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Crítica:64º Festival de Cannes

'El artista', una obra maestra muda y en blanco y negro

A las diez de la mañana del domingo, hora en la que finalizó la exhibición para los informadores de El artista, lo normal era que percibieras caras ojerosas o resignadas al cotidiano madrugón, pero extrañamente notabas en la mayoría del personal alegría compartida, vitalidad, excitación, comentarios alborozados sobre gags y momentos inolvidables en la película que nos acababan de regalar. También había ocurrido algo tan insólito como que el público se pusiera a aplaudir en medio de la proyección. Ese generalizado entusiasmo lo ha logrado una película muda y en blanco y negro, una osadía gozosa en los tiempos audiovisuales que malvivimos, un reto que precisa tanto talento como imaginación para que salga bien.

El filme de Michel Hazanavicius chorrea pureza, sentimiento y gracia

La película es un subidón en un certamen que estaba resultando mortecino

El creador de esta delicia se llama Michel Hazanavicius, alguien al parecer muy popular en Francia por la serie OSS 117, protagonizada por una especie de James Bond de los años cincuenta. En El artista sitúa su historia en el Hollywood de los años veinte, contando inicialmente el esplendor de un actor del cine mudo al que el público venera, héroe absoluto de las películas de aventuras, alguien con la energía, el ritmo y la gracia que poseía Douglas Fairbanks. Este triunfador también es generoso, le adora la gente que trabaja a sus órdenes y es espontáneo y solidario con los actores que comienzan, incluida una chica tan magnética como legítimamente ambiciosa. Pero los días de vino y rosas del gran seductor están amenazados por un invento prodigioso llamado cine sonoro, en el que no basta con sabe moverse y expresar sensaciones con la cara, sino que exige hablar. Los nuevos tiempos van a arruinar la carrera profesional de la antigua leyenda. También su vida, su orgullo, su fama, su autoestima. Solo le quedará su perro, su vértigo, su alcoholismo, su fracaso. Mientras tanto, aquella actriz a la que ayudó y a la que no ha podido ni querido olvidar se ha convertido en la gran diva del cine sonoro. Todavía pueden ocurrirle muchas cosas al amargado superviviente, no todos ni todas fueron Norma Desmond viviendo el enloquecido y trágico crepúsculo de los dioses.

Hazanavicius retrata este tragicómico universo con credibilidad y encanto. Lo primero era una tarea complicada. Supone renunciar a los guiños cómplices y a la fácil impostura. Necesitas conocer y amar los mecanismos de aquel cine que no precisaba de la palabra para expresar con veracidad esta historia, necesitas recuperar el espíritu y la narrativa de una época que no has vivido.

En El artista todo fluye con naturalidad, chorrea pureza, sentimiento y gracia, está maravillosamente ambientada, describe a través de imágenes poderosas un mundo que se ha ido. Y es fantástico ver actuar no solo a los para mi desconocidos protagonistas Jean Dujardin y Bérénice Bejo, sino igualmente a grandiosos actores secundarios como John Goodman y James Cronwell. Esta original y admirable película te devuelve la alegría por el cine, representa un subidón en un Cannes abarrotado de nombres trascendentes pero que estaba resultando mortecino.

Sin embargo, el cine de los hermanos gemelos y belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne jamás se ha caracterizado por intentar despertar la risa del espectador ni de los personajes que lo habitan. Si hago fatigosa memoria no recuerdo una sola de sus películas en la que sus protagonistas sonrían alguna vez. Todos sufren mogollón, son marginales, se sienten acorralados por la angustia, por sus explotadores o por circunstancias siempre trágicas. Le gamin au vélo, su última obra, perpetúa esa desolada geografía sentimental. En este caso resulta más doloroso porque el protagonista es un niño. Abandonado por su padre en una especie de reformatorio, violento hasta el paroxismo en su hambre de amor y de aceptación, adoptado por una peluquera de paciencia y humanismo infinito, aunque no nos expliquen las razones por las que la sufrida dama ofrece cobijo familiar, afectivo y moral al monstruito espídico. Pero los Dardenne no necesitan dar explicaciones. Todo es porque sí, porque lo ha decidido su sombrío capricho.

Y el estilo de estos directores siempre es reconocible, son machaconamente realistas, saben contar lo que quieren contar. Reconociendo esos méritos, yo asisto a sus dramas como si viera llover, sin lograr implicarme casi nunca en las durísimas vivencias de gente que siempre me parece lejana, perteneciente al lado más feo y desmaquillado de la existencia. Imagino que les caerá algún premio a sus autores. Todos los festivales de cine están enamorados de ellos. Adoran su conciencia crítica, su tono documental, su comprensión de los desfavorecidos, su rigor descriptivo, su profundidad analítica, su artística seriedad. Llego a la conclusión de que soy un frívolo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de mayo de 2011