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domingo, 4 de enero de 2009
Entrevista:ENTREVISTA | ANA MARÍA MATUTE

"Soy un limonero enamorado de un abeto"

Tiene 83 años y el humor de una niña. Después de ocho años sin publicar, la reconocida novelista vuelve al mundo de la infancia y la imaginación con 'Paraíso inhabitado'.

Ana María Matute ha pasado ocho meses casi ininterrumpidos en el hospital. Tiene los huesos de cristal, como ella misma explica, y ya se está recuperando, aunque son evidentes los estragos de las dolencias que la han mantenido lejos de su casa y de la literatura, si es que esto segundo fuera posible. Se ayuda de una muleta para caminar y es más delgada y menuda de lo que yo imaginaba. Le ha costado estar preparada al mediodía. Asegura que a esas horas todavía está torpe y adormilada porque se queda despierta hasta muy tarde leyendo. "¿Qué otra cosa iba a hacer?", se pregunta en voz alta con una mueca cómica.

Nos recibe en su casa de Barcelona, un sobreático estrecho que comparte con su hijo y su nuera en el que las estancias y los pasillos se reducen aún más por culpa de los libros apilados a veces desordenadamente de su único hijo. Dice que en sus tiempos a las niñas no las educaban; que sólo les enseñaban modales que ella desprecia. Sin embargo, ejerce impecablemente el papel de solícita anfitriona. "¿Que ha venido hoy de Madrid? Entonces podemos comer juntas, no va a estar sola por ahí". Y así hacemos, tras la entrevista comemos juntas en el pequeño restaurante que hay junto a su casa, donde la llaman Ana Mari. Se ha sumado una de sus mejores amigas, una editora mucho más joven que ella que la trata con mimo. Pero para entonces, Ana María Matute, bien despierta, ya ha hecho gala de esa viveza que le desborda y de ese sentido del humor que tanto aprecian los que la quieren y la tratan.

Es conocido que ella siempre ha contado cuentos a su hijo primero, a sus sobrinas después, y también a los niños de Sitges, que corrían a su casa a escuchar su último relato. Sin duda, Ana María Matute se encuentra cómoda en el papel de cuentista. Porque a lo largo de toda la conversación, al igual que dos días más tarde ante un nutrido grupo de periodistas, Ana María Matute bromea, gesticula cómicamente y, sobre todo, incorpora paréntesis que incluyen tonalidades diferentes de voz.

"Uno de los personajes de un cuento infantil que escribí, un cuento muy bonito...". Y de pronto, se para y pone una voz grave, de narrador: "Dijo ella, modesta". Y a los postres, se le escapa una frase hecha, tras la cual se acerca a mi oído de nuevo la voz del narrador: "Dijo ella, original". Y es difícil no reírse. No dejarse llevar por el torrente de esta mujer que ahora parece físicamente tan vulnerable y que se queja de tener un cuerpo que ya no le sigue mientras disfruta de una cabeza que está, asegura, tan mal como cuando tenía 20 años. "Porque yo siempre he estado un poco p'allá. Como todos los escritores". Sólo deja de hacer bromas cuando al final de la entrevista le pido que describa a sus duendes favoritos.

Ana María, ¿cómo son los gnomos? Hay de muchas clases. ¡Huy! Hay muchos tipos de criaturas de la hierba. No son todos iguales. Ni mucho menos. Tienen diferentes nombres. Depende también de las zonas. Los que más conozco son los de bosque. Pero es que hay tantos... Mira, la gente asocia a la palabra hada la capucha, la varita... Ésas no existen. Un hada, para empezar, es de sexo indeterminado. Puede ser una criatura no precisamente guapa. O puede ser bellísima. Y hay de muchas formas y tamaños. Hay personas a las que ves por la calle y te das cuenta. Ésta es un hada. Disimulan, pero tú te das cuenta. Siempre tienen algo...

¿Qué es? Se les nota. No sé...

¿Y cómo son los trasgos? Hay dos vertientes. Hay el trasgo bello, bellísimo, que va por las veletas. Hay otro trasgo malo, feo, que hace barrabasadas. También hay el trasgo subterráneo, el trasgo del sur, el del rey Gudú [su gran novela Olvidado rey Gudú].

En 'Olvidado rey Gudú' los trasgos aparecían y desaparecían por las chimeneas. Siempre me han dado miedo las grandes chimeneas. Todos los niños los ven, lo que pasa es que luego se olvidan. Pero no entiendo por qué te daban miedo las chimeneas.

