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Entrevista:Günter Grass | EN PORTADA | Entrevista

Hijos, ficción y memoria

Las difíciles relaciones con sus ocho hijos centran la nueva entrega autobiográfica de Günter Grass, titulada La caja de los deseos. El Nobel alemán acaba de publicar un poemario, Payaso de agosto, escrito tras el escándalo de sus confesiones en Pelando la cebolla.

Tiene algo de catarro, se tienta la frente pero no tiene fiebre, y está en su rincón, bajo los grabados de Goya, en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Tiene ya 81 años, para 82, que cumplirá el 16 de octubre, y la edad le pesa. La aligera escribiendo. Y dibujando, y esculpiendo, y caminando por el jardín ahora primaveral de esta casa en la que él y Ute, su mujer, comparten recuerdos, palabras y silencio. Los hijos, de varios matrimonios, están desperdigados por el mundo, los de él (seis, con distintas madres) y los de Ute (dos), pero tienen ahora, para los lectores también, un extraordinario protagonismo, porque son los que hablan en su último libro, La caja de los deseos (Alfaguara), casi tan arriesgado como Pelando la cebolla, aquella primera autobiografía en la que tomó la decisión de contar con todo detalle algo que ya había insinuado otras veces: que estuvo en las SS hitlerianas cuando tenía 17 años. Ahora no se armará la que se armó entonces, porque La caja de los deseos es sólo un escándalo privado, sobre las difíciles relaciones del padre (Günter, papaíto, papi, El Viejo...) con hijos que siempre le vieron buscando algo que contar, en su estudio, ensimismado, silencioso, "un padre incapaz", como él dice ahora y se dice también en la novela. El libro es una mezcla de ficción y realidad y narra distintos encuentros con los ocho hijos que ha tenido o que comparte con sus sucesivas mujeres; son ocho hijos, algunos mayores de cincuenta años, cuya voz interpreta el premio Nobel y premio Príncipe de Asturias de 1999 muchas veces para ejercer una autocrítica feroz y otras veces para expresar ternura, crítica, indiferencia..., todos los sentimientos que se reflejan en la relación de los hijos con el padre. Es un libro de Grass, en el que el autor de El tambor de hojalata parece mantenerse al margen, de modo que es un libro suyo dicho por los hijos. Le encontramos, en esta ocasión, especialmente tierno, como si la edad también estuviera limando sus aristas, y casi no hablamos de política, que es un asunto tan querido por él; algunas cosas dijo del presidente de Estados Unidos Barack Obama, y de la crisis, pero habló sobre todo de literatura, y de los hijos, de la rara relación que el tiempo impulsa en la familia. Luego nos invitó a una cena de callos que preparó Ute, con una receta portuguesa, me parece. Estuvimos acompañados por Grita Loebsack, que nos sirvió de intérprete y que es la cotraductora, colaboradora de su marido, Miguel Sáenz, de los últimos libros de Grass, incluido este. Es un libro difícil de escribir, muchas veces conmovedor, y raro, y por ahí, por esa rareza que contiene (las confesiones de los hijos con el padre presente) comenzamos a hablar en su luminoso estudio de Behlendorf.

"Sigo siendo un revisionista y un reformador. Y estoy hablando de Europa. Las revoluciones en Europa siempre han acabado mal"

PREGUNTA. A veces he pensado si usted no es uno de sus hijos.

RESPUESTA. ¡Ja, ja, ja! Lo que me ha atraído de esta fase autobiográfica en la que estoy, después de haber escrito Pelando la cebolla, sobre los años de mi juventud, hasta El tambor de hojalata, es tratar sobre la situación familiar, que a veces es tan confusa. Hay muchos elementos en juego en esa relación, y yo quise abordarla en forma de diálogo. Y empiezo el libro como si fuera a contar una fábula: "Érase una vez...". Y el libro adquiere un tono como de cuento de hadas, por eso seguramente has tenido la impresión de toparte conmigo como si fuera un niño...

P. Y como un padre, a la vez.

R. Y yo mismo me llamo padre incapaz, deficiente. Es muy lógico que, siendo padre de ocho hijos distintos, de madres diferentes también, a pesar de todo el amor, la simpatía, de las relaciones cariñosas, esta sensación de que soy un padre incapaz o deficiente aparezca una y otra vez... Y aparece también el estado de confusión en el que se encuentran a veces los hijos en determinadas situaciones. Pienso, por ejemplo, cuando se quebró mi primer matrimonio. En el fondo trato de mi propio estado de confusión, porque soy yo quien ha causado esas situaciones.

