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miércoles, 28 de julio de 2010
Reportaje:formas de vida

El Fonoll: la vida al desnudo

24 horas en el único poblado naturista de España, donde el Ayuntamiento mantiene un perpetuo conflicto con el controvertido propietario de estas tierras

A Emili Vives le gusta hacer lo que le da la gana. Por eso celebra en cueros esta noche de 22 de julio, día de Santa María Magdalena, la onomástica de su madre. Levanta su copa de cava y propone un brindis. Desnudo. Como la homenajeada le trajo al mundo. Ella tiene 83 años. Al contrario que su hijo, permanece a su lado completamente vestida. Agradece con una sonrisa el gesto de los presentes en un amplio y rústico comedor. Son las diez de la noche. Estamos en El Fonoll.

A sus 58 años, Emili lleva mucho tiempo viviendo así. En porretas. Se declara naturista. Un nudista en armonía con la exuberante naturaleza que le rodea. A tal fin creó su propio hábitat. Su propia aldea, El Fonoll. Más de 150 hectáreas en un valle de la Conca de Barberà (Tarragona) adscritas al municipio de Passanant i Belltall. Enclavadas entre montes de pinos, olmos y fresnos. Hace 15 años compró estas tierras de un coto privado de caza que albergaba un pueblo abandonado, compuesto por una docena de casas y una pequeña iglesia románica que permanece cerrada. El precio fue "un pacto de silencio", según Emili. En octubre de 1998 vino con su familia para quedarse. Quería convertir El Fonoll en el primer poblado naturista de España. Y dotarlo de instalaciones para recibir visitantes.

El propietario ha sido denunciado por ejecutar obras sin licencia

"El invierno es duro aquí. En esa época no vas sin nada de abrigo"

Unas veinte personas trabajan en El Fonoll a cambio de vivienda

"Me gustaría ser autosuficiente y trabajar lo menos posible", dice Marc

"Algunos visitantes, que no son de verdad naturistas, vienen a curiosear"

"El nudismo es lo de menos, lo importante es la libertad que tenemos"

Ha pasado más de una década no exenta de conflictos para Emili. Sus detractores le tildan de iluminado, de ejecutar obras sin licencia. Él se siente perseguido por las autoridades y administraciones públicas. Tiene su propia moneda. Las calles de El Fonoll son suyas. Y en ellas se cumplen las normas que él mismo dicta. La primera de todas: "Si el clima lo permite la convivencia será en desnudo integral". Reparte órdenes a diestro y siniestro a sus colaboradores. Y protesta: "Lo único que he intentado es resucitar un pueblo".

EL PAÍS ha estado 24 horas en este lugar. La mejor manera de pasar inadvertido en El Fonoll es ir desnudo. A las 11.15, Emili recibe a la entrada del poblado. Solo lleva un reloj en la muñeca izquierda y se calza unas sandalias. Grandullón, barrigudo, mirada azul mar y cabello cano peinado hacia atrás, estrecha sus manos grandes y recias. El resto de voluntarios, como Emili llama a la veintena de personas que habitan y trabajan en El Fonoll a cambio de vivienda, luz y agua, van vestidos. Ellos pueden hacerlo solo mientras trajinan. La mayoría no permanecen mucho tiempo aquí. "El trasiego de voluntarios es constante. Mi pacto con ellos es que trabajen dos o tres horas diarias en el mantenimiento de las instalaciones", explica Emili. "Por cada hora extra, les ofrezco un tique con valor de seis euros para comprar víveres en la tienda de este pueblo".

Quien siempre va vestida es Magdalena, su madre. Lleva aquí una semana. "Me parece muy bien todo lo que hace mi hijo", asegura armada con un matamoscas junto a una de las viviendas de piedra rehabilitadas. Las inmediaciones cuentan con salas para la práctica de tantra, yoga, baile o masajes, biblioteca, alberca, huertos, burritos, caballos, zona para barbacoas...

A mediodía, el termómetro ronda los 27º grados. Insectos voladores no identificados atacan por todas partes. Por lo demás, la vida transcurre tranquila en El Fonoll. Apenas hay 10 visitantes alojados este jueves de pleno verano. Subimos a un Mercedes que Emili conduce sin ropa por la finca. Sus cinco hijos también son naturistas y vienen de vez en cuando. "Pero piensan que este es el proyecto de su padre; mi esposa Nuria llega el fin de semana, cuando termina de atender los otros negocios que tenemos en Barcelona".

Divisamos un socavón de dos metros donde un operario introduce en la tierra un anillo de hormigón con ayuda de una grúa. "Este agujerito es un punto de agua, sobre todo a efectos forestales; estamos en una zona con alto riesgo de incendios", explica Emili. "Tengo cuatro pozos, de los que tres son legales. Nos abastecemos de energía con molinos de viento y placas solares".

La captación de aguas forma parte del paquete de conflictos legales que le persiguen. El último episodio data del pasado abril, cuando la Fiscalía de Tarragona presentó una denuncia contra los administradores y apoderados de empresas que, según la Fiscalía, han llevado a cabo en El Fonoll una veintena de edificaciones, una zona de acampada, un restaurante, barbacoas cercanas a zona forestal, una piscina y obra de captación de aguas sin ningún tipo de licencia.

Emili responde lo mismo que respecto a denuncias anteriores: realiza obras sin permisos aquí desde 1999 "por silencio administrativo". "También me condenaron en 2009 a cinco meses de cárcel por desobediencia a la autoridad. Hace 10 años me dijeron que parase las obras de rehabilitación de las casas y contesté que no, que contaba con silencio administrativo favorable. Pero soy difícil de doblar. Además de industrial de la electrónica, he sido perito judicial durante 30 años y nunca he cedido un centímetro para nadie".