Me parecía que por ahí podía aparecer cualquier cosa. Y así es. Los trasgos, además, se acuestan tranquilamente en las brasas. Juegan con las ratas. No llegan a ser ni malos ni buenos. Su naturaleza es así. Les gusta mucho gastar bromas, pero gastar bromas pesadas a los humanos. Eso les gusta mucho. Y hay de todas clases. Por ejemplo, cuando un hombre se emborracha puede llegar a ver a un trasgo. Y si él bebe se puede hacer visible a los humanos; demasiado visible a los humanos. Porque es el punto en el que se parecen, cuando están embriagados.

Ana María Matute, como el mundo literario sabe muy bien, no es una autora de cuentos infantiles, aunque ha escrito muchos. Es una novelista con una gran capacidad de fabulación. Una novelista muy galardonada (Premio Nadal, Planeta, Nacional, de la Crítica, Fastenrath y del Café Gijón, entre otros), que en los últimos años la hizo famosa su trilogía medieval: Torre vigía, Olvidado rey Gudú y Aranmanoth. Ahora, después de ocho años sin publicar y de meses de hospital, ha logrado sacar por fin su siguiente novela, Paraíso inhabitado (editorial Destino), el relato en primera persona de los primeros años de vida de una niña que se llama Adriana y que comparte muchas, muchas cosas con la gran Ana María.

Usted da envidia. Es una persona, una escritora, capaz de recrear la infancia una y otra vez, de manera que en realidad ha logrado alargarla enormemente. La ha revivido muchas veces. La mayoría de las personas, por no decir que todo el mundo, están marcadas por la infancia. Por el niño que fueron. Puede que no se den cuenta, puede que no lo aprecien, pero están marcados. Y yo, especialmente. [Se ríe]. El mundo de la infancia me parece importantísimo. Lo que se vivió de niño es algo que no se separa nunca de ti. Influye en tus actitudes. El niño que fuiste está ahí dentro, aunque esté medio asfixiado, pero está ahí dentro. Y sale cuando menos lo pensamos.

Sí, pero usted además ha adornado esa infancia, fabulando sobre ella, redescubriendo el mundo, rescatando recuerdos que otros hemos olvidado. Es la memoria, la memoria literaria, que además se transforma. Porque la memoria es una cosa muy misteriosa. Por ejemplo, tú tienes un recuerdo con un hermano o con un amigo de la infancia. Pues bien, yo lo cuento de una manera, y él, de otra. Eso es muy misterioso.

De alguna manera, usted es una superviviente. No, de alguna manera, no; de muchas. [Se ríe].

Lo digo porque me parece que usted ha sido capaz de superar muchas cosas gracias precisamente a esa capacidad suya de tener su propio mundo. Eso es verdad. Siempre he tenido como la balsa del náufrago. Tengo mi mundo y ése no me lo puede quitar nadie. Eso me ha salvado. Me ha salvado muchas veces.

Durante su infancia, teniendo en cuenta que empezó a escribir a los cinco años, es evidente que la literatura y esa capacidad suya fue lo que la salvó. Sí, sí. Y eso que mi infancia no fue mala, sino incomprendida, que no es lo mismo. Lo que pasa es que mi madre no me entendió nunca de niña. Luego, cuando ya era mayor, entonces sí, fíjate qué cosa. Y entonces ya se murió, cuando podíamos haber sido unas buenas amigas. Mi madre era un ser muy especial. Era muy severa. Así como mi padre era amable, mediterráneo, bon vivant, mi madre, en cambio, era muy castellana. Sin embargo, cuando se dio cuenta de lo que yo hacía me apoyó, aunque no dijera nada, y tuvo un gran respeto por ello. Y eso que en aquella época, que una niña saliera escritora era una cosa... [pone cara de escándalo], vaya, de locos. Casi de prohibirlo. Mi madre no. Al revés. A veces pienso que mi madre hubiera querido ser -fíjate, ¡pobre de mi!- como yo. Ella tuvo una vida más holgada, pero que no le satisfacía.

