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domingo, 4 de abril de 2010
Reportaje:100 años de la Gran Vía | Regresa su pintor

Antonio López vuelve a pintar la Gran Vía

El artista emprende un nuevo 'vuelo' artístico sobre la calle de su juventud

Era la luz del amanecer la que inspiraba a Antonio López cuando pintó La Gran Vía durante cinco veranos, a partir de 1975. El suyo fue el retrato de una calle silenciosa y solitaria que, 30 años después, sigue seduciendo al artista, que ha vuelto a convertirlo en el escenario de un gran proyecto: Vuelo sobre Gran Vía. Seis cuadros de la avenida. Seis puntos de vista a diferentes horas del día. "Es un vuelo completo, a unos seis metros de la calle. Empiezo al amanecer desde el edificio de Seguros Zurich y cierro en la plaza de España con la luz del atardecer", describe el pintor.

López regresa con EL PAÍS al lugar donde inmortalizó la calle de sus primeros años en la capital.Entre 1975 y 1980, cada verano, Antonio López (Tomelloso, 1936) se levantaba al amanecer. Cogía el metro en Plaza de Castilla, la estación más próxima a la colonia de casas bajas en la que ya vivía entonces y salía en la estación de Banco de España. Caminando por la acera del Ministerio del Ejército, entraba en la cercana sucursal del Banco de Vizcaya y recogía el caballete y las pinturas que diariamente le guardaban los vigilantes de la entidad. Cargaba los bártulos y se instalaba en la isleta del paso peatonal que aún hoy separa Gran Vía de Alcalá. Durante 30 o 40 minutos se entregaba a la captura de esa primera luz de la mañana.

"Me costaba mucho madrugar. Tenía miedo de llegar y no poder pintar"

"Madrid y Tomelloso, dos misterios que me dan material para tres vidas"

"Decidí pintar la Gran Vía porque siempre me pareció muy surrealista"

"Quise expresar ese aspecto fantasmal que puede tener el mundo"

Han pasado 30 años desde que el artista diera por finalizado Gran Vía, uno de sus cuadros más conocidos y, con el escepticismo y las pocas ganas de hablar de sí mismo que le caracterizan, acepta rememorar aquellos días. Con aire cansado sale de la misma boca del metro de la estación de Banco de España y, sentado en la terraza del Círculo de Bellas Artes, contempla ese tramo de la Gran Vía que le ha dado a conocer en todo el mundo.

Pese al bullicio de la tarde, con una ruidosa manifestación y dos tormentas sucesivas que hacen que el tráfico enloquezca, Antonio López no ve muchos cambios respecto a lo que él pintó. Donde había una joyería, ahora hay una empresa de seguros. Pero, para él, ni los nuevos logotipos ni el follón reinante restan belleza a la Gran Vía. El hechizo permanece intacto. Ha bautizado su proyecto más entusiasta Vuelo sobre la Gran Vía y consiste en retratar la centenaria calle desde seis puntos y a diferentes horas del día.

Pregunta. ¿Por qué se fijó precisamente en esta calle y en este tramo para pintar su cuadro?

Respuesta. La Gran Vía está en la memoria de mis años primeros en Madrid, cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, muy cerca de la Puerta del Sol. Mi vida y la de mis compañeros se movía en esta zona. En Gran Vía tenía la pensión. Era un lugar muy atrayente.

P. Muy cosmopolita para alguien de pueblo...

R. Cuando veo esas fotos de aquella época donde se dice que la Gran Vía era algo tan representativo de aquel Madrid esplendoroso, sería así, pero yo no lo conocí. No tengo nada que ver con eso. Mi cuadro, tampoco. El mundo del lujo, de los cabarés, de los grandes cines me era ajeno. Yo no entraba nunca allí. Ni siquiera me lo planteaba. Ese cuadro y toda mi obra tienen que ver con mi vida personal y mi vida tiene muy poco que ver con lo mundano.

P. ¿No fue aquel su primer cuadro sobre Madrid?

R. No. Había pintado muchos paisajes. Me acuerdo que el primero fue en 1953. Vivía yo entonces en la calle Independencia y mi cuarto tenía un balcón que daba a la plaza de Isabel II y podía ver también la calle del Arenal. Con la primera luz de la mañana los hierros y los mitrales de las verjas adquirían un brillo que me impresionaba mucho... También había pintado la plaza de Atocha y muchos otros sitios.

