Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:vida&artes

La dictadura del tutú

El mundo del ballet recibe críticas por empujar a las bailarinas a la delgadez extrema - El arte no justifica que se aliente la anorexia

Es una eterna pirueta, un mal que no cesa. Después de carreras truncadas, vidas destrozadas y casos extremos de muertes a deshora, el ballet sigue siendo una fuente inacabable de polémica por el tipo de cuerpo femenino que exige sobre el escenario. Pocas veces se han visto bailarinas gruesas. Muchas -demasiadas, tal vez- exhiben una delgadez extrema. Y como ha quedado demostrado recientemente en un sonado incidente que ha afectado al New York City Ballet, cuando una bailarina muestra un cuerpo cercano a lo normal, se arriesga a que la acusen de sobrepeso. Frente a la presión que recibe, por ejemplo, el mundo de la moda, el ballet sigue amparado en que es un arte. La película, además, ha reabierto la polémica: ¿es necesario un cuerpo ligero para bailar o la delgadez en el ballet es una cuestión de gusto estético?

Natalie Portman tuvo que perder 10 kilos para su papel en 'El cisne negro'

Fuera de los escenarios, a Jenifer Ringer se la consideraría esbelta

Un exitoso filme protagonizado por Natalie Portman, Cisne negro, de Darren Aronofsky, reabrió la polémica. La protagonista, esquelética, solo come medio pomelo durante todo el largometraje y se induce el vómito en un baño en dos ocasiones, todo para lucir la extrema delgadez que parece ser requisito en el ballet en el que trabaja y en el que se prepara para interpretar a los dos ánsares, blanco y negro, de El Lago de los cisnes, en la versión coreografiada por George Balanchine. Portman, que tuvo que perder 10 kilos para poder enfundarse en su tutú, ganó el domingo el Globo de Oro a la mejor actriz dramática por ese papel.

El de la bailarina esquelética es un fantasma del pasado que ha regresado a los cines en Navidad. De la mente de muchas profesionales se había borrado ya la triste historia de Heidi Guenther, fallecida en 1997 a los 22 años, en la parte trasera del coche de su madre, de camino a Disneylandia, en presencia de su hermano. Heidi bailaba en el Boston Ballet. Cinco meses antes, la directora artística de la compañía le había recomendado perder 2,5 kilos. Pesaba 52 y pronto se quedó en 47. No fue suficiente. Comenzó un calvario dietético: se saltaba comidas, tomaba laxantes, ayunaba. Al morir, pesaba 42 kilos.

El diario The Boston Globe investigó el asunto y llegó a entrevistar a la directora artística que recomendó a Heidi adelgazar, Anna-Marie Holmes. Esta se defendió, diciendo que el ballet es un arte de delgadez: "Me parecía regordeta, sus pechos, sus caderas, sus muslos... Si ves a una niña en escena, y su trasero va de arriba abajo, no resulta atractivo. Es un arte visual". La autopsia sugirió que la joven sufría un raro trastorno genético que le provocaba arritmias. Su familia asegura, aun hoy, que sus draconianas dietas le robaron las defensas que hubiera necesitado para superar aquella dolencia y que la anorexia nerviosa puede, además, producir ese tipo de irregularidades en el latido del corazón. La investigación forense no aportó resultados reveladores. Todo fueron dudas. La madre de Heidi demandó al ballet de Boston por incitarla a la anorexia. Un juez desestimó la denuncia en 2001.

Una década después, la polémica se mantiene intacta. En esta ocasión, un influyente crítico defiende exactamente el mismo punto de vista de la directora artística del ballet de Boston. Fue una frase suya la que provocó la ira de la opinión pública de EE UU. Alastair Macaulay, crítico de ballet del prestigioso y respetado diario The New York Times dijo, en una crítica a la representación navideña de El Cascanueces por el New York City Ballet: "Aquello no parecía un estreno. Jenifer Ringer, el hada de azúcar, parecía que se hubiera comido demasiados terrones de azúcar, y Jared Angle, como el caballero, parece haber estado probando más de la mitad del reino de los dulces".

El problema es que Ringer, el hada de azúcar, de 37 años, es una mujer con una figura que, a todas luces, fuera de los escenarios, se consideraría perfectamente esbelta. Además, ha admitido, en el pasado, haber sufrido por la presión de estar muy delgada y haber padecido diversos desórdenes alimentarios. Ella solo ha hablado de la polémica en una ocasión, en una entrevista al programa Today de NBC: "Como bailarina, me exhibo para que se me critique. Y mi cuerpo es parte de mi arte". Dijo, tajante, que no sufre sobrepeso alguno, pero admitió: "Mi figura es más curvilínea que la de la típica bailarina".

Los lectores de The New York Times, sin embargo, cargaron contra el crítico, que asegura haber recibido cartas y correos electrónicos "abusivos e insultantes". Ha habido una verdadera campaña ciudadana en su contra, con protestas al diario que le emplea y a través los principales informativos de televisión. Él, en lugar de pedir disculpas, ha contraatacado con un largo ensayo, publicado de nuevo en el Times, en el que defiende que el ballet no es solo un arte donde importe la postura. Afirma que el cuerpo, y sus formas, juegan un papel estéticamente tan importante como la técnica.

