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Amberes protege a sus prostitutas de las mafias y los proxenetas

Un grupo especializado de policías garantiza la seguridad en los burdeles

Escote imposible, tanga negro, liguero de encaje y botas de caña alta a juego. Encaramada a un taburete frente al escaparate que alquila por horas, Linda, una prostituta que prefiere utilizar un nombre ficticio, no se cansa de alabar al Ayuntamiento de su ciudad. "Aquí nos sentimos muy seguras". Amberes ha declarado la guerra a las mafias y a los proxenetas y se ha propuesto mejorar las condiciones de trabajo de las prostitutas.

Las mujeres son identificadas por sus huellas al entrar en los locales

Las chicas alquilan el escaparate y gestionan tiempo y dinero a su criterio

La capital de Flandes, donde como en toda Bélgica, la ley tolera, pero no legaliza la prostitución, se ha convertido en un modelo al que ahora miran ciudades de toda Europa. Y el Villa Tinto casa del placer, -el gran burdel de Schipperskwartier, el barrio del puerto, donde cada movimiento de las prostitutas se controla a través de sus huellas dactilares y de un ordenador-, es el emblema de un sistema cuyo objetivo final es mantener alejados a los criminales de las prostitutas.

El gélido mediodía del invierno belga no desanima a los hombres, que recorren arriba y abajo, manos en los bolsillos las calles del barrio del puerto, repletas de escaparates en los que las mujeres muestran sus encantos a través del cristal.

Carmen, Stephanie, Michelle, Andrea... más de un centenar de mujeres medio desnudas, de todas las edades y países saludan y se esfuerzan por seducir con bailes sensuales a los viandantes. Parapetada tras uno de los escaparates del Villa Tinto, Linda sonríe y mira a los transeúntes de reojo. "Antes este trabajo era mucho más peligroso, las habitaciones estaban sucias, con ratas. Ahora tenemos calefacción, servicios en las habitaciones y, sobre todo, mucha más seguridad gracias a la policía. Todo está mucho más controlado".

Como las cerca de 500 prostitutas del barrio, Linda paga el alquiler de su escaparate directamente al propietario y decide la tarifa que aplicará al cliente, sin intermediarios, como establece el reglamento municipal que castiga también a los dueños de las vitrinas que no controlen la documentación de las prostitutas. Linda gestiona su tiempo y su dinero, suficiente para alimentar a su familia. Se lamenta de las condiciones en las que se ven obligadas a trabajar las prostitutas en otras ciudades europeas -en los parques, subiéndose a coches con desconocidos, ¡qué peligro!- y tan sólo se queja de la competencia de "los transexuales y las chicas que vienen del Este", que dice han desplomado los precios.

En la recepción del Villa Tinto, un tablero luminoso da fe del estado de las 51 habitaciones con sus correspondientes escaparates. Cuando la luz está verde, el cuarto está disponible. Cuando está roja, anuncia problemas. Junto a la puerta de cada habitación y en el cabecero de la cama, las chicas disponen de un botón de alarma al que recurren si el cliente da problemas. La alarma se enciende entonces en la recepción del Villa Tinto, desde donde avisan a la policía, que cuenta con un local en el propio edificio y acude en menos de cinco minutos.

Todas las prostitutas están sometidas a un control biométrico. La primera vez que llegan al Villa Tinto tienen que dejar las huellas de dos dedos y a cambio reciben un código. Tienen también que enseñar su carta de residencia belga o pasaporte de la UE y sus datos quedan guardados en un ordenador al que también tiene acceso la policía.

Cuando Linda o cualquier otra prostituta llega al Villa Tinto enseña su huella dactilar a la máquina y marca el código. Sólo así se enciende la luz de su cuarto y funciona el agua corriente. Cada dos horas repetirá la misma operación, con la que los propietarios y las autoridades reaseguran que las chicas no subalquilan los cuartos. El alquiler de uno de los escaparates con el cuarto incluido cuesta 60 euros por doce horas. Por lo demás, la mujer es libre de decidir cuánto le cobra al cliente y las tarifas suelen rondar entre 30 y 50 euros por el servicio completo. Lo explica George, empleado del Villa Tinto que asegura que el sistema funciona como la seda y que las prostitutas están encantadas de trabajar con tanto control y seguridad.

Interrumpe la conversación Michelin, prostituta durante 36 años, y hoy mediadora social del barrio. Ha venido a fumarse un pitillo con George y a ver cómo andan las cosas hoy por el Villa Tinto. Michelin conoce a las cerca de 500 prostitutas del barrio. Está en contacto continuo con ellas y se encarga de derivarlas al centro de salud que han construido en la zona y al que las prostitutas tienen acceso gratuito. "Ahora las prostitutas prefieren trabajar aquí que en las Ramblas o en la Casa de Campo, donde lo tienen que hacer en el coche por 15 euros. Aquí se sienten más seguras". Pero no sólo ellas. Los clientes también agradecen el clima de seguridad que se ha instalado en el barrio. "Esto está muy bien, todo muy limpio", dice un barbudo paquistaní que sale sonriente del Villa Tinto.

"Las mataban y nadie se enteraba"

Fue en 1999 cuando el Ayuntamiento de Amberes decidió poner patas arriba el Schipperskwartier, el barrio de los marineros. A pesar de que la ley belga no legaliza la prostitución, sí permite a los gobiernos locales tomar medidas para controlar el crimen y los disturbios relacionados con el oficio. Las autoridades se agarraron a ese resquicio legal para afrontar una situación que se había vuelto insostenible.La mafia albanesa se ocupaba del negocio de las chicas y la georgiana del mercado de productos falsificados. La caída del telón de acero allanó el camino a los traficantes de mujeres que desembarcaron en masa, obligadas a competir, a veces físicamente por los clientes. Las peleas entre chulos, falsificadores y prostitutas eran tan frecuentes que los vecinos pidieron auxilio. "Decidimos atacar el problema desde un punto de vista práctico. Ésta es una ciudad portuaria en la que siempre ha habido y habrá prostitución. El objetivo es acabar con la criminalidad asociada y mejorar las condiciones de trabajo de las prostitutas", explica Hans Willems, coordinador del programa del Ayuntamiento socialista de Amberes.Como primera medida redujeron las calles con escaparates de 17 a tres y las peatonalizaron para impedir que los chulos metieran a las chicas en los coches. A pie, los proxenetas son ahora más visibles. Aprobaron un reglamento para las vitrinas que regula hasta el último detalle: número mínimo de metros cuadrados, ducha, servicio, agua caliente, calefacción, salidas, alarmas internas, etcétera. Y crearon una unidad de policía de 12 agentes dedicados a controlar y proteger a las prostitutas. Iwan Simons, al frente de la brigada, conoce a casi todas y mantiene un registro con sus fotos y número de móvil. "Antes, si mataban a una prostituta nadie se enteraba, era como si no existieran", asegura.Simons habla mientras camina y saluda a las chicas de los escaparates. Ya es media tarde y los hombres de traje gris acuden a las vitrinas después del trabajo, antes de volver con sus familias.La inspectora Vanden Berg acompaña hoy a Simons. Se ha incorporado hace pocos meses; el tiempo suficiente para cambiar la idea que tenía de las prostitutas. "Antes yo las veía como algo marginal, ahora me doy cuenta de que son mujeres normales, con hijos, muchas extranjeras que echan de menos a sus familias. Son simplemente trabajadoras que se buscan la vida".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de febrero de 2008

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