P. ¿Le dio pudor? ¿Aprendió haciendo esa autocrítica que pone en boca de sus hijos? ¿Qué aprendió de ellos?

R. Mi intención era describir o presentar todo ese ámbito familiar sin culpar a nadie, y creo que lo he conseguido. He descrito sin decir "éste es culpable" o "yo soy el culpable". Aparte de que creo que la posición del padre es siempre un poco dudosa... Cuando terminé la primera versión del libro envié el manuscrito a todos los hijos, y luego tuvimos una discusión muy larga y muy intensa con ellos; vinieron casi todos, y les hice caso. Uno no quería que saliese esto, el otro quería que esto se presentara de una forma distinta..., y les hice caso. Y a pesar de haber tomado muy en serio todo lo que dijeron siempre he insistido en que el que escribe soy yo, yo soy el que tiene la sartén por el mango. Todo ese temor, esa aversión a revelar la vida íntima de los hijos a los lectores no es para mí un argumento. Ellos forman parte de mi vida, pero esta es mi vida también. Así que tengo derecho a exponer mi vida, y los hijos forman parte de mi vida.

P. ¿Sobre qué se produjo más discusión con ellos?

R. Me sorprendió que no les interesara en absoluto el carácter literario o artístico del libro, lo pasaron por alto completamente...

P. ...Eso es evidente también en el libro. Pasan completamente...

R. Ellos siempre se han agarrado a detalles: "Esto fue distinto, aquello no ocurrió así...". Una de las cosas que realmente me sorprendió fue que los dos hijos mayores, que entonces, cuando eran chicos, fumaban porros, no querían que se mencionara esa circunstancia entonces completamente normal en Berlín. Ahora son hombres de cincuenta años, y no quieren que se les recuerde fumando porros. Es que todavía lo consideran algo que no quiere que se traspase al público. Les importa, les sigue importando; en el fondo son sus historias de niños, y ellos siguen siendo sensibles a ellas. Que son ellos los que las deben guardar. Les importan, les siguen importando.

P. ¿Y cuando se encontró con los chicos se dijo, "¡Dios mío, en qué lío me he metido!"? ¿Se divirtió?

R. Realmente puedo decir que he escrito el libro con placer, con alegría. O sea que sí, me divertí. Además, sentí como un desafío hacer un libro dialogado. Había ocho voces diferentes, y todos los hijos reaccionaron con sensibilidad, algunos con rechazo, otros me dijeron que podía escribir lo que quisiera sobre ellos. Hubo, en definitiva, además de esa alegría de escribir, una cierta melancolía por el efecto de las discusiones que hemos tenido y que se reflejan en el libro. Creo que ese tono melancólico no le hace nada mal al libro, todo lo contrario. He intentado sacar lo mejor, aprovechar las discusiones de los hijos, he seguido trabajando después de esas discusiones, pero no les he dado la última versión.

P. ¿Y qué han dicho una vez publicado?

R. ¡Viven con ello!

P. ¿Hubo un momento en que usted dijo: "Tengo que hacer este libro"?

R. Necesitaba escribirlo para seguir escribiendo autobiográficamente. Había escrito Pelando la cebolla, que termina con la aparición de El tambor de hojalata. Hasta ese momento yo era un autor completamente desconocido. Y después fui escribiendo un libro tras otro (y fue habiendo hijos). Yo quería saber cómo me habían visto mis hijos a lo largo del tiempo; habían vivido con un padre que desaparecía en su estudio para escribir y escribir. ¿Cómo me habían percibido? En gran parte era un padre ausente. Ellos sabían que escribía sobre un perro, sobre un pez, pero nunca trascendió de ellos interés alguno por lo que hacía. Estaba allí recluido, escribiendo... Y quise contar esa relación a través de los ojos de María [María Rama, fotógrafa, que siempre acompañó a Grass, y a quien está dedicado el libro], a través de esas fotos que ella obtenía con una extraña caja fotográfica antigua...

P. La caja de los deseos...

R. Es una caja de sorpresas, una caja mágica que sabe mirar hacia el futuro y hacia el pasado y que podía ser de interés para los niños. Yo sé que sin esta idea de la caja fotográfica no habría podido escribir este libro. Lo que pasa es que para mí se trata, en el fondo, de historias de la cámara oscura.

P. No está Grass, por así decirlo, está lo que usted supone que es el lenguaje de los hijos. ¿Lo escuchó? ¿Lo inventó?

R. Es una mezcla de todo. Por un lado existen las experiencias con los niños, y por otro está el lenguaje de los hijos cuando eran niños. Pero cuando están sentados alrededor de la mesa son personas mayores que una y otra vez recaen en el lenguaje infantil o juvenil. Todo esto había que mezclarlo, coordinarlo y pasarlo por la mano de un autor, por la fuerza creativa de un autor. No es un reflejo fiel de un modo de hablar, no, son muchas cosas a la vez.

