Soraya Sáenz de Santamaría, entre pañales y decretos

Compagina el puesto del Gobierno con más atribuciones de la democracia con un bebé

El apoyo de su esposo, Iván de la Rosa, y mucha organización son claves en su vida familiar

La vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, paseando con su marido y su bebé por las calles de Madrid, el pasado 13 de febrero

Cada tarde, al filo de las ocho, Soraya Sáenz de Santamaría apaga el ordenador, aparta los últimos papeles en los que ande inmersa y da por cerrada la jornada laboral en el Ministerio. Atraviesa en el coche oficial las puertas del complejo presidencial del palacio de la Moncloa y regresa junto a sus escoltas a casa, al otro lado de la ciudad, como muchas otras madres y padres en todo el país, justo a tiempo para el baño de su bebé, Iván, que acaba de cumplir cuatro meses.

Pero Sáenz de Santamaría no es cualquier madre. Ella es la mujer más poderosa de España. La que más mando acumula desde los tiempos de la reina Isabel: al frente de la única vicepresidencia del Gobierno, que tiene asignada toda la capacidad de coordinación de los Ministerios y también, por primera vez, el Centro Nacional de Inteligencia, que hasta ahora dependía del Ministerio de Defensa. Y, sin embargo, es la primera mandataria que debe compaginar un cargo político con tantas atribuciones con el cuidado de un crío tan pequeño. Porque, aunque otros hombres han ocupado el puesto a la vez que eran padres recientes –como su excompañero de filas Francisco Álvarez Cascos, que tuvo un hijo con Gema Ruiz en 1999, cuando todavía era vicepresidente del Gobierno de Aznar–, la realidad en España es que siguen siendo en mayor medida las mujeres las que se encargan del cuidado diario de sus hijos. Aunque, como demuestra la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, puedan llegar profesionalmente a la cúspide.

¿Cómo se hace? “Con organización”, asegura tajante María Pico, jefa de gabinete de la vicepresidenta; la única explicación que ha ofrecido sobre la manera en que Santamaría concilia su puesto con su bebé.

El nacimiento del pequeño Iván ha estado ligado estrechamente a la actualidad política. Su madre, número dos de la lista del PP por Madrid, cumplió hasta el último día de su embarazo con su trabajo, primero en el Congreso, donde era la portavoz del Grupo Popular, y luego en la campaña electoral, aunque se reservó el trabajo de organización en la oficina de la sede del partido.

El bebé nació la madrugada del pasado 11 de noviembre con 2,4 kilos de peso, en plena campaña y tan solo nueve días antes de las elecciones generales que dieron la victoria al PP y, por tanto, colocaron a su madre en lo más alto de la política. La primera aparición pública de Santamaría tras el parto fue la misma noche electoral, en el balcón de la sede del PP en Madrid. Allí, en medio de la celebración, mientras todos saltaban, se escuchó a Mariano Rajoy decirle a su mano derecha: “Tú no botes”. Tenía muy recientes los puntos del parto.

Se ha impuesto acudir todos los

días al baño de su

hijo, confirman sus

colaboradores

Desde que su partido formó Gobierno, todo lo que rodea a la vicepresidenta es escrutado y masticado por la opinión pública. Como sucedió con la polémica suscitada por la decisión de Santamaría de incorporarse al trabajo sin haber cumplido las primeras seis semanas tras el parto, la denominada cuarentena, y de no tomarse la baja de maternidad. Esta misma semana ha ocurrido lo mismo con la noticia de que su marido, Iván Rosa Vallejo, abogado del Estado, ha fichado por Telefónica tras pedir una excedencia en el Ministerio de Hacienda, donde trabajaba desde hacía ocho años.

