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miércoles, 14 de mayo de 2008
COLUMNA

La Biblia del ateo

No lo tomen al pie de la letra. La Biblia del ateo es simplemente el título de un libro. Joan Konner, veterana periodista y decana de la Columbia Graduate School of Journalism, ha reunido una ilustre colección de pensamientos irreverentes que acaba de traducir al español Daniel Royo. No se trata, por tanto, de una Biblia, y tampoco de un libro destinado a lectores ateos. No se trata de un libro contra Dios. "Si no existiera Dios", decía Chesterton, "no habría ateos". No se trata de un libro contra nadie. Claro que los dogmáticos y los intolerantes de todas las especies lo pasarán muy mal si entran en estas páginas por error o por curiosidad malsana. El libro es ocurrente, inteligente, profundo, paradójico, brillante, divertido. Tanto como los personajes cuyas opiniones desfilan por sus páginas. Déjenme que les resuma algunas, de Séneca a Woody Allen.

El libro es ocurrente, inteligente, profundo, paradójico, brillante, divertido

La gente, dice Séneca, ve la religión como si fuera algo cierto, los filósofos como si fuera algo falso y los gobernantes como si fuese algo útil. Si un hereje enciende una pira, escribe Shakespeare, no es la víctima la que arde. Mark Twain aseguraba que si Jesucristo estuviera ahora aquí, hay una cosa que no sería: cristiano. Para Jonathan Swift, tenemos la suficiente religión para odiarnos, pero no la bastante para amarnos los unos a los otros. La moralidad, dice Albert Einstein, es un asunto de la máxima importancia, pero para nosotros, no para Dios. También Einstein afirma que el pensamiento religioso es un intento de encontrar una salida allí donde no hay puerta. Para Phillip Adams, Marx estaba equivocado cuando afirmó que la religión era el opio del pueblo. Al contrario: demasiado a menudo la religión ha sido un afrodisíaco para el horror, una benzedrina para la barbarie. En su mejor versión, prosigue Adams, alza y eleva los espíritus. En la peor ha llevado a civilizaciones enteras al cementerio. Un periodista entrevistó al actor Peter O'Toole y le hizo la siguiente pregunta:

- "¿Cómo sabes que eres Dios?"

- "Muy sencillo", contestó O?Toole. "Cuando habló con él, siempre acabo hablando conmigo mismo".

La duda no es una situación placentera, dice Voltaire, pero la certeza es ridícula. Para Shakespeare, una duda moderada es la guía del sabio. Y para Schopenhauer las religiones son como luciérnagas, puesto que necesitan la oscuridad para brillar. ¿Por qué será -se preguntaba Katharine Whitehorn- que cuando conoces a uno de esos que se llaman cristianos renacidos desearías que ni siquiera hubieran nacido la primera vez? Por su parte, Bertrand Russell creía muy improbable que, si hubiera un Dios, tuviera la enojosa vanidad de sentirse ofendido porque haya personas que duden de él. Para George Santayana (y para muchos otros) un miedo primigenio creó los dioses. Sin embargo el bautismo (con jabón) era una buena cosa para Robert G. Ingersoll. Si se acaba descubriendo que hay un Dios, piensa Woody Allen, lo más probable es que no sea un malvado, sino básicamente alguien que no ha rendido al nivel exigido. Como Santo Tomás, Woody Allen necesita pruebas, por ejemplo: "Si Dios me diera una señal evidente... como hacer un gran ingreso a mi nombre en un banco suizo..."

Como ven, no es esta Biblia del ateo un libro precisamente tétrico. Y menos aún dogmático como tantos manuales del perfecto descreído. Creo que no le faltarán lectores en un país como el nuestro, virtuosa y democráticamente gobernado durante 30 años por un partido cuyo lema es "Dios y leyes viejas".

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