Primero la favoreció y luego la entendió verdaderamente cuando era mayor. Sí, ella me ayudó muchísimo. Yo entonces escribía a mano y luego pasaba los borradores a máquina. Y, entonces, ella era la que me dictaba. Sólo ella podía hacer esto. Nadie lo hubiera podido hacer. Yo no hubiera podido con nadie más que con ella. Ella me dictaba y yo le hacía así [levanta una mano imperativa], y añadía, quitaba. Y ella seguía haciendo punto. Ja, ja. Me ayudó mucho. Y luego, otra cosa muy importante para mí, y es que -yo nunca pude sospecharlo- [con voz queda] cuando me casé, ¡aquel infausto día en que yo me casé! [con gesto y voz de exagerada desesperación], mi madre me dio una caja de cartón. Me dijo: "Toma, esto es tuyo". "¿Qué es esto?". "Es lo que escribías cuando eras pequeña". "¿Tú lo has guardado, mamá?". "Sí". "¿Y por qué no me lo decías?". Silencio.

Ésos son los cuentos que luego terminaron en la Universidad de Boston. ¿Por qué allí? Porque me los pidieron. Y allí siguen. Ahora, cuando editan un libro con aquellos cuentos, ellos envían las fotocopias; siempre con mi permiso previo. A veces me han preguntado que por qué no los he enviado aquí a una universidad más próxima, de Madrid o Barcelona. [Se ríe]. Porque no me lo han pedido. Los únicos que me lo han pedido son ellos.

¿Por qué ha tardado tanto tiempo en publicar este libro? Ya en 1987 tenía usted este proyecto con el título y todo, 'Paraíso inhabitado'. Es que he estado muy enferma. No podía. Empezaba y me quedaba a medias. En cuanto al título, bueno, es que siempre lo tengo. Yo cuando me pongo a escribir un libro ya sé el título, como sé también, casi, casi la última frase del libro. Lo que me cuesta más es la primera página. Hasta que encuentras el tono. Es como una sinfonía. Y cada libro tiene su tono.

¿Cómo nota que ha encontrado ese tono? Porque me va bien, porque no tengo que llenar la papelera de folios arrugados y estar diciendo qué mal está esto, no sirvo para nada; es una porquería, no me gusta nada. Cuando no pasa eso, ya sé que he encontrado el tono.

¿Cuál es el tono de esta nueva novela? ¿Cómo lo definiría? No lo sé. Es en primera persona, un relato contado por una mujer de 80 años, pero que conserva recuerdos de los primeros años de su vida.

Ahí cuenta usted ese detalle tan mágico del azucarillo dentro del cuarto oscuro, que cuando la castigaban en el cuarto oscuro un día partió un terrón de azúcar y vio un magnífico destello azul. ¿Lo ha leído usted?

Sí. Ah, ¿y le ha gustado?

Sí. ¿Sí?

De verdad. Pero el libro no es autobiográfico, aunque hay muchos detalles, sí, como el del azucarillo. De la casa de Madrid, en la calle de José Abascal.

Este libro parece relatar el final de la infancia, que termina de una manera abrupta. El padre desaparece, muere el amigo, comienza la guerra... El coche se ha roto, el amante de la tía se ha muerto y el unicornio ya no está.

Me parece que así fue el final de su propia infancia, interrumpida también por la Guerra Civil. Sí, fue terrible. La guerra fue terrible. Nos marcó mucho a todos. A los que éramos niños en aquella época. Fíjate en que los escritores de mi generación no se han librado de hablar en algún libro o en muchos de la Guerra Civil. Más bien empezaron hablando de ella. Como yo. Bueno, miento. Yo no empecé con la Guerra Civil porque Pequeño teatro y Los Abel no versan sobre la guerra, aunque ya en Los Abel hay algunas cosas, como el incendio de la iglesia.

Indudablemente es una experiencia muy traumática. Es tremenda. Yo todavía ahora no soporto los fuegos artificiales. Tienen el mismo sonido que las bombas. Los bombardeos aquí en Barcelona fueron terribles. Por mar y por aire. Nosotros vivíamos en la calle de Platón y entonces veía el mar desde mi cuarto y pasaba un miedo espantoso. Te sientes tan impotente... Mi padre decía: cojámonos todos de la mano, contra el muro maestro. Y así nos quedábamos todos... [Se queda quieta, en suspenso, con cara de susto]. También me acuerdo de las colas. Nosotros, que éramos unos niños de clase burguesa, de esos que no salían más que con las tatas [pone cara de horror], teníamos de pronto que ir a hacer colas para conseguir el pan, sin que a nadie le importara. ¡Para nosotros era fenomenal! Porque teníamos libertad de entrar y salir... Parecíamos ratones deseando salir del queso. Mi hermano mayor y yo descubrimos la libertad. La disfrutamos mucho.

