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domingo, 22 de julio de 2007
Reportaje:Fallece el presidente del Grupo PRISA

El cuaderno de un editor

Jesús de Polanco dedicó sus mejores esfuerzos a la defensa de la independencia de EL PAÍS. El editor ya había escrito en su juventud que quería ser empresario de la comunicación

La muerte del líder de la comunicación. Jesús de Polanco, editor, empresario, presidente de EL PAÍS, murió ayer en Madrid tras una larga enfermedad que se agravó finalmente con una neumonía de la que ya no se repuso. El líder mundial de la comunicación en español estaba hospitalizado y falleció en la clínica rodeado de sus hijos. Sus primeros pasos en el mundo editorial los había dado a los 17 años. La muerte, a los 77 años, del impulsor del mayor grupo de educación, información y entretenimiento en los mercados de habla española y el único totalmente iberoamericano ha originado una avalancha de condolencias y valoraciones procedentes de personalidades de la cultura, la comunicación y la política.

Jesús de Polanco inició su larga y fructífera trayectoria empresarial como fundador de la editorial Santillana en 1960; en 1972 pasó a formar parte del equipo empresarial de EL PAÍS, a cuyo nacimiento contribuyó con su patrimonio para consolidar después el periódico que ayudó a traer la modernización democrática a la España posfranquista.

Como editor, hizo todo lo posible porque su ambición y su vocación iberoamericana se convirtieran en la piedra angular de su trabajo, y consiguió crear un mundo editorial que combinó los textos educativos con la obra de creación.

Hace algunos años, cuando Jesús de Polanco se puso a hacer recuento de su vida, poco después de cumplir los 70 años, empezó a contar a algún amigo capítulos y anécdotas de toda su vida. Para hacerlo, se ayudaba de un cuaderno que siempre le ha acompañado, hasta el final de sus días.

El periódico fue el primero en España que se dotó de un Estatuto de la Redacción

Lo hizo todo. Y lo que más ilusión le hizo fue contribuir a fundar el diario EL PAÍS

Vitalista, hombre con gran energía, le gustaba bailar, cantar, divertirse

Polanco no era hombre de discursos ni de circunloquios ideológicos enrevesados

La mayor lucha que libró en su vida fue para defender su independencia

En los últimos meses de su vida sufrió un ataque en toda regla de los sucesores de Aznar

En ese cuaderno, Jesús de Polanco Gutiérrez, nacido en Madrid de ascendencia cántabra, hijo de un matrimonio de clase media, abogado, escribió cuando estaba a punto de emanciparse que iba a ser empresario, que sus empresas estarían situadas en el mundo de la prensa y la comunicación. Incluso vislumbró que un día tendría que ver con los negocios de la televisión y la hostelería.

Lo hizo todo. Y lo que más ilusión le hizo fue contribuir a fundar, con José Ortega Spottorno, el diario EL PAÍS. A EL PAÍS dedicó gran parte de sus desvelos. Hasta el final, hasta ayer mismo, EL PAÍS fue el norte de su preocupación civil y profesional más importante.

Un símbolo de ello fue que las primeras nóminas del periódico, cuando este diario era tan sólo la pasión civil de un amplio grupo de accionistas, las pagó él de su bolsillo; y otro símbolo, y este infinitamente más importante, fue que él asumió, con su equipo de colaboradores, la misión de impedir que lo que significaba EL PAÍS cayera en manos de grupos ávidos que no querían que el diario fuera el proyecto independiente que tan pronto generó un número récord de apasionados lectores. Él también era un lector apasionado de EL PAÍS, el más leal.

"¿Orgulloso del periódico?", le preguntaron en una ocasión. "Del trabajo colectivo, de lo que hemos ido haciendo juntos", contestó. A estas alturas de la vida, decía, más que orgulloso estaba satisfecho de algunas de las cosas que había ido haciendo, "siempre en compañía de otros". La que más satisfacción le producía era haber contribuido a construir, "en tiempos bien difíciles, pero ilusionantes para el conjunto de nuestra generación y de nuestro país", lo que hoy es el Grupo PRISA, cuyo eslabón primero fue EL PAÍS.

Para él, el Grupo PRISA era el resultado del esfuerzo de un conjunto de personas que en un momento determinado de la vida "creyó necesario un periódico". El resultado empresarial de esa aventura, consolidado recientemente en una sola empresa, con la inclusión del Grupo Santillana, fue para él un eslabón clave de lo que había escrito en aquel cuaderno. El hecho de que ambos grupos, ahora juntos en PRISA, tuvieran una existencia sólida y saludable en América Latina, y también en Portugal y en Brasil, le producían una satisfacción que él siempre compartió con sus colaboradores.