Pese a ello, la política vallisoletana trata de guardar con celo su faceta personal. Procedente de una familia de clase media, la vicepresidenta no responde al patrón de las mujeres de derechas vinculadas a los Gobiernos de José María Aznar en los años noventa: muy conservadoras, fervientemente católicas y de elevada renta. Ni le gusta la exhibición familiar que caracterizó a la familia Aznar-Botella, que no tenían reparos en llevar a sus hijos de corta edad a los actos públicos e hicieron de la boda de su hija Ana en El Escorial una cuestión pública que compitió con los enlaces reales; ni tampoco procede de una familia adinerada de rancio abolengo como Esperanza Aguirre. Y muchas de las posiciones políticas que defienden desde las filas de su propio partido están a muchas millas de distancia de sus propias ideas. No en vano, ha sido la única ministra cuestionada por un obispo como idónea para hacer un pregón por haberse casado por lo civil.

La incorporación de su marido, Iván Rosa, a Telefónica complicará la situación familiar

Santamaría ha llegado a su puesto por su propio esfuerzo personal. En ocho años, ha pasado de ser una diputada desconocida, que ni siquiera tenía un puesto de salida –entró por primera vez al Congreso en abril de 2004, en el puesto 19 por Madrid, después de que Ana Mato dejara el escaño para concurrir a las elecciones europeas–, a ser la número dos de la misma lista, justo después de Mariano Rajoy, y tras despuntar durante la legislatura pasada como portavoz parlamentaria. Y quizá por eso ha optado por mantener muy distantes su esfera profesional de la personal, para que solo se la juzgue por su perfil político.

Celebró en Brasil su boda civil con su marido –con el que comparte haber aprobado las duras oposiciones de abogado del Estado y a quien conoció en un viaje de trabajo a Bruselas cuando ella estaba en el Ministerio de Interior y él formaba parte de la representación española ante la Comisión Europea–, con apenas 32 invitados del círculo próximo, en un intento de mantener al máximo su privacidad. También para evitar que los compromisos políticos alargaran su lista de asistentes. “Me hubiera dado mucho apuro una boda multitudinaria. Yo para esas cosas soy muy tímida”, explicaría después en una entrevista.

El Palacio de la Moncloa no tiene cuna

María, en el jardín de la casa, refugiándose en los brazos de su padre Felipe González.

Ningún bebé ha vivido hasta ahora en el palacio de la Moncloa, la residencia oficial de los presidentes del Gobierno. La niña más pequeña que ha jugado en las dependencias del palacio ya no necesitaba cuna. Fue María, la hija menor de Felipe González, que ya había cumplido los tres años cuando su padre ganó las elecciones generales en 1982. Apenas se difundieron imágenes de los hijos del expresidente en su época en La Moncloa, pero sí posaron para la prensa tras la mudanza.

El siguiente es uno de los actuales inquilinos del palacio. Juan, el hijo pequeño de Mariano Rajoy y Elvira Rodríguez, conocida como ‘Viri’, tiene cinco años y lleva apenas unos meses en su nueva vivienda.

La lista la completan niños mayores, que sumaban ocho años cuando sus familias se trasladaron a las dependencias oficiales. Se trata de Javier, el menor de los cinco hijos de Adolfo Suárez y Amparo Illana, que llegó a La Moncloa en 1976, y de Alba, la hija más pequeña del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, que lo hizo en 2004. Un año más, nueve, tenían David González, segundo hijo del primer expresidente socialista, y Sonsoles Suárez, hija del primer jefe del Gobierno de la democracia. También el que probablemente sea el pequeño más conocido de todos los niños que han vivido en el palacio: el benjamín de la familia de José María Aznar y Ana Botella, Alonso, que se mudó con sus padres y hermanos a la residencia oficial, en junio de 1996, tras unos meses en los que el recién nombrado presidente del Gobierno se resistió al traslado desde su vivienda en Majadahonda, a las afueras de la capital. Salvo Juan Rajoy, hoy día ninguno de estos antiguos inquilinos son ya niños.