P. Aparece un micrófono que graba...

R.Sí, lo digo en el primer capítulo; uno de los chicos es ingeniero de sonido, pone dos micrófonos en la mesa. Y al final se quitan los micrófonos. Pero nunca hubo estas conversaciones, todo es pura ficción, y los micrófonos también son una ficción. Pero en esos comentarios del padre se nota el deseo y la voluntad de que esto se registre con micrófonos. Y todo está en la mano cuidadosamente organizadora del padre. Lo importante era presentar las cosas que para mí eran importantes vistas a través de los hijos.

P. Un desafío interesante era comprobar cómo los hijos habían asistido a su proceso literario.

R. Ellos no valoran la obra, no la ven, no la interpretan; en el fondo la perciben como historietas... Los hijos son más bien indiferentes con respecto a la obra. Tienen un padre, cuando está presente también está ausente, porque siempre lleva un tictac en la cabeza, está en otra cosa. Cuando les enseñé la primera versión y empezaron a objetar les dije: "Mirad, incluso cuando os escucho y doy una contestación, por dentro tengo siempre otra película que está ahí. Es mi manuscrito, en el que estoy trabajando". Estaban sorprendidos pero tienen que vivir con ello: tienen a un autor como padre y a un padre como autor. A mi mujer a veces le pasa lo mismo.

P. En 1996 hizo usted un viaje con tres hijas suyas de madres distintas; fueron a Italia, lo cuenta en Mi siglo. Puede ser el punto de partida de este nuevo encuentro...

R. El viaje con las tres hijas fue una tentativa feliz; se conocían poco, quería que se conocieran más. Es un acto de padre, y fue posible, fue deseable, y fue fructífero: reunir a los hijos de madres distintas... Y luego vino este encuentro: todos crecieron en ambientes muy distintos, en familias muy distintas. Fue importante juntarlos.

P. ¿Cómo se siente como padre de tanta familia? ¿Este libro le ha servido de catarsis?

R. Vivimos en un mundo en que a izquierdas y derechas se destrozan, se rompen los matrimonios, y por regla general las separaciones se hacen a costa de los hijos, porque hay muchas disputas, muchos problemas, y ellos están ahí, sufriéndolo... Esto es lo que queríamos evitar precisamente Ute y yo, los dos. Por esta razón hemos intentado reunir a estos ocho hijos de distintas mujeres en una gran familia. Y creo que lo hemos conseguido. Los hijos han respondido, les gusta formar parte de este grupo. Como te he dicho antes, en el libro no se distribuyen culpas..., el problema de la culpa se trata al margen, en un capítulo que no sé cómo lo ha traducido Miguel Sáenz...

P. Desbarajuste...

R. Desbarajuste. Si estoy orgulloso de algo, aparte de haber escrito algún libro o de haber hecho algún dibujo o alguna escultura, es de tener ocho hijos y ya diecisiete nietos, que están reunidos en un gran conjunto que es la familia...

P. ¿Y cómo se ve a sí mismo como hijo ahora?

R. Las relaciones con mi padre, que describo en Pelando la cebolla, fueron más bien conflictivas, difíciles. Cuando yo era joven me consideraba, y tenía toda la razón del mundo, como un personaje absolutamente loco por escoger la profesión de artista en tiempos tan complicados, tan revueltos, como aquéllos. Pero luego, cuando me hice un personaje público y adquirí cierta reputación ya no nos peleamos en absoluto... Ahora me resulta más fácil mirarlo con ojos más comprensivos; él era consciente de que era realmente muy difícil en aquellos tiempos hacerse artista, y además era muy posible el fracaso. Quizá no me entendía muy bien, pero representaba una actitud de cariño hacia mí. Por eso ahora lo puedo enjuiciar con más tolerancia y más comprensión.

P. En este libro hay una invocación: "No juzguéis a vuestro padre. Podéis estar contentos de que exista aún...".

R. Lo dice la nuera mexicana... Las nueras son mucho más objetivas en los conflictos que los propios hijos...

P. Se apiadan más.

R. Claro, además ella tiene el temperamento mexicano. No es seguro que eso haya ocurrido así, pero es cierto que alguna vez me ha contado Ute que ella se lo ha dicho a sus cuñados y a su marido. "Podéis estar contentos de que todavía viva".

P. Y usted se siente reconfortado con esa reflexión.

R. Naturalmente.

P. En el libro uno de sus hijos dice de usted: "Nunca ha querido saber nada de las revoluciones, siempre ha sido sólo un reformador". ¡Un conservador Günter Grass, después de tanto tiempo!

R. Alguien que reforma no es conservador... Reformista era una palabra que odiaban los comunistas, era para ellos una mala palabra fea.

P. Ha vivido un siglo de muchas revoluciones, algunas funcionaron y otras no. ¿Sería ahora un reformista o un revolucionario?

