Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El prejubilado frente al espejo

Hoy hace dos semanas que Miguel se prejubiló y es el tercer día que no ha tenido contacto con ninguno de sus ex compañeros. Se le han ocurrido un montón de excusas para hacerles una llamada, pero trata de contenerse. Revisa constantemente el correo electrónico y la pantalla del móvil. Nada. Después de tantos años, después de toda una vida, nada. No sabía que un día pudiera ser tan largo.

Leer, viajar, estudiar... Tras décadas de vender su tiempo, miles de personas se asoman al catálogo de actividades para colmar las horas en una edad a la que el mercado laboral califica, ironías del lenguaje, como plenamente activa.

Descanso, liberación, regalo del destino para unos. Desconcierto y tristeza, para otros. La prejubilación patrulla por nuestra sociedad como un bendito enmascarado que se afana en ocultar las fechorías del maldito paro. Cuenta con el entusiasmo de los empresarios, el consentimiento del trabajador y la complicidad de la Administración.

No podemos seguir sosteniendo el culto a la juventud. Hay que valorar la experiencia y el espíritu crítico

Sus ventajas estructurales son evidentes. Pero, entre tantos vítores y aplausos, tal vez nos exponemos a que algo realmente valioso se nos escurra entre los dedos. Corremos el riesgo de que nuestra sociedad actúe como un ebanista insensato que, después de pasar años modelando un mueble, cuando ya sólo faltan los últimos detalles, decida arrojarlo al contenedor de trastos viejos.

Cervantes engendró Don Quijote de la Mancha pasados los 50 años. Picasso pintó el Guernika a los 56. Gaudí inició la construcción de La Pedrera a los 54. Pasteur administró la primera vacuna de la rabia a los 63. Y, cada domingo, admiramos a Vargas Llosa en la Cuarta Página de Opinión de este diario, 74 años.

Tal vez pecamos de soberbios al arrojar a algunas de las personas más capacitadas, formadas y experimentadas a la cuneta profesional cuando están en la plenitud de su carrera. Es posible que les falte el brío y la ilusión de los jóvenes. Pero a cambio pueden aportar la serenidad y la astucia de haberse enfrentado innumerables veces a situaciones difíciles.

Pero en el mundo empresarial, las voces maduras no cotizan al alza. A nadie se le escapa que una persona de 50 años puede ser mucho más incómoda que una de 25. Quizás no acate las órdenes con la misma sumisión. Es posible que se haya convertido en el Pepito Grillo de la organización, en un pesado rumor disonante que, además, cobra muchísimo más que el joven que le sustituirá.

¿Cuántos empresarios creen que sin sus empleados mayores todo sería más fácil? En estos momentos difíciles prefieren rodearse de gente dispuesta a darlo todo sin cuestionar nada. Apremia reducir el peso de las nóminas, aumentar la competitividad. Es el momento de brindar la oportunidad a los jóvenes. ¡Adelante la carne fresca!, gritan con entusiasmo. ¡Adelante la rendición sin condiciones!, susurran algunos para su interior.

Y los jóvenes que necesitan desesperadamente hacerse un hueco en el mercado laboral se agarran a sus nuevos puestos convenientemente devaluados. No importa que no esté marcada la ruta, ni que hayan desaparecido quienes mejor podrían orientar sus pasos, ni siquiera que se haya perdido la brújula. Al menos, por fin tienen la posibilidad de ponerse en marcha.

Mientras, inmóvil frente al espejo, Miguel, que a sus 50 años aún viste, piensa y quiere creer que tiene 30, teme que el reflejo le devuelva un espejismo hecho añicos. Porque en esta sociedad que se ha inyectado botox hasta en la médula, la prejubilación también es la puerta en las narices, el destierro al trastero, el desvanecimiento de un sueño estúpido y colectivo: la eterna juventud.

El baby boom de los años 60 lanzó al mercado un excedente de jóvenes que revolucionó las entrañas filosóficas de nuestra sociedad. La política, la economía, la cultura se volcaron con los nuevos reyes del mercado. Y lo dominante pasó a ser idolatrado. Hicimos de la juventud un dogma a seguir, como si estuviera en nuestras manos el control de las manecillas del reloj. La nueva religión creó sus mandamientos, haciendo del aspecto físico y del juego -también llamado ocio- los preceptos obligados. Nuestra terrible fe ciega nos llevó a erigir la vejez como el compendio de los males, sinónimo de inutilidad y fealdad. A menudo, objeto de burla y, casi siempre, devaluada reliquia desterrada del precioso aparador de diseño.

Pero ahora, aquellos cachorros avanzan sin remisión hacia la frontera del destierro. Los mayores de 40 años ya suman más que los menores y la diferencia no va a hacer más que acentuarse en las próximas décadas en beneficio de la madurez. No deja de ser curioso que en esta sociedad donde impera la inmediatez, donde los cambios de tendencia están a la orden del día y la rapidez de evolución se contempla de un modo tan admirativo, aún no se haya propuesto, ni siquiera planteado, un cambio de paradigma.

¿Es posible establecer un modelo de sociedad que premie el conocimiento, la capacidad y el espíritu crítico más allá del número de arrugas que surcan la piel? ¿Cuándo nos atreveremos a enfrentarnos al espejo y rebelarnos al destierro del espejismo?

Emma Riverola es creativa publicitaria y novelista, autora de Cartas desde la ausencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de enero de 2010