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martes, 1 de junio de 2010
Editorial:

Atropello israelí

El sangriento asalto naval de Gaza exige de Netanyahu una investigación veraz y a fondo

El sangriento asalto israelí a la flotilla de activistas propalestinos que pretendía romper el bloqueo de Gaza ha provocado un terremoto diplomático, Consejo de Seguridad incluido, que amenaza con poner contra las cuerdas al Gobierno de Benjamín Netanyahu. La magnitud de la reacción internacional ha forzado al primer ministro a suspender su encuentro con Barack Obama previsto hoy en Washington, en el que estaba previsto el anuncio de negociaciones directas de paz entre israelíes y palestinos, después del esfuerzo desplegado por el enviado especial norteamericano, George Mitchell, en unas conversaciones indirectas con ambas partes.

Todo sugiere que el Ejército israelí, a falta de datos fiables sobre lo ocurrido, ha actuado una vez más con absoluta desproporción. Si los preparativos para interceptar la flotilla parecían más bien los de un Estado asediado por mar, el empleo de comandos de asalto para disuadir a seis barcos, con alrededor de 700 personas y materiales de socorro, es un formidable despropósito, impropio de uno de los mejores y más sofisticados ejércitos del mundo. Lo que debería haberse planteado como mera operación de policía marítima se ha convertido en acción de guerra, que en la versión fragmentaria de las autoridades judías adquiere tintes inverosímiles y desemboca en una matanza de al menos una decena de personas.

La violencia de la actuación israelí está cargada de malos presagios. No solo acentúa el aislamiento de su Gobierno (liquida prácticamente sus vínculos con Turquía, el único aliado regional) y devuelve a la casilla cero las balbucientes conversaciones de paz, reiniciadas con fórceps hace unas semanas. La torpeza criminal de Israel, que ha causado el previsible furor en el mundo árabe, es también un balón de oxígeno para Hamás, la organización radical islamista que controla Gaza; siega un poco más la hierba bajo los pies del moderado presidente palestino Mahmud Abbas; y representa un nuevo desafío para Obama, cuyo torpor en Oriente Próximo le pasa una nueva factura y a quien Netanyahu ya le había lanzado abiertamente el guante a propósito de los incesantes asentamientos judíos en Jerusalén oriental. Esa acción desproporcionada es la provocación que faltaba para que prenda de nuevo la temida Intifada que muchos agoreros vienen anunciando desde hace meses, con la posibilidad de que implique tanto a los árabes de Cisjordania como a los del mismo Israel.

La gravedad de lo ocurrido exige del Gobierno israelí una investigación inmediata y veraz. Israel tiene enormes dificultades para explicar al mundo la necesidad del inhumano -y políticamente infructuoso- bloqueo de millón y medio de palestinos en Gaza desde hace casi cuatro años, criticado incluso por quienes, como la UE, consideran a Hamás un grupo terrorista. El desmesurado y sangriento asalto naval de ayer degrada más su imagen y hace del Estado judío el mayor damnificado de sus propios procedimientos.

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