He comprobado que mucha gente de su edad rechaza, quizá por miedo, los intentos de recuperar la memoria histórica, de remover esa parte del pasado. Es que de la guerra quizá ya no te queda el miedo, pero sí la tristeza, el desgarro y un despertar de odios. Entiendo que los que no han vivido la guerra tengan un sentimiento distinto, pero a mí me escalofría. Volver a repasar, a recordar. Me acuerdo del intento de golpe de Estado de Tejero [en 1981]. Yo iba con mi hijo en un taxi y oímos los tiros a través de la radio. ¡Mira!, me entró una desesperación... ¡Otra vez no! ¡No, por Dios, otra vez no! Mi hijo me preguntaba: "¿Pero qué te pasa, mamá?". El taxista y él empezaron a hablar de lo que estaba pasando y yo sólo decía: "No, otra vez no. No lo resistiré".

Usted dice que durante la guerra se hizo roja perdida. Sí. Total. Me acuerdo de que mi hermana y yo [se ríe]... Éramos pequeñas. Yo cumplí los 11 años aquel mes de julio de 1936. Mi hermana tenía dos años más. Estábamos las dos en nuestro cuarto. Hacía calor. Y mi hermana de pronto me dice: "Oye, Ana María, si yo fuera pobre yo sería roja". Y yo le dije: "Y yo también". Y nos dimos la mano. [Se ríe otra vez].

Y después escribió usted un libro sobre la guerra, 'Luciérnagas', que tuvo que publicarse censurado. Sí, bueno. Es que yo cambié... Imagínate. Como toda mi generación. La mayoría, vaya. Los padres eran de derechas y los hijos no. Aunque al principio era muy exaltada. Ahora ya no lo soy tanto. Ahora ya me he atemperado... Bastante. [Más risas].

Inmediatamente después de la guerra conoce usted el éxito literario. Por cierto, no entiendo por qué se tardó tanto en publicar su primer libro, teniendo en cuenta que el editor ya se lo había pagado. Bueno, yo no tuve ocasión de llevar mi libro Pequeño teatro hasta mucho tiempo después, hasta que no tuve 19 o 20 años. Lo llevé a la editorial Destino en un cuadernito cuadriculado escrito a mano. Entonces había unos cuadernitos que tenían las tapas de hule negro, y en él, para humillar a los números, que los odiaba, lo llevé. Me costó mucho que me recibieran. El entonces director de Destino era Ignacio Agustí. Cuando por fin me recibió me dijo: "No, mira, esto lo pasas a máquina". Porque yo era una cría. Parecía más niña de lo que era. "Lo pasas a máquina y entonces lo traes y ya te avisaremos". Entonces lo pasé a máquina. Mi madre me ayudó. Y lo mandé. Y al cabo de una semana o diez días yo salía de casa y resulta que me encontré a Ignacio Agustí en la calle porque vivía al lado de casa. Y él me vio y se quitó el sombrero. Hasta entonces me había tratado como a una niña, claro. "¡Señorita Matute!". Y yo toda, ¡ay!, ¡ay! Y me dice: "Hemos leído su libro. Nos ha gustado... ¿Pero usted qué edad tiene?". Y hablamos. "Pues, venga, que lo vamos a publicar, sí. Venga usted, pero con su padre, porque usted es menor de edad". Se lo dije a papá, y él, asombrado, claro. Yo seguí escribiendo, y animada por todo esto envié Los Abel al Premio Nadal y quedó tercera el año en que ganó Delibes. Y en la editorial me dijeron: "Estupendo, pero en lugar de publicar Pequeño teatro vamos a publicar primero Los Abel, que está más madura. "Ah, pues sí, sí, estupendo". Y 11 años más tarde mandé Pequeño teatro al Planeta y gané el premio [en 1954].

Es curioso, sí, cómo ocurrió todo. Sí, aunque en el ínterin yo escribí otras cosas.

Ha escrito muchos cuentos para niños, aunque algunas veces defiende usted la literatura infantil y otras veces ha abominado de ella o más bien ha rechazado que la encasillaran en ese registro. Sí, es que a veces me ha dado mucho coraje que vengan algunas bobas a que les dedique un cuento a sus niños. [Más risas, aspavientos]. "¡Ese cuento no es para niños!". "¿Ah, no? Ah, como lo había visto escrito por usted...". Vamos, es que los menos son los libros escritos para niños. Pero no abomino de la literatura infantil. Al contrario. Me gusta mucho. Y creo que empecé a hacerlo en un momento en el que nadie lo hacía en España. En cualquier país es importante la literatura para niños. Ahora las cosas han cambiado. Pero en aquel tiempo recuerdo que no había aquí más que Elena Fortún y Antonio Robles. Había otros, claro, pero eran muy malos.