Albert Bagué, alcalde de Passanant i Belltall (ERC) a cuyo municipio de alrededor de 170 censados está adscrito El Fonoll, argumenta que este lugar "tiene categoría de suelo rústico no urbanizable". Y añade que Emili "no tiene ni permisos ni licencia para construir; el problema no es que sea un lugar naturista, es que no cumple las normas de edificabilidad. Si falla la base, lo demás es superfluo".

Junto a la zona de barbacoas, Valeria labra con un azadón a la una y media. Solo lleva un pañuelo en la cabeza. Es de Como (Italia). Tiene 27 años. Llegó con Marc, catalán de 26, y las hijas de ambos en febrero, al mes de nacer sus bebés, para ejercer de voluntarios. "Al principio me costó un poco desnudarme aquí", recuerda en perfecto castellano. "Algunos visitantes, que no son de verdad naturistas, vienen a curiosear". Emili reconoce que, aunque son los menos asiduos, ocasionalmente recibe visitas de swingers o aficionados al intercambio de parejas.

Jesús y Marisa también forman parte del equipo de voluntarios y disfrutan de un huerto junto al de Marc, el padre de los bebés de Valeria. Como ocurre en la tierra que riega Marc, se divisa alguna planta de marihuana entre las tomateras y demás verduras y hortalizas. Gaditano, de 48 años, Jesús dice haber sido de todo. Camionero, repartidor, marinero en un mercante... Mantiene un cuerpo en forma con varios tatuajes que luce desnudo al terminar su jornada de voluntariado. En su hombro derecho puede leerse: "Amor de madre". El verano del año pasado se quedó en paro. Y acabó con su pareja en El Fonoll.

"Ojalá hubiera descubierto esto antes, me habría quitado muchos problemas de encima", reconoce Jesús. "No hay nada como pasear en pelotillas por ahí, pero el nudismo es lo de menos. Lo importante es la vida que hemos encontrado. Y la libertad. No tenemos prisa ni por irnos ni por quedarnos".

Son las tres y media. Marc y Valeria invitan a comer. Su hogar está en una caravana cedida por Emili donde viven con sus dos hijas. Son vegetarianos. El menú consta de gazpacho envasado y verduras salteadas con frutos secos. "El invierno es duro aquí. Por supuesto, en esa época no vas sin nada de abrigo. Mi padre nos visita a veces y trae quesos", cuenta Marc mientras sirve té. A su lado, los dos bebés maman al unísono de los pechos de Valeria. Compartimos en cueros plato y conversación sobre huertos, energías y meditaciones. "Me gustaría dedicarme a ser autosuficiente y trabajar lo menos posible", explica Marc.

Pasadas las cinco, Kevin y su esposa disfrutan de un paseo. Él tiene 58 años y es profesor universitario; ella, de 55, ejerce como mánager de una empresa. Llevan aquí tres semanas de vacaciones. Como clientes. Británicos, residentes en Alemania y expertos naturistas desde 1976, aseguran que este lugar "es muy único y refleja muy bien la personalidad de Emili; yo asocio este tipo de vida a unas verdaderas vacaciones".

Los precios por pernoctar en El Fonoll varían según las características del alojamiento. "Es cierto que no hay muchas comodidades, pero pueden venir cuatro personas y arrendar un apartamento por solo 48 euros al día", explica Emili. "También se puede alquilar una casa todo el año por unos 200 euros al mes y el compromiso de aceptar nuestras normas, como la prohibición de fumar salvo en espacios privados, que son básicas para cualquier naturista".

Al presidente de la Federación Española de Naturismo (FEN), Ismael Rodrigo, le parece bien la iniciativa de El Fonoll. "Aunque desde la FEN rechazamos algunas de sus reglas internas porque nos gusta hablar de libertades, no de normas". Más preocupado por defender casos como el que ocurrió en Cádiz el pasado 18 de julio, cuando tres miembros de la asociación naturista gaditana (Anncaje) fueron denunciados por estar desnudos en la playa de la Victoria, Rodrigo añade por teléfono: "El Estado no debe decidir cómo visten o no los ciudadanos".

El sol se despide entre nubarrones. La mayoría de los pocos clientes que hoy dormirán en El Fonoll cenan junto a Emili y su madre. Todos los comensales se encuentran vestidos en el comedor salvo Emili, quien propone un brindis por santa Magdalena a las diez de la noche. Vita, una joven voluntaria de San Petersburgo que durante el día cuida de los caballos, saca una guitarra y canta canciones rusas tristes. Vicente, valenciano de 66 años, y Emi, su pareja, invitan después a cava y vino de la región en su caravana. Emili hace tiempo que duerme.

A la mañana siguiente estará despierto al despuntar el alba. Vestido con bermudas y camiseta, sube a su Mercedes para una incursión en los pueblos vecinos. Ha entregado al visitante un folio como justificante manuscrito de los 30 euros cobrados por pasar la noche en una habitación compartida en un apartamento de El Fonoll. "Desde el punto de vista económico creo que todo esto ha sido un fracaso", dice Emili echando la vista atrás. Pero antes de despedirse, asegura: "Moriré desnudo en El Fonoll".

Emili Vives, propietario de las tierras que albergan el poblado naturista de El Fonoll, recoge unas verduras de su huerto para la cena. / REPORTAJE GRÁFICO DE CRISTÓBAL MANUEL

Sobre estas líneas, escena en la zona de caravanas de El Fonoll. También es posible alojarse en las casas del poblado.

Al atardecer, paseo nudista por los alrededores de El Fonoll.

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