En su última intervención pública, cuando los directivos de PRISA se reunieron el mes pasado en Lisboa para una de sus reuniones anuales, Polanco destacó esas circunstancias, se felicitó porque la empresa que él había contribuido a crear tuviera la solidez administrativa y gerencial que él siempre quiso para sus compañías y expresó su confianza en el futuro, basado en el hecho de que PRISA es una empresa de fuerte implantación familiar. Ahora es su familia, capitaneada por su hijo Ignacio, la que toma la posición que él ha encarnado.

Cuando PRISA y Santillana se fusionaron, en junio de 2000, fue para él como si se hubieran juntado dos de sus ilusiones. Santillana nació en 1960; EL PAÍS, en 1972. La solidez económica que le reportó Santillana, fundada con su socio Pancho Pérez González, le convirtió, en el equipo de EL PAÍS, en una pieza fundamental en el andamiaje ideado por José Ortega Spottorno. Esa solidez le permitió, más tarde, afrontar la guerra frente a algunos accionistas que trataron de cambiar de rumbo profesional y periodístico EL PAÍS.

Él cifraba el éxito de su trabajo en EL PAÍS en el acuerdo al que llegó, en los albores de la historia del periódico, cuando ni siquiera estaba en la calle, con Juan Luis Cebrián, su primer director. En medio de las disputas sobre qué era de la empresa y qué era de la Redacción, Cebrián le propuso a Polanco, en un almuerzo que ambos recordaron muchas veces, el pacto tácito que garantizó para siempre la división de tareas y consolidó la independencia profesional del diario. El periódico fue el primero en España que se dotó de un Estatuto de la Redacción, que garantiza la independencia profesional del diario.

Ortega le propuso a Polanco ser el consejero delegado de EL PAÍS. Aceptó y el empresario se integró así de lleno en las tareas del periódico. En esa tarea disfrutó, así lo decía, "de unos años vitalmente impresionantes, pletóricos de experiencias y de esperanzas".

Cuando Polanco entró en la empresa de EL PAÍS, Santillana ya había cuajado como sociedad editorial, especializada en los libros de texto, tanto en España como en varios países de América, empezando por Chile, cuyo Gobierno impuso a Polanco en mayo pasado el último galardón que el editor recibió en vida. Al compaginar su actividad en Santillana y en EL PAÍS, el empresario veía entonces cumplidas juntas las dos primeras vocaciones que el joven Polanco había dejado escritas años atrás en aquel cuaderno: era editor de libros de mucho éxito y ya estaba al frente de una empresa de comunicación que alcanzaba en el ámbito español una importante resonancia.

Era amigo de una generación de escritores, entre los que estaban Dionisio Ridruejo y José Hierro. Hierro contaba que Polanco era el último en irse de las reuniones y Ridruejo le tenía entre sus fieles correligionarios de la socialdemocracia de la época, pero Polanco, ni entonces ni después, quiso tener que ver con política activa. De hecho, en la transición le ofrecieron participar directamente en alguna tentativa política, pero siempre pensó que debía consolidar su personalidad como profesional independiente, como editor de libros y periódicos.

La obligación de responder ante un periódico y ante un gran número de accionistas era para él un argumento suficiente para desechar las propuestas de entrar en el Parlamento que le vinieron de la primitiva Unión de Centro Democrático (UCD). El proyecto de EL PAÍS, decía, invalidaba cualquier tentación de ingresar en la política. A los redactores y a los directivos de la Redacción se les exigía la neutralidad política. "¿Cómo no íbamos a exigirnos lo mismo los que teníamos altas obligaciones empresariales?", explicaba a quien le preguntara por qué rechazó esas tentaciones.

En esa etapa de iniciación y afianzamiento de su principal vocación, la de editor, viajó por toda América Latina, vendiendo sus propios libros y consolidando relaciones. Dijo muchas veces con orgullo, y mantuvo hasta el final de sus días, que se había convertido en un latinoamericano de alma. Cuando cumplió 50 años estaba en Brasil con varios colaboradores explorando la posibilidad de abrir allí una sucursal de su empresa editorial. Fue su hija Isabel, casi 20 años más tarde, la que consolidó aquella ilusión de tener también a Santillana en ese gran país iberoamericano.

Con el éxito consolidado en Santillana, surgió la idea de Ortega, que a su vez provenía de su experiencia al frente de Alianza Editorial, de proponer a Polanco entrar en EL PAÍS, o más bien en Promotora de Informaciones, Sociedad Anónima, que iba a editar el periódico. Ya estaba rodando la compañía, de modo que Polanco venía de refuerzo. Jesús de Polanco conocía a gran parte del accionariado, representantes de las clases medias, o de las clases medias altas, provenientes en un gran número de casos de la derecha sociológica española, o de lo que ya entonces se podía llamar la derecha liberal.