P. ¿Y qué le llamó la atención de la Gran Vía?

R. Decidí pintar Gran Vía porque siempre me pareció muy surrealista. La idea me surgió durante un amanecer de domingo paseando con Enrique Gran. Para nosotros, que no teníamos un vínculo de cotidianidad con la vida de esta calle, la seducción que ejercía sobre nosotros era insuperable. No hay más que contemplar esas dos aceras, ese muro continuo. Es algo metafísico. Enrique la definió perfectamente: "Es real como una enfermedad". Era justo esa la sensación que me producía. En esa primera hora del día, lo que contemplábamos era una gigantesca grieta. La Gran Vía vacía y sin coches era verdaderamente impresionante, una imagen muy distinta a lo que acostumbrabas a vivir en la ciudad. Quise expresar en la pintura ese aspecto fantasmal que puede tener el mundo en que vivimos. Es algo que sólo se aprecia desde fuera. Tiene un tono onírico muy potente. La sensación fue tan tremenda que, después de tantos años mantengo fresco ese recuerdo.

P. Hay películas -Abre los ojos, de Amenábar o El día de la bestia, de Álex de la Iglesia- en las que la Gran Vía ha sido filmada como escenario de pesadilla.

R. Yo no lo definiría como pesadilla. Es algo irreal, inusual. Es descubrir que las paredes de las ciudades en las que vivimos se han convertido en algo ajeno a nosotros, pero no lo veo como algo macabro o dramático.

P. ¿Le gusta como entramado arquitectónico?

R. Me gusta mucho. Es como una nave única. Madrid no tiene lugares así. Toda la ciudad es un espacio para la supervivencia, y eso me gusta. Pero la Gran Vía se aparta de esa idea. Es un lugar construido para asombrar y ser observado por su hermosura.

P. ¿Cree que aún conserva esa belleza?

R. Sí. Me sigue fascinando. De hecho, tengo empezados seis cuadros sobre la Gran Vía. Es un vuelo completo, a unos seis metros de altura sobre los puntos principales de la calle. El primer cuadro empieza al amanecer, con el primer sol y lo hago desde el edificio de Seguros Zurich que hay junto al Círculo de Bellas Artes.

Cierro en el edificio España de la plaza de España, con la luz del atardecer. En medio está la esquina con la calle Clavel, las vistas desde el edificio de Fnac mirando hacia la plaza de España. Siempre avanzando el día. Otro de los puntos está en el hotel Capitol desde donde puedo retroceder... Los seis están empezados. Dos hace mucho y los otros más recientes. Son sitios muy específicos y he tenido la suerte de conseguir que me dejaran. Si hubiera fallado sólo uno, no habría podido hacer el vuelo.

P. ¿Qué recuerdos tiene de aquellas madrugadas pintando?

R. Que me costaba mucho madrugar y ponerme en marcha. No por pereza sino porque tenía miedo de llegar y de no poder hacerlo. Sabía que, si había suerte, podía pintar poco más de un cuarto de hora. Iba como arrastrándome. Me acuerdo de que en alguna ocasión llegué hasta la puerta del banco y en lugar de entrar, di media vuelta, me compré EL PAÍS y me volví a leerlo tranquilamente a casa.

P. ¿Alguna mala experiencia?

R. No. Estaba tranquilo porque no tenía sensación de peligro. Notaba que a la gente le gustaba verme allí pintando. Alguna vez se acercó alguno en mal plan, pero no lo voy a contar. Otra cosa son los pesados. Hubo un verano en el que justo en el momento en el que yo estaba expectante para pillar el despertar del día, llegaba una pareja que me tenían hablando de tonterías hasta que se hartaban. Eso sí fue una pesadilla. Olía su llegada. En cuanto notaba que me tocaban el hombro, me ponía en lo peor. Supongo que ellos no se daban cuenta, pero a mí me arruinaron aquellos meses.

P. ¿Prefiere trabajar en el estudio o en la calle?

R. Me gusta mucho la calle porque es maravilloso estar con la gente. Sea el sitio que sea: un desmonte o la Gran Vía, me gusta ver gente.

P. Pero luego no incluye a las personas en sus paisajes urbanos.

R. Eso lo dejo para otros. Me han preguntado muchas veces que por qué no incluyo a las personas y a los coches y es porque me da pereza. Necesitan mucha atención. Son muchas las cosas que se mueven: las nubes, los coches, los hombres. No tenía claro cómo resolverlo, decidí dejarlo para el final y el resultado consistió en dejarlos fuera.

P. Y siempre se había creído que era algo premeditado, una metáfora de la soledad...

R. Pues no. Es algo muy natural. Me demoro mucho pintando los adornos de las casas y para reflejar bien el movimiento tendría que hacer una fotografía. Y me niego a eso. Yo no pinto nada a partir de una fotografía. Además, la hora que elegí, el amanecer era así, con la calle casi siempre vacía. No mentí.

P. Durante sus viajes, ¿ha conocido algún paisaje urbano que le hubiera gustado pintar?

R. A mí no me llama la atención lo espectacular. En Nueva York, Roma o Atenas, no se me ha pasado por la cabeza echar de menos el caballete. Pinto ciudades con las que tengo un vínculo. Da igual que sean personas, objetos o paisajes. Y tengo que tener un tiempo para hacerlo. Es un conjunto de necesidades que me obliga a vivir delante de lo que vaya a pintar. No puedo trabajar viajando. Y eso que hay lugares como Berlín, que me impresiona muchísimo. Tanto Madrid como Tomelloso son dos grandes misterios que me dan material para tres vidas. Como mínimo. Son dos lugares a mi medida. Me identifico con lo que me gusta y con lo que no. Son como yo mismo. No puedo elegir las cosas por su belleza, sino por lo que despiertan en mí. A veces he pintado cosas que no tienen una belleza explicable, pero tienen un elemento de verdad que corresponde con mi vida.

P. Madrid y Tomelloso son para usted tan cómodos como el útero materno.

R. Hay que trabajar con lo que se tiene. No puedes ir a buscar los temas fuera de tu entorno. Picasso lo decía y yo estoy de acuerdo: el cine o la literatura se alimentan de asuntos externos. La pintura se alimenta de la propia vida, de lo que te importa. Y no forzosamente te tienen que gustar. Además, no soy muy viajero porque mi generación no es muy viajera. En cambio, ya no mis hijas, sino mis cuatro nietos viajan a la menor ocasión.

P. ¿Tiene muy presentes sus primeros años en Madrid?

R. Llegué con 13 años. Me trajeron mis padres y me dejaron en una pensión solo del todo. Me veo solo y asustado comiéndome unas lentejas y veo también a un grupo de chicos mayores a los que debí de parecer tan penoso que me prohijaron. Me dejaban ir con ellos a todas partes, como si fuera su mascota. La verdad es que he tenido mucha suerte con la gente. También fue durante aquellos primeros años donde hice un círculo de amistades que me han durado toda la vida. Algunos ya se han muerto y los echo mucho de menos. A lo largo de los años, vas incorporando nuevos amigos, pero es importante permanecer junto a los tuyos, ser fiel.

P. En el mundo del arte no se ha sentido tan protegido.

R. A veces he tenido la sensación de que se me consideraba como un intruso, como si estuviera ocupando el lugar que le corresponde a otro. Nadie te dice algo así, pero lo percibes. Seguro que hay otros muy buenos que están desatendidos, pero yo no puedo hacer nada.

P. Ese concepto de fidelidad del que hablaba antes, ¿es el que le hace tener todos sus cuadros en la cabeza y seguir retocándolos de vez en cuando?

R. Me dejo la piel por hacer las cosas bien. Nunca se debe traicionar el espíritu de un cuadro y si tienes la sensación de que le falta algo, hay que perfeccionarlo. A veces hay fallos irrectificables y no hay que insistir, pero si se puede, la obra tiene que quedar perfecta.

P.

Entre el ritmo lento de su forma de trabajar y las rectificaciones, hay pocas obras suyas en el mercado. ¿Qué es lo último que ha vendido?

R. La nevera inacabada que llevé a la exposición de Boston.

P. ¿Sigue yendo al Prado?

R. Menos de lo que iba. A veces me acerco a ver exposiciones y la verdad es que hay muchas cosas interesantes. Me quedé con muchas ganas de ver la exposición del barroco español en la National Gallery de Londres. Lo que más me distrae es leer. Ahora, no sé por qué, no puedo concentrarme para escuchar música.

Antonio López, fotografiado al pintar uno de sus cuadros sobre la Gran Vía. / ALFREDO GARCÍA-FRANCÉS

La Gran Vía, una de sus obras más conocidas, pintada en las madrugadas durante los veranos de 1975 y 1980.

El pintor Antonio López posa en el lugar dónde pintó su cuadro de la Gran Vía. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Antonio López, durante la entrevista. / CLAUDIO ÁLVAREZ

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