“Es una máquina de trabajar”. Así la definen fuentes de su entorno. Una mujer que lleva años poniendo los cimientos para alcanzar el puesto que ocupa, gracias a una capacidad de trabajo brutal. Se ha convertido en mucho más que la mano derecha del presidente Mariano Rajoy. Es su pilar: la persona a quien consulta todo, pero también la que le resuelve los asuntos legales, la que se ha puesto al frente del Gobierno y ordena el tráfico de la gestión del día a día. Siempre ha estado para él. En permanente contacto, aunque las llamadas fueran de madrugada. Y lleva el día a día con mano firme, con orden y estudiándose hasta dominar los asuntos en profundidad.

Por ese motivo, la jornada laboral de Sáenz de Santamaría comienza bien temprano. Colaboradores de la vicepresidenta han confirmado que ella se ha impuesto como norma acudir todos los días al baño de su hijo. Aunque los actos y las recepciones oficiales o las reuniones de trabajo a los que debe asistir por razón de su cargo hagan imposible cumplir este propósito la mayor parte de los días. Y aunque se lleve el trabajo a casa y permanezca siempre localizada a través del móvil o el portátil.

En eso la vida de Santamaría apenas ha cambiado. Era así mientras fue la portavoz del grupo parlamentario del PP en la oposición y sigue siendo igual. Aunque la gran diferencia es que, ahora, en las puertas de su casa, en el mismo barrio de Madrid donde ha vivido en los últimos años, haya cuatro escoltas apostados desde primera hora de la mañana.

Y que ya no pueda hacer tranquilamente la compra, como hacía hasta las elecciones del pasado 20 de noviembre, en el mismo supermercado del barrio al que ha acudido siempre, saludando con amabilidad a los vecinos que se le acercaban. Pero sí es posible verla ahora, como atestigua la imagen que encabeza este reportaje, por las calles de su barrio o en el cercano parque, junto a su marido, en un tranquilo paseo de fin de semana empujando el carrito de su bebé. Como hacen miles de familias en todo el país.

Quienes conocen a la vicepresidenta la definen como una mujer sencilla. Y precisamente por esa austeridad que le caracteriza, en los primeros meses ha rehusado tener personal de servicio para el cuidado directo del bebé. No contrató una salus como se llegó a publicar en los primeros días de vida de su crío, pero sí recurrió entonces a su madre, a la que se trajo de Valladolid para ocuparse del pequeño. Como la mayoría de las españolas, confió en la abuela como la mejor opción para cuidar de su hijo, mientras ella dirigía el traspaso de poderes y, luego, encabezaba la organización de los primeros días de Gobierno, en diciembre y a principios de enero.

Pero, según explican fuentes del entorno de Santamaría, esta ayuda se vio truncada porque la madre de la vicepresidenta sufrió una dolencia que le dificultaba subir escaleras. Y el piso en el que vive la vicepresidenta, en Madrid, tiene dos plantas.

Así que ha sido principalmente su esposo quien durante estos meses se ha hecho cargo del niño al volver de su trabajo y mientras ella estaba ausente en largas jornadas en La Moncloa. Es decir, el responsable de llevarlo a las revisiones médicas, a los paseos por el parque para que le diera la luz, de comprar toneladas de pañales y, también, del baño cuando Santamaría no podía acudir. La vicepresidenta ha explicado con anterioridad que su esposo siempre se ha responsabilizado de la intendencia, mientras ella se dedicaba en cuerpo y alma a la política.

Iván Rosa ha trabajado en los últimos ocho años en la Secretaría de Estado de Hacienda, donde había renunciado a hacer carrera, según confirman varias fuentes del partido, lo que le permitía una jornada más flexible. Marginado por su vínculo personal con el PP en la etapa socialista, la llegada de los populares no le reservaba mejor panorama de futuro. Por eso enfocó su crecimiento profesional hacia la empresa privada.

No solo porque Santamaría es muy escrupulosa con su responsabilidad pública, sino porque cualquier mejora en su puesto de trabajo anterior hubiera desatado las críticas incluso dentro del partido. Sobre todo, después de que fueran precisamente presiones de La Moncloa las que truncaron el fichaje de Ignacio López del Hierro, el marido de Dolores de Cospedal, la secretaria general del PP, como consejero de Red Eléctrica Española, empresa controlada mayoritariamente por el Estado a través de la SEPI.

