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sábado, 2 de julio de 2005
A PIE DE PÁGINA

Libros con ele minúscula

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Los libros son para leerlos, no para adorarlos. Lo importante es lo que cuentan, lo que transmiten, no su forma ni su soporte. Su esencia son sus palabras y el papel es sólo su estado pasajero. Por eso los libros de bolsillo son los que mejor representan ese espíritu del escritor y de lo narrado, reflexionado o investigado. Ésta es una invitación a no desvirtuar la esencia del libro y los de formato pequeño son los más nobles para este objetivo.

Los libros existen para ser leídos, y no para ser adorados. Estamos viendo en estos días cómo las turbas fanatizadas se matan en Afganistán porque ha corrido la noticia de que en las cárceles militares norteamericanas los guardianes profanan el Corán, libro sagrado de los musulmanes. Pero los libros no son para eso: ni para profanarlos, ni para matar porque hayan sido profanados. Lo que cuenta en ellos es lo que ellos cuentan: su texto. Aunque la historia humana esté llena de ejemplos de ese absurdo, no hay que matarse por los libros sagrados de las llamadas "religiones de Libro": Libro en singular y con mayúscula, pero que en realidad son varios, como son varios sus respectivos dioses únicos y rivales. La Biblia, el Corán, el Evangelio. ¿Y por qué no también el Pequeño Libro Rojo del presidente Mao Tsetung, hoy Mao Zedong? No. Los libros, todos los libros, los sagrados y