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Reportaje:

Suecia castiga a más de 200 clientes de la prostitución

El país nórdico es el único que persigue a los compradores de sexo. Una ronda con la policía de Estocolmo muestra cómo lo hacen

El inspector Nordlander es un tipo duro. Como los de las películas, pero todavía fuma en un país sin humo. Pistola al cinto, con un dispositivo para escuchar y dar órdenes, este cincuentón enjuto dirige a media docena de agentes. Está al frente de uno de los grupos que combaten el tráfico de personas para su explotación sexual. La tarea figura entre las prioridades de la policía de Suecia, donde desde 1999 es delito comprar sexo, aunque no venderlo.

En el país escandinavo se persigue a los clientes de las prostitutas -algunas aún se apostan en la esquina, aunque la mayoría emplea Internet como acera-, pero el principal enemigo a batir son las redes de tráfico y proxenetismo. Todo, bajo el principio de que la prostitución va en contra de la necesaria igualdad entre mujeres y hombres. Se considera que no es lícito alquilar un cuerpo humano y que, si no hubiera demanda, no habría oferta. Esos planteamientos se incluyen en la política exterior sueca, con un embajador ex profeso.

"Nosotros somos los únicos de la UE que penalizan al cliente", dice Anders Oljelund

La noche ha caído sobre Estocolmo, donde sólo existen un par de clubes que ofrecen sin cortapisas espectáculos de strip-tease. En la esquina de las calles de Malmskillnad y Mäster Samuel, el centro tradicional de la prostitución callejera, dos mujeres bien cubiertas pasean bajo el intenso frío. Un tipo canoso con los cincuenta cumplidos detiene su coche de lujo. En un abrir y cerrar de ojos -y de puerta-, recoge a la más morena. Pone rumbo hacia unos jardines del extrarradio nevado, cerca del hospital Karolinska. Frenazo brusco: el conductor busca un lugar discreto y el coche policial camuflado tiene que esquivarlo.

"Podría detenerle", masculla el inspector Nordlander. El ligue acabaría previsiblemente con una multa, sobre todo si la mujer reconociera que sus caricias eran de pago. Y se engrosarían las estadísticas: en 2006, 162 personas fueron denunciadas por comprar servicios sexuales, y el año anterior fueron condenadas 94 por ello, según los datos de la inspectora Kajsa Wahlberg, encargada de evaluar cada año la lucha contra el tráfico de personas para su explotación sexual. La compra de prostitución callejera, que suele ejercerse de forma individual, raramente llega a los tribunales, que pueden ordenar hasta seis meses de prisión para los clientes. Éstos prefieren pagar la multa (un tercio de los ingresos diarios del comprador durante un periodo de 40 a 80 días) y evitar una citación judicial que les delataría en su casa, detalla Nordlander mientras gira el volante.

El inspector informa a sus compañeros de lo que pasa junto al Karolinska y pone rumbo hacia otro caso más preocupante: una red de prostitución de Europa del Este. La mayoría de las mujeres traficadas llegan a Suecia desde Estonia, Polonia, Rumania y, en menor medida, Rusia, según Wahlberg.

Mientras pisa el acelerador rumbo a un suburbio del sur, Nordlander echa cuentas. "Ahora hay unas 30 o 40 mujeres en las calles de Estocolmo, pero eran 700 antes de la ley que prohíbe comprar sexo". Unas horas atrás, en su despacho, Wahlberg concretaba que cada día ejercen la prostitución callejera en Estocolmo "entre cuatro y siete mujeres", suecas y extranjeras. El Instituto de Estadística estima que 425 personas ejercen la prostitución callejera en todo el país.

El inspector aparca junto a una de las muchas filas de bloques del suburbio de Skarholmem. Apura un pitillo antes de traspasar el portal y dirigirse a un cuarto de servicio, cercano al de las bicicletas. Pone la oreja en la puerta para comprobar que no hay nadie. Una vez dentro, se instala junto a la ventana que deja ver el bloque de enfrente y da detalles a la policía que también le acompaña, Magdalena Partin. "Las luces están encendidas. La chica está en casa. Es el segundo piso. Ahora, a ver si hay suerte y vienen clientes. Tiene dos o tres diarios". Los agentes vigilan el domicilio de esta veinteañera, supuestamente explotada por una red, pero el tiempo pasa sin que se abra el portal. Esta noche no hay suerte, pero trabajos como éste, apoyados con pinchazos telefónicos y grabaciones, permitieron el año pasado detener a seis personas por tráfico (delito castigado con 10 años de cárcel) y a 25 por proxenetismo (ocho años de prisión), según los datos oficiales.

Para llegar a este piso, la policía ha viajado antes por Internet: el barrio rojo es cibernético. En los ordenadores de la comisaría buscan las páginas donde se ofrecen prostitutas en Suecia (en torno a un centenar, según las estimaciones) y un número de teléfono móvil para contactarlas. A partir de ahí, se inicia la investigación, cuyo primer objetivo es descubrir si las mujeres son víctimas de trata (entre 400 y 600 cada año, estima la policía). En ese caso, se disparan las alarmas. Nordlander y sus compañeros -unos 35 policías se dedican a combatir el tráfico de personas en Estocolmo- se enfrentan también estos días a una novedad: "Acabamos de descubrir la primera red de tráfico de hombres para la prostitución homosexual".

Compradores perseguidos, pero también apoyados si quieren cambiar de hábito. "Por supuesto, hay que ocuparse de los vendedores", afirma Agneta Borg. Ésta está al frente del departamento del Ayuntamiento de Estocolmo que se encarga de atender a las personas que ejercen la prostitución y a los clientes que quieren dejar de serlo. El año pasado atendieron a 430 mujeres y 32 hombres (homosexuales, excepto uno) que se prostituían. "La mayoría viene porque quiere dejar de hacerlo, pero la mitad son drogadictas que no pueden desengancharse y se pagan las dosis con esa actividad", explica Borg.

"La ley de 1999 nos ha permitido reducir el tráfico de personas y la prostitución. Sin ella, estaríamos como los países vecinos", asegura Kajsa Wahlberg. Pero Suecia es una isla abolicionista, como bien sabe el embajador Anders Oljelund. Es el coordinador contra el tráfico de seres humanos. "Todos los Estados de la UE persiguen la trata, pero nosotros somos los únicos que criminalizamos al cliente", afirma en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Confía en exportar la idea: "El tráfico y la prostitución van ligados. Si no hubiera demanda, no habría ni uno ni otro". "La prostitución no es una cuestión de moral, sino de igualdad, de derechos humanos", zanja.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de febrero de 2007