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miércoles, 21 de enero de 2009
Crónica:LA CEREMONIA | Cambio en la Casa Blanca

Un juramento sobre la Biblia de Lincoln

El presidente se equivocó al pronunciar el texto de la jura del cargo

Según se convertía en presidente se hacía más humano. Atrás quedaba el discurso perfecto del hombre de los nervios de acero. Nada más comenzar a pronunciar las 35 palabras de que consta el juramento a la presidencia cometió su primer error. El jefe del Tribunal Supremo, John Roberts, iba demasiado deprisa y alteró el orden de las palabras. Todo sucedió muy rápido, se quebró lo que Obama llevaba aprendido y cuando le llegó el momento de repetir la frase de Roberts, se confundió. Se trabó, paró e imploró con la mirada que la frase le fuera repetida. Fue el único momento de duda.

Fue un día cargado de emociones. Atrás quedaban 22 meses de llevar sobre la espalda el peso de la Historia con mayúsculas. Y sin embargo, Barack Husein Obama, nombre entero con el que solemnemente juró ayer sobre la Biblia que en 1861 utilizó Abraham Lincoln para acceder a la presidencia, parecía tener tal control de sí mismo que a veces daba la sensación de que se le olvidaba que debía respirar. Los nervios no le delataron cuando en su discurso se definió como "un hombre a cuyo padre hace 60 años no le hubieran servido la mesa en un restaurante y que ahora está ante vosotros para tomar el juramento más sagrado". Ni cuando aguantó estoico, con el cuello girado, mirando hacia atrás, al cuarteto que interpretó una pieza en su honor. Ni cuando, sin mirar el reloj, sabía que la ceremonia llevaba 15 minutos de retraso sobre el horario previsto.

Obama recordó la discriminación racial y homenajeó a su padre

Observado de cerca, todo lo cerca que permitió el inmenso perímetro de seguridad que estableció en torno a él el servicio secreto, hubo un momento en que Obama pareció relajarse, decirse a sí mismo: "Ya está, ahora ya sólo es un trámite". Barack H. Obama se convertía automáticamente en presidente a las 12 del mediodía de ayer. No hubieran hecho falta ceremonias, ni cuartetos, ni discursos, ni Aretha Franklin cantando sin apenas voz y vestida de Aretha Franklin en día de domingo. La enmienda 20 de la Constitución de EE UU así lo establece. Quizá por eso, cuando pasaban dos minutos del mediodía, la ya primera dama depositaba dulce pero enérgicamente su mano sobre el hombro de su marido. Era la forma de Michelle de decir: ya está, lo has hecho. "Yes, we did", lo hemos hecho, coreaban ayer los miles de seguidores. Vestida en color oro y unos delicados guantes verde oliva, Michelle Obama sonreía a su marido bajo la cúpula de un Capitolio que ayudaron a construir los esclavos negros.

"No es real", decía entre sollozos una mujer negra mientras contemplaba a la primera dama. "No está pasando", decía otra, presa de la emoción. Pero estaba pasando. Estaban escuchando el discurso cargado de significado del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos. Atrás quedaron ocho años de Gobierno de George W. Bush, quien no pudo acceder al Capitolio al lado de su vicepresidente. Dick Cheney vivió toda la ceremonia sentado en una silla de ruedas, a la que se vio confinado tras hacerse daño en la espalda cargando unas cajas de su mudanza. Toda una metáfora del fin de su enorme poder.

El vicepresidente, Joe Biden (derecha), saluda al senador Ted Kennedy durante la ceremonia. / REUTERS

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