana en 1909, Rubirosa comenzó su ascensión al convertirse en un joven y atractivo oficial de la guardia pretoriana de Trujillo. De él se enamoró perdidamente Flor de Oro, la hija del dictador, y con él la casó su papá. Flor, de 17 años, fue la primera de las cinco esposas que tendría Rubirosa.

Trujillo nombró diplomático a su yerno y le dio un puesto en Berlín, donde la “principesca” pareja dominicana compartió el palco de Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936. Luego lo mandó a París, y allí, durante la II Guerra Mundial, Rubirosa se haría con un dinerito vendiendo visados dominicanos a los judíos que querían escapar del Holocausto.

Rubirosa y Flor se divorciaron, pero Trujillo no hizo lo que solía hacer con quien le contrariaba, matarlo, y siguió protegiendo a su exyerno. Comenzó así la carrera de Rubirosa como el playboy internacional por antonomasia de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX. Su tercera y su cuarta esposa, las norteamericanas Doris Duke y Barbara Hutton, eran las mujeres más ricas del planeta de aquel entonces, y, entre las celebridades que compartieron su lecho, la leyenda cita a Marilyn Monroe, Ava Gardner, Rita Hayworth, Joan Crawford, Kim Novak, Judy Garland, Eva Perón, Tina Onassis y Zsa Zsa Gabor.

Rubi, como era conocido entre la jet-set internacional, tenía clase, además de verga. En entrevistas aquí y allá iba contando los secretos de su éxito como seductor. Lo primero, decía, es ser educado. Él siempre le abría la puerta a su pareja, le encendía el cigarrillo, le buscaba una bebida, le piropeaba, le hacía sentirse como una reina. Y siempre iba hecho un pincel. Cultivaba un cuerpo atlético, se hacía la manicura, suavizaba su epidermis con miel y usaba zapatos, camisas y trajes hechos a medida por los mejores sastres de Londres y París.

Una de las frases más famosas de Rubi dice así: “La mayoría de los hombres quieren ganar dinero, yo prefiero gastarlo”. Nunca dio palo al agua y a veces andaba mal de pasta, pero siempre era rumboso con las mujeres. Y sí, era un gran deportista: campeón internacional de polo y bueno en submarinismo, esquí y coches de carreras. Pero esto también formaba parte de sus técnicas de seducción: tenía claro que a ellas no les gustan los vientres flácidos. Por último, era excepcional en la cama. Flor Trujillo y Barbara Hutton, entre otras, no tuvieron el menor reparo en hablar del tamaño de su pene, de su capacidad de mantenerlo erecto una eternidad y del cuidado que tenía en que su pareja alcanzara el orgasmo.

De todo esto habla The irresistible Mr. Wrong. En los veinte años que siguieron al final de la II Guerra Mundial, no había fiesta de la jet-set que pudiera declararse perfecta en ausencia de Rubi, también conocido como Toujours Prêt, siempre preparado, lo que hoy llamaríamos Mr. Viagra. No obstante, sus esposas y amantes relataron que, fiel al mito machista del latin lover, también podía ser muy celoso, muy infiel y muy violento.

En 1961, Trujillo fue ejecutado por opositores dominicanos. Rubirosa le sobrevivió cuatro años. A las siete de la madrugada del 5 de julio de 1965, tras haber pasado la noche celebrando una victoria de su equipo de polo, el gigoló caribeño estrelló su Ferrari contra un árbol del parisiense Bois de Boulogne. Tenía 56 años y no dejaba hijos: su virilidad era estéril.

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