Muchos procedían del mundo cultural, empresarial, financiero, y entre todos configuraron lo que Polanco vislumbró entonces que iba a ser "un periódico nuevo para una España que iba a ser distinta". Él consideró muy pronto que la independencia profesional de la Redacción era la garantía del porvenir del periódico también como empresa; sólo su independencia económica podía garantizar, por otra parte, su independencia periodística, y a hacerla sólida y autónoma dedicó sus esfuerzos, que entre la salida del diario en 1976 y 1983 tuvieron que confrontarse con esa guerra de accionistas que sólo acabó cuando Polanco se hizo con el paquete mayoritario de acciones de la empresa editora del diario.

Polanco no era hombre de discursos ni de circunloquios ideológicos enrevesados. Los que le conocieron desde la primera hora de EL PAÍS le calibraban como un trabajador infatigable que acudía al periódico por las tardes, se sentaba en su despacho, respondía (como hizo, por otra parte, siempre, hasta el último suspiro) a todas las llamadas o a todas las cartas, se aplicaba con el espíritu de un forzado a las tareas que se imponía, hasta que dejaba otra vez el despacho como le gustaba tenerlo: sin otro papel que el cartapacio sobre el que escribía.

Él contaba, y lo contaba también el poeta, que un día entró en su despacho Mario Benedetti creyendo que allí estaba el redactor jefe de Opinión, y allí estuvieron hablando de América y de literatura hasta que el uruguayo se dio cuenta del equívoco.

Ese despacho en el diario lo mantuvo Polanco durante años. Rara vez se le vio en la Redacción. Un día crucial para España lo fue también para la historia del periódico: el 23 de febrero de 1981 el editor estuvo, con el director y otros directivos del diario, en la toma de decisiones que convirtieron a EL PAÍS en el primer medio en oponerse frontalmente al golpe de Estado que estaba en curso.

Era un hombre extremadamente cuidadoso en las relaciones, extremadamente delicado en el trato. Las falacias que se fabricaron en su contra le hicieron poca mella. Sólo alguna ocasional indignación. Sí se sintió especialmente herido con el llamado caso Sogecable, instado desde el poder, con José María Aznar en La Moncloa, en un descarado intento de descabezar la cúpula del Grupo PRISA. Afrontó esa maldad con la dignidad que fue norma común en toda su trayectoria. Y lo hizo también con ironía: él decía que cuando arremetían contra él, lo hacían en realidad contra un grupo de siglas que él iba deletreando: P de Prensa, O de Ondas, L de Libros, A de América..., y así sucesivamente.

Vitalista, hombre con gran energía, le gustaba bailar, cantar, divertirse. En el terreno profesional, sin embargo, era minucioso, profundo. No se contentaba con las primeras explicaciones, indagaba hasta el fondo en los asuntos, estudiaba de manera exhaustiva los proyectos de sus colaboradores y, cuando ya estaba convencido de la idoneidad de los mismos, se ponía al frente con el entusiasmo que contagió sobre todo en los momentos de mayor incertidumbre o acoso.

Defendió sin fisuras a sus colaboradores y, en el caso de los periodistas de EL PAÍS, fue leal hasta el último instante. Para defender a los informadores del Grupo, incluso a algunos que luego le pagaron con insidias, afrontó todo tipo de presiones empresariales y políticas.

El periódico nació el 4 de mayo de 1976, tras la muerte de Franco. Polanco contó varias veces lo ocurrido en aquella primera noche de lanzamiento del diario. Algunos de los accionistas acudieron a la fiesta inaugural con familiares y el ambiente que se respiraba, en la sala de rotativas y en otras zonas del edificio de la calle de Miguel Yuste, rompían lo que para él debía ser un clima de trabajo; su malestar por esta circunstancia, unido al cansancio de la jornada y a la evidencia de que la rotativa tuvo un comportamiento errático que puso en peligro la salida del diario, colmaron su paciencia.

Al día siguiente fue al periódico sin haber superado el enfado. Sin duda, para él era un choque de culturas, enfrentado ahora a un grupo de periodistas, con sus costumbres y sus idiosincrasias, y a unos empresarios que seguramente no entendían el clima de responsabilidad y sosiego en que debía desarrollarse la edición de un periódico. Alguna vez se refirió a ese choque como un elemento de aprendizaje. "Era necesario, para hacer una buena gestión, comprender lo que había en la cabeza de un periodista". De ese aprendizaje vino la excelente relación que mantuvo entonces y después con Juan Luis Cebrián, a quien en 1988 le ofreció ponerse al frente de las tareas de expansión de Promotora de Informaciones, SA, como consejero delegado.