Aún hoy me parece que el que en España se dedica a la literatura infantil sigue estando un poco ninguneado. Bueno, el que quiera escribir sólo para niños... Yo lo hice sobre todo por mi hijo. Porque era pequeñito y escribía para él. Dejé de escribir para mí. Ahora le hace gracia.

Usted parece especialmente predispuesta a este tipo de literatura, ya que defiende la escritura llana y sencilla, que no es tan fácil de conseguir; de hecho, usted dice que es muy difícil. Sí. Es que yo quiero que me entienda todo el mundo. Yo no quiero torturar al lector. No. Hay muchos escritores a los que les encanta torturar al lector. ¡A mí no! [Proclama con dureza]. A mí me gusta que me entiendan. Para eso escribo. Además, no soy tan elitista.

Me da la impresión de que es usted poco elitista y también poco vanidosa. Es que encuentro que la vanidad es una cosa tan tonta... El orgullo es otra cosa. La vanidad es el primo pobre del orgullo. A mí me daría tanta vergüenza ser vanidosa...

Usted ha dicho que de pequeña pensaba que escribiría para vengarse de los adultos, de los gigantes. Alguna vez lo he dicho, sí, pero son cosas que se dicen. Son frases que se hacen.

Bueno, pero volviendo al principio, lo cierto es que la literatura le ha rescatado al menos de muchas cosas. Sí, lo que pasa es que quizá la palabra venganza no sea la adecuada, aunque queda muy bien dicho así. Es para hacer ver a las personas mayores los errores que cometen o que cometían antes. Ahora han cambiado las cosas. Ahora quizá se peca de todo lo contrario. Sigue sin haber comprensión. La comprensión no ha prosperado. Lo que ha prosperado es la tendencia, no sé cómo explicarlo, de querer hacer a los niños mayores antes de tiempo. Pero las cosas siguen su orden natural. Un hijo de ahora quizá sabe muchas cosas, pero de oídas, no de vividas, que son las importantes.

De niña siempre dijo usted que tenía más amigos que amigas. Y de adolescente y de joven también. Y luego es que no había escritoras. No había. Sólo estaba Carmen Laforet, a la que sólo traté por teléfono. Ella vivía en Madrid y yo aquí.

Luego sí que ha tenido usted muy buenas amigas y muchas de ellas muy interesantes, como Carmen Balcells, Joana Salabert, Esther Tusquets... Oh, sí. Claro. Muchísimas. Escritoras y no escritoras. Y de todas las clases sociales. Ahora tengo amigas muy buenas e inseparables. Ahora tengo más amigas que amigos. Y suelen ser mucho más jóvenes que yo. Con la gente de mi edad no me acabo de entender. Tienen otra mentalidad. Al cabo de un rato ya no sé de qué hablar. Nuestros mundos a veces no tienen nada que ver.

Es lógico. La formación de las mujeres de su edad es muy distinta a la suya. Les gustaban otras cosas. Algunas leían, pero leían otras cosas. Es otro mundo, sí. Recuerdo que había una que era escultora. No sabes cómo la criticaban. Decían que lo que tenía que hacer era preocuparse de sus hijos y de su marido. Y yo pensaba: pero qué idiotas. Y de mí debían de decir lo mismo, lo que pasa es que no lo decían delante de mí. "¡Esas cosas tan raras que escribe!". "Esas cosas que... ¡oh! Está muy feo que una mujer escriba de esas cosas".

¿De qué cosas? ¿De verdad? Ah, sí, porque lo que yo escribía era malo, literatura perversa. ¿Que por qué? ¡Porque eran tontas! Porque las protagonistas que salían eran rebeldes contra su mundo. Y claro, ellas esto no... Además eran de derechas. Luego ya sí hubo otras escritoras, como Carmen Martín Gaite, porque otras escribían un libro, dos, y luego se diluían.

Esther Tusquets dice que a usted lo único que le interesa es el amor y la literatura. Sí, es verdad. Porque en la literatura cabe todo. Si a mí me apasiona la literatura es porque me apasiona la vida. Porque he vivido mucho. Porque me gusta vivir. Soy muy vital. La literatura no es solamente ponerse a escribir, sino todo lo que hay que hacer para en un momento dado ponerte a escribir. Hay que vivir...