"El ballet requiere sacrificio en su búsqueda de los ideales mayoritariamente aceptados de belleza. Para muchos lectores ese sufrimiento es, tristemente pero históricamente demostrable en el caso de muchas mujeres, concomitante con la anorexia", respondió el crítico. "La talla en el ballet no es solo una obsesión moderna. A mediados del siglo XVIII, en la Ópera de París, la bailarina Marie Allard fue despedida por su incapacidad para perder peso (y sus continuos embarazos) mientras su coetánea Marie-Madeleine Guimard recibió el sobrenombre de el esqueleto agraciado".

Anécdotas históricas aparte, la delgadez radical es una epidemia en el ballet. Diversos estudios recientes demuestran que, en la sociedad en general, un 0,28% de las mujeres sufre de anorexia nerviosa. Si se considera la incidencia de esa enfermedad entre las bailarinas, la cifra crece, y se coloca entre un 1,60% y un 7%. Los expertos responsabilizan, en gran parte, a una persona, un maestro de la coreografía: George Balanchine (1904- 1983), nacido en Rusia, afincado en EE UU y fundador del New York City Ballet, donde trabaja la bailarina con la que el The New York Times ha reabierto la polémica.

Balanchine le dijo a la bailarina Gelsey Kirkland, en los sesenta: "Quiero verte los huesos". Es la premisa de lo que se conoce, en círculos especializados, como "el cuerpo Balanchine": ni una sola curva, solo ángulos y líneas rectas, para acometer las posturas más gráciles y dramáticas. Un requerimiento, parece, asumido por sus sucesores e impuesto a cualquier aspirante a bailarina. Lo llevó a la perfección Kirkland, musa de Balanchine, que acabó anoréxica y adicta a la cocaína y las metanfetaminas. Abandonó el ballet en los ochenta y definió su experiencia en el título de su autobiografía: Bailando sobre mi tumba.

Balanchine y sus creaciones pueden haber abierto caminos hacia lo extremo. "Una bailarina no debe ser extremadamente delgada para bailar bien. Se trata no de algo técnico, sino de una preferencia estética impuesta en tiempos relativamente recientes. Cuando el ballet se inventó, hace 200 años, las bailarinas tenían un peso normal. Lo de la delgadez es cosa de los últimos 50 años", explica Jennifer Thomas, instructora de psicología en la escuela médica de la Universidad de Harvard y psicóloga del hospital McLean de Massachusetts. "Fue Balanchine, al fundar el New York City Ballet, quien impuso ese gusto. No era un requerimiento para que las mujeres pudieran bailar. Tras sus coreografías, esta estética comenzó a propagarse por el resto de compañías de danza".

La doctora Thomas ha investigado los hábitos alimentarios en el ballet. En un pormenorizado estudio, acudió a cinco escuelas de danza y analizó las comidas, entre otros parámetros, de 250 bailarinas. "La conclusión principal fue que el mundo del ballet profesional es muy competitivo e impone esa extrema delgadez. Las bailarinas a las que estudiamos que formaban parte de escuelas muy competitivas, tendían a mostrar desórdenes alimenticios. Las de escuelas menos conocidas, o las que lo hacían como una actividad más en su tiempo libre, comían con normalidad", asegura.

Pocas bailarinas profesionales escapan a las imposiciones de Balanchine. "Pero no es que el ballet cause desórdenes alimenticios", asegura Jennifer Fisher, bailarina, veterana crítica en Los Angeles Times y profesora en la Universidad de California. "Someter a las niñas a esa presión pesa sobremanera sobre las jóvenes, que de por sí tienen tendencia a tener problemas con la comida. Es hiriente decir, como crítico, que una bailarina delgada podría estar aun más delgada. Jenifer Ringer ha asumido las críticas y ha pasado página. No tiene otra opción, y por eso la admiro".

"No puedo decir que no sea consciente de que el peso es un problema para las bailarinas cuando les impide bailar", añade la profesora Fisher. "Hay algunos pasos que yo personalmente no puedo hacer, porque tengo una doblez de grasa donde debería poder ejecutar el arabesco. Entiendo que, en un nivel de peso determinado, una bailarina no va a poder moverse igual de bien. Es una realidad: en las mujeres, la exigencia es estar delgada, delgada y más delgada. Hasta el punto de que la apariencia anoréxica es aceptable".

Muchos críticos e historiadores coinciden en que el ballet, en el siglo XIX, era un arte de la técnica y la postura. El enérgico Balanchine lo convirtió en una práctica en constante movimiento, cinética, una forma de expresión artística de tensión y dramatismo. Para que las gráciles bailarinas pudieran moverse al ritmo que él esperaba de ellas, su peso debía ser más ligero que hasta entonces. De ahí la necesidad de la delgadez. Qué precio pagan las bailarinas profesionales por ello, y qué legado cultural y moral ha dejado Balanchine entre sus sucesores es material de un debate que seguramente no acaba con una película o una crítica en The New York Times.

La anorexia

- ¿Qué es? Es un trastorno alimentario que afecta principalmente a adolescentes pero gana terreno entre mujeres adultas.

- ¿A cuántas afecta? En torno un 6% de la población española entre los 12 y los 21 años sufre algún trastorno alimentario, según datos de la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia (Acab). El 90% de los enfermos son mujeres, aunque aumentan los casos de hombres.

- ¿Puede ser mortal? La mortalidad por anorexia oscila entre un 5% y un 10% de los pacientes que la sufren.

- ¿A qué edades mínimas y máximas de suele dar? Se detectan casos en edades tempranas, hasta seis o siete años, pero también entre adultas de 25 a 40 años. Se calcula que una de cada 10 enfermas tiene un familiar que ha sufrido un trastorno alimentario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de enero de 2011

Más información