Ése fue un momento crucial en la vida de Polanco y en la vida de EL PAÍS. Se situaba, como presidente ejecutivo de PRISA, al frente de lo que él y Cebrián vislumbraron como un conglomerado que tenía que especializarse en medios de comunicación. La tarea que Polanco encomendó a Cebrián incluía la preocupación por ampliar el negocio a la radio y a la televisión.

Promotora de Informaciones se aproximó en primer lugar a la Sociedad Española de Radiodifusión, la SER, que terminó mayoritariamente en las manos del Grupo. Después vino la televisión. El cuaderno de Polanco, su hoja de ruta, se iba completando, pero la legislación para la televisión privada del Gobierno socialista de Felipe González no cumplía con las expectativas de una empresa como PRISA y el grupo se quedó fuera del primer reparto de frecuencias privadas.

La historia se ha contado muchas veces de manera torcida, pero lo cierto es que aquella Administración puso todo tipo de trabas a PRISA, hasta que el Grupo optó, en 1990, por poner en marcha la televisión de pago.

Muchos dijeron entonces que ése sería el principio del fin del grupo. Fue lo contrario. Una gestión profesional y sólida dio de sí grandes éxitos a Canal +, que pronto se convirtió en una de las televisiones de pago más importantes de Europa.

Canal + fue el germen de Canal Satélite Digital, cuyo nacimiento, en 1997, fue saludado por el Gobierno del Partido Popular con una cascada de iniciativas que empezaron por la intención, llevada casi al límite, de encarcelar a Polanco y a sus más importantes colaboradores. Fue un caso de flagrante persecución política a un grupo de comunicación, contestado en todo el mundo con un gran movimiento de solidaridad política, empresarial, intelectual y profesional con el equipo de Jesús de Polanco.

Entrenado ya en estas lides de persecución política por las posiciones de EL PAÍS y de sus otras empresas de comunicación, Polanco sufrió en los últimos meses de su vida un ataque en toda regla de los sucesores de Aznar, que reaccionaron con un boicoteo a los medios del Grupo ante unas declaraciones en las que el presidente de PRISA deploró actitudes de la derecha española. En esas declaraciones, hechas a una pregunta del público en una junta de accionistas, Polanco deploró también la falta de cintura para aceptar las críticas que se le hacen al partido del Gobierno. Esa intervención le granjeó otra vez todo tipo de improperios y ese boicoteo que aún persiste contra los medios que él presidía.

Polanco entendió pronto lo que él llamaba el chip del periodista. Llegó a tener carnet de prensa, pero nunca ejerció como tal. Pidió ese carnet "porque quería sentirme uno más del gremio", contaba años después.

Le producía indignación la tergiversación de la información, y la sufrió en sus propias carnes; admiraba a los periodistas que no improvisaban, a los que buscaban informaciones durante semanas para luego escribir "un texto que va a misa".

El cuaderno de Polanco se completó en el tiempo con su familia, con sus hijos Isabel, María Jesús, Ignacio y Manuel, hijos que tuvo con su primera esposa, Isabel Moreno. Las empresas que Polanco creó o impulsó han sido destinos de tres de ellos. Isabel es la consejera delegada del Grupo Santillana; Ignacio es el vicepresidente del Grupo PRISA, designado como su sucesor en la presidencia de la organización, y Manuel dirige los negocios que PRISA tiene en Portugal. Polanco también estuvo casado con Mariluz Barreiros.

La mayor lucha que Polanco libró en su vida fue para defender su independencia. Así lo expresó él mismo: "Desde que tengo uso de razón, una de mis obsesiones ha sido la de mantener la independencia. Siempre fui muy consciente de que, para mí, la independencia era una condición básica para la realización de mis objetivos".Fallece el presidente del Grupo PRISA

Jesús de Polanco.

Jesús de Polanco, Antonio Franco y Juan Luis Cebrián, en la inauguración de la edición catalana del diario.

La plantilla del diario EL PAÍS, en la comida celebrada con ocasión del 25º aniversario del periódico, en mayo de 2001. En el medio, en primera fila, José Ortega Spottorno y Jesús de Polanco.

Juan Luis Cebrián, Manuel Fraga, Jesús de Polanco y José Ortega Spottorno observan la maquinaria de preimpresión de EL PAÍS antes de la salida del periódico.

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