¿Y lo ve usted todo con una mirada literaria? Lo veo todo con mis ojos. A todo el mundo le pasa. Yo cuento un cuento a dos personas y luego cada una cuenta una versión diferente. Cuentan lo mismo, pero de otra manera. O lo cambian. Cuando vivía en Sitges, venía un tropel de niños por las tardes y ahí, al lado del fuego, les contaba cuentos. Las madres me decían: "Ya sabemos cuándo hay cuento en la casa de la Matute, porque los niños dejan la televisión". Luego les preguntaba y a veces me contaban un cuento completamente diferente al que yo les había contado. Sobre la misma base, sí, pero distinto. Porque los niños tienen mucha imaginación. Luego la pierden. La perdemos, vaya. Bueno, yo no, yo no.

Supongo que cuando contaba 'El rey Gudú' [una novela de un millar de páginas] durante tantos años, arrastrándolo con un carrito, usted también contaba cada vez una historia diferente. No, no. Es que primero lo empecé a hacer y luego me dio una depresión muy grande. Lo tenía en un cajón con ruedas. Han exagerado mucho con eso, aunque hay un fondo de verdad. Han llegado a decir que iba con él por los aeropuertos. Una vez nada más lo llevé [se ríe]. Es que no quería separarme de él. Otras veces lo envié facturado. Tengo dos sobrinas a las que cuando eran pequeñas y estaban en la cama les contaba trozos de Olvidado rey Gudú adaptándolo al momento. Les ponía bandas sonoras, que me gustan mucho. Un día fueron al cine con sus padres y oyeron una de esas bandas y dijeron: "¡Le han robado! Le han robado la música al rey Gudú de la tía Ana María". Pero yo a los niños no les contaba el rey Gudú. No habría terminado nunca. Son bobadas que dice la gente.

Dicen de usted que es muy divertida. Yo me he reído mucho con mis amigas. Con Jorge Herralde también. No sé por qué, mira, porque se me ocurren cosas que a ellos les hacen gracia. Y cocinaba mucho, sí. Ahora me da pereza. Cocina mi hijo, que lo hace muy bien. Una vez, en Noruega, había una chica que había hecho una tesis muy bonita sobre mí, y un grupo de hispanistas me invitaron a una cena vikinga en su casa. En lo alto de un fiordo, en un sitio maravilloso. Iba yo entonces con mi marido, con el bueno [nuevas risas; se refiere a su segundo marido]. Lo habían adornado todo con flores del bosque y la cena fue toda vikinga.

Qué bonito. Sí, cogimos unas moñas que no veas. Había reno. Unas piernas de reno... Embutidos y todo hecho con carne de reno. Y cuando nos íbamos yo le decía a mi marido: "¡Ay, Julio, qué bonito todo!". Y él me dice: "Sí, pero estoy de reno hasta los co...". Me entró una risa tremenda, con lo discreto que era él.

En cambio, usted estaría en su salsa, en ese ambiente vikingo, tan relacionado con los normandos, que tanto le gusta. Eso me ha gustado siempre mucho. Desde niña. Mucho. Mucho. Siempre me he sentido muy atraída por todo lo nórdico. Yo soy muy nórdica. Prefiero el invierno al verano. La nieve me encanta. Y sin embargo, tengo un temperamento muy mediterráneo. Son cosas muy raras. Goethe decía que él era un abeto enamorado de un limonero. Porque tenía pasión por los países mediterráneos. Yo soy un limonero enamorado de un abeto.

Siempre le ha gustado mucho viajar. ¿Lo sigue haciendo? Sí, siempre he sido un culo de mal asiento, y sigo viajando, muchas veces sola. Mira, no hay ningún problema porque mi hijo me lleva al aeropuerto. Allí hay una silla de ruedas que me está esperando. Me llevan hasta el avión. Cuando llego hay otra silla de ruedas que me lleva hasta los que me están esperando, que me llevan en un coche. Me vuelven a dejar en el aeropuerto, donde me llevan otra vez en silla de ruedas... Como tú comprenderás, no es ningún mérito.

El mérito está en que no le dé pereza moverse. Sí, me encanta [con un cierto gesto displicente]. Me gusta cambiar de aire, ver gente distinta, oír hablar de otra manera, inventarme historias de gente que pasa. Yo, por ejemplo, estoy en el aeropuerto en la sala VIP, tomo una copa y empiezo a inventarme la vida de la gente que veo. Seguramente no tiene nada que ver con la realidad. Hablan por teléfono y entonces yo mejoro la conversación. Por lo que dicen y cómo hablan ya me los veo [guiña un ojo]. Yo me invento tantas historias...

Ana María Matute. / LEILA MÉNDEZ

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