R. Cuando publiqué mis primeros discursos políticos lo hice bajo el título Discursos de un revisionista, porque ésa era otra palabra que no podían soportar los comunistas. Hasta hoy sigo siendo un revisionista y un reformador. Y estoy hablando de Europa. Las revoluciones en Europa siempre han acabado mal, en el sentido de que se han devorado a sus propios hijos, como suele decirse. Han empezado con una tremenda ansia de libertad, y luego... Pensemos en la Revolución Francesa, o en el Octubre de Rusia. Han acabado en sangre y en falta de libertad... De todo esto he sacado mis conclusiones, y pienso que la situación que tenemos aquí, en Europa, tiene que cambiar gracias a reformas radicales, porque no sólo vivimos una crisis financiera o económica sino una crisis del sistema capitalista. Como no hay ninguna alternativa, debe de ser posible hacer proyectos radicales para que este sistema sea más humano, para que se comprometa más socialmente, como sucedió después de la guerra en Alemania o en Escandinavia... Yo creo que vivimos una situación revolucionaria que no sé por donde va a salir, si por la derecha o por la izquierda, y yo personalmente temo que vaya por la derecha.

P. ¿Le ha desatado alguna esperanza el cambio en Estados Unidos?

R. Naturalmente. Cuando se ve una persona como Obama, con su gran carisma, un hombre que parece auténtico y sincero, uno tiene esperanza, esto es completamente lógico y normal... Pero hay que tener en cuenta tanto en América como en Europa la existencia de los lobbies, fuerzas que sin ninguna legitimación democrática quieren intervenir en los Gobiernos. Este poder es tan grande que si no conseguimos romperlo entonces estamos listos.

P. Volvamos al libro. ¿Usted se siente reflejado en lo que escriben sobre usted "los chicos de la prensa", como los llaman los hijos en La caja de los deseos?

R. No quiero hablar sólo sobre lo que me concierne; soy lector de periódicos y veo lo que sucede en la prensa. Y tengo que decir que muchos periodistas escriben por debajo de su nivel. Muchos se adaptan al espíritu del siglo, tienen unos conocimientos absolutamente deficitarios de los libros, hacen todo de una forma muy superficial, les interesa más el color de mi pantalón o cómo éste combina con mis zapatos... Esto por un lado es deprimente y por otro es aburrido y no contribuye gran cosa a esa función mediadora que debería tener el periodista crítico entre el libro y los lectores. En este momento el tiempo que dedico a estas cosas ha bajado muchísimo, porque me concentro ahora en lo que me interesa de verdad, que es el trabajo de escribir. Cuando escribo me siento verdaderamente feliz. He llegado tomando conciencia muy tarde de algo que realmente es muy importante: lo bueno de escribir es escribir.

P. El tambor de hojalata sale otra vez en España, cincuenta años más tarde, en una nueva traducción de Miguel Sáenz, el 7 de octubre de este año. ¿Qué le sigue diciendo Oscar Matzerath? ¿Sigue rompiendo cristales, o rompiendo los tímpanos?

R. Apareció hace medio siglo en Alemania. Hace mucho tiempo que no he leído el libro entero, pero justamente la semana pasada he tenido dos veces ocasión de leer un capítulo, y con gran sorpresa he visto que el texto se ha mantenido muy fresco. Oscar es el reflejo de su tiempo, pero al parecer su presencia supera los límites del tiempo. Eso pasa muchas veces con los protagonistas literarios. He dicho más de una vez que El tambor de hojalata se puede considerar dentro de la tradición de la novela picaresca. Hay todavía cosas en Don Quijote que nos interesan muchísimo a pesar de que en su tiempo fue una parodia de las novelas de caballería. Ahí creó Cervantes algo que trasciende la temporalidad. Y lo mismo se podría decir de Tristram Shandy, de Laurence Sterne y de otros. Me alegraría mucho de que eso se pudiera decir de alguno de los protagonistas de mis libros.

P. E independientemente del libro, ¿cómo ve usted el futuro?

R. Actualmente hablamos únicamente de una cosa: el colapso del capitalismo desde un punto de vista económico y financiero. Pero paralelamente hay procesos igual de desastrosos: el cambio climático, el increíble aumento de la población mundial, la considerable falta de agua y el incremento de hambrientos en el mundo...

Günter Grass. La caja de los deseos. Traducción de Miguel Sáenz. Alfaguara. Madrid, 2009. 256 páginas. 21,50 euros. En catalán: La caixa dels desitjos. Traducción de Pilar Esterlich. Edicions 62. Barcelona, 2009. 208 páginas. 21,50 euros. Poemario: Payaso de agosto. Traducción de Miguel Sáenz. Bartleby. Madrid, 2009. 132 páginas. 14 euros.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de mayo de 2009