De ahí que Iván Rosa haya preferido abandonar su puesto en la Administración pública por una empresa privada. Para evitar los conflictos de intereses, la vicepresidenta anunció ayer, en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros, que se abstendrá en todas las decisiones que tengan que ver con Telefónica.

En su nueva compañía, Iván Rosa se incorpora a un departamento de reciente creación que asesorará desde el punto de vista jurídico de las iniciativas de Telefónica en el mercado internacional, especialmente en Brasil, según ha explicado la empresa. Es bastante probable que se vea obligado a viajar. Una situación laboral que complicará aún más la familiar, ahora que tienen un bebé que todavía hace tomas nocturnas.

Pero es la vicepresidenta la que se encarga de su cuidado por las noches, según explican fuentes de su entorno. Santamaría ha comentado en varias ocasiones que tiene la suerte de que su hijo Iván es muy bueno. Y que hasta ahora no han surgido las dos principales dificultades que con frecuencia afrontan unos padres primerizos en los primeros meses de vida de un bebé: falta de sueño o problemas de alimentación.

El pequeño come bien, por lo que tiene un buen peso y crece con normalidad, y también duerme bien, explican las mismas fuentes. Hace poco más de un mes, tras el Consejo de Ministros, Sáenz de Santamaría confesó a los periodistas que asistían a la rueda de prensa semanal que si ese día tenía mala cara era porque, por primera vez desde que nació el niño hace cuatro meses, habían pasado una mala noche y había dormido poco. Todo un premio de lotería.

Fuera de esta anécdota, la vicepresidenta no habla de su bebé si no se le pregunta. Pero se comporta como casi todas las madres: lleva sus fotografías en el móvil, sonríe al hablar de él y no es difícil verla enseñando el avance de su pequeño a otros diputados en el Congreso. Porque, pese a todo, es difícil para una madre primeriza aparcar los pañales por los decretos.

LUCÍA FIGAR. Dos consejerías, tres hijas

Lucía Figar, consejera de Educación de Madrid, no conoce cómo es ser madre fuera de la política. Sus tres hijas, de cinco y cuatro años y de dos meses, han nacido mientras ella ha estado al frente de la educación madrileña y, antes, de Inmigración. “Mis bajas de maternidad han durado poco, dos o tres semanas”, explica. “De haber estado en otro trabajo, me hubiera cogido los cuatro meses completos, sin perdonar ni un día; pero cuando tienes responsabilidades de Gobierno, o estás o no estás”. La consejera explica que, para dedicar tiempo a sus hijas, duerme poco y no acude a actos o viajes que le obliguen a estar fuera de casa a última hora de la tarde o en festivos. Aunque, admite, la representación institucional forma parte del trabajo de un político y le resulta complicado, a veces, decir que no. No pierde un día sin desayunar con sus hijas y es ella la que las lleva a la guardería o al colegio. “Trato de pasar por casa a la hora de comer para estar con el bebé”, explica. “Por la tarde, estoy de vuelta justo para contarles un cuento y acostarlas”. Pero, agrega, es rara la noche que duerme del tirón. “Con tres niñas tan pequeñas, siempre pasa algo”.

 

JUAN JOSÉ GÜEMES. Dos permisos de paternidad

Fue un hito cuando, en junio de 2004, el entonces consejero de Empleo y Mujer de Madrid, Juan José Güemes, se tomó dos semanas de permiso de paternidad, el primero de un cargo público, con la llegada de su primogénita, Mariola. Tuvo que compartir los días con su esposa porque aún no existía el permiso específico para los padres. “Tenemos diferente recuerdo”, explica con guasa el exconsejero, que hace un par de años dejó la vida pública por la empresa. “Ella dice que me tomé el permiso a medias y que hacía muy poco, mientras venían todos los días mis directores generales. Pero yo tengo la sensación de que cumplí”. Güemes asegura que por eso al nacer su hija Gabriela, un año después, su esposa le sugirió que se marcharan a casa de sus padres, en Castellón. Entonces también se tomó otras dos semanas compartidas con su mujer. Cuando llegó Alfonso, su tercer hijo, en 2010, Güemes ya estaba al frente de la Consejería de Sanidad. Pero entonces, rememora, ni siquiera contempló la posibilidad de tomarse días. Y eso que ya no tenía que compartirlos. “No puedo decir que haya sido ejemplar [por tomarse las bajas], a mi pesar”.

CARME CHACÓN. Embarazada y al frente de las tropas

La imagen de Carme Chacón de siete meses pasando revista a las tropas españolas es probablemente la fotografía que más se ha difundido en el mundo de una mujer embarazada desde que Demi Moore posó desnuda para la revista ‘Vanity Fair’. La ya exministra de Defensa, que antes tuvo que superar una campaña electoral en plena gestación, aunó ser la primera mujer al frente de los ejércitos con ser la primera ministra embarazada de la historia de España. Pero convertirse en una pionera no le libró de las críticas, que llegaron cuando se incorporó al trabajo cumplidas las seis semanas justas de la cuarentena para explicar su proyecto de gobierno en el Congreso. Su esposo, el exsecretario de Estado de Comunicación Miguel Barroso, se tomó otras dos semanas. Ella, al menos, dispuso de una vivienda en las mismas dependencias del Ministerio, como todos los ministros, por razones de seguridad, lo que le permitió mantener más tiempo la lactancia materna. Este diario pudo fotografiarla entonces paseando con el carro de su pequeño por la azotea del Ministerio.

DOLORES DE COSPEDAL. Con el cuco en el coche oficial

A Dolores de Cospedal, presidenta de Castilla-La Mancha y secretaria general del PP, su hijo Ricardo le llegó hace seis años con una campaña electoral bajo el brazo. La entonces consejera de Transportes de Madrid había decidido, ya cumplidos los 40, convertirse en madre a través de un proceso artificial con un donante. El bebé no había cumplido su primer mes cuando Mariano Rajoy la embarcó en unas elecciones autonómicas como cabeza de lista. Así que Cospedal, que ya tenía previsto tomarse una baja de maternidad más corta de lo normal por su responsabilidad en el Gobierno de Esperanza Aguirre, ni siquiera volvió a la consejería, ni pudo cumplir la cuarentena, para dedicarse a viajar por toda la comunidad y darse a conocer. El principal problema que tuvo que asumir la candidata con un bebé tan pequeño fue que la mayor parte de su actividad política se producía en Toledo, la capital castellano-manchega, mientras que la única ayuda con la que podía contar, sus padres, residen en Albacete, a 240 kilómetros de distancia. Por eso, llegó a viajar muchas veces con el cuco en el coche oficial.

JORDI SEVILLA. El pionero que fue padre antes que político

El exministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla ha sido de los pocos políticos que ha antepuesto siempre su condición de padre, experiencia que le llevó a poner en marcha políticas de conciliación para los funcionarios cuando estuvo en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. “Me siento orgulloso de haber sido pionero en la introducción del permiso de paternidad”, escribió hace tiempo en su blog. En 1995, cuando Sevilla era el jefe de gabinete del entonces ministro de Economía Pedro Solbes, adoptó a su primer hijo y, entonces, renunció al puesto para poder ocuparse del bebé. “Yo era un padre viejo y no estaba dispuesto a perderme el crecimiento de mi hijo”, explicaría después, en una entrevista en este diario. Pero su jefe no aceptó la dimisión, aunque le permitió acortar su jornada para bañar al pequeño. Cinco años más tarde, Sevilla y su pareja adoptaron otros dos niños. En esa ocasión –era diputado en la oposición– se tomó una baja de 10 días, aunque no era lo corriente. Por eso, cuando se convirtió en ministro, extendió el permiso que él había disfrutado a todos los funcionarios.

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