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Ola de cambio en el mundo árabe | Tensión en el golfo pérsico

La 'real politik' ya no vale

"El orden es el placer de la razón; el desorden, la delicia de la imaginación", decía el poeta Paul Claudel por boca de uno de los personajes de su pieza maestra El zapato de raso. Del mismo modo, hoy podemos decir que, en la escena internacional, el orden es el placer y el fundamento de la real politik, y el desorden, la delicia y la contrapartida de la libertad reconquistada.

Tanto las diplomacias europeas como la norteamericana siempre han privilegiado el orden y preferido el que las dictaduras imponen a los otros pueblos. Así era en la época del imperio soviético, que ya conoció el triunfo de la real politik, encarnada por Henri Kissinger en EE UU y, en Francia, por ejemplo, por Valèry Giscard d'Estaing y, más tarde, por François Mitterrand.

Este es el momento de reorientar el proyecto de Unión para el Mediterráneo

En nuestras campañas electorales nunca falta el debate. La opinión pública reclama menos cinismo, menos realismo, más derechos humanos y más atención a los valores que se supone defendemos. Lo que ocurrió días atrás en Túnez y en Egipto está ocurriendo ahora mismo en Libia y en Yemen y tal vez ocurra mañana en Argelia es la prueba de que nuestros Gobiernos se equivocaron al aferrarse al dogma de la real politik; al mismo tiempo, estos acontecimientos son la ocasión para convencernos de que ya no basta con hablar o "tratar" con los Gobiernos, sino que también hay que hablar con esas sociedades civiles ávidas de libertad.

Porque, ¿qué es lo que ha pasado realmente? Pues que estos sucesos han cogido a contrapié a la mayoría de nuestros Gobiernos. Evidentemente, esto es menos cierto en el caso de los Estados Unidos de Barack Obama. Tomemos el ejemplo de Francia: durante la campaña electoral, el candidato Sarkozy había prometido romper con el exceso de cinismo de su predecesor, que acostumbraba a explicar que la libertad no era un valor cultural en África, por ejemplo, ni tampoco en China o en Rusia. Una vez investido presidente, Nicolas Sarkozy eligió como ministro de Asuntos Exteriores a Bernard Kouchner, encarnación donde las haya de la defensa de los derechos humanos llevada hasta el derecho o el deber de injerencia. ¿Qué vimos entonces? A un Kouchner cada vez más amordazado y desaprovechado, que, progresivamente, se convirtió también en un apóstol de la real politik. Por ejemplo, durante la inenarrable visita del coronel Gadafi a París -hasta tal punto fue ridícula-, para la cual se desplegaron todas las pompas republicanas en honor del amo y señor de Trípoli (seguramente con la esperanza de venderle algunos aviones de combate). La secretaria de Estado a cargo de los derechos humanos, Rama Yade, que protestó, primero fue reprendida por su ministro y, luego, mutada por Nicolas Sarkozy.

Después, llegó el momento de la partida de Bernard Kouchner y de su sustitución por Michèle Alliot-Marie, gaullista pura y dura, además de perfecta encarnación de la real politik. Este abandono oficial de toda ambición en el terreno de los derechos humanos ha colocado a Francia a contracorriente de las revoluciones surgidas en Túnez, luego en Egipto y, mañana, tal vez en otros lugares.

Desde este punto de vista, el hecho de que, por el contrario, Barack Obama haya mantenido un discurso y una acción diplomática más abierta, le ha permitido seguir mejor el movimiento. ¿Cómo no inscribir estos movimientos, precisamente, en una perfecta coherencia con el discurso de El Cairo, durante el cual el presidente norteamericano se dirigió a los mandatarios de los países árabes para recomendarles que abandonasen la coerción y buscasen el consentimiento de su pueblo?

Pero, evidentemente, una vez que los pueblos tienen la palabra, hay que convencerlos, y eso es más difícil que "tratar" con unos dictadores (que, además, tienen intereses económicos en el trato en cuestión). Sería, por tanto, muy sensato reintroducir en nuestras diplomacias un mínimo de coherencia con los valores que defendemos. Este es el momento de hacerlo, por ejemplo reorientando el proyecto de Unión para el Mediterráneo. Esta institución nació de una buena intuición, a saber, que a las dos orillas del Mediterráneo les interesa, si no unir sus destinos, al menos alejar el espectro de una guerra de civilizaciones. Pero la Unión para el Mediterráneo, tal y como fue concebida, se apoyaba en dos pilares: Mubarak y Ben Alí.

Hoy, es Franco Fratini, ministro italiano de Asuntos Exteriores, quien aboga por un plan europeo de estabilidad para el Mediterráneo que, en su opinión, debería ser una prioridad para nosotros si nuestros países quieren reforzar los movimientos democráticos que se están originando. Este es el camino que hay que seguir, aunque adaptándose a lo que ya existe en el marco de la UE: acciones, ayudas y colaboraciones, ajustadas al nivel de libertad existente en cada uno de esos países. Es la mejor forma de reequilibrar una diplomacia, con menos realismo y más idealismo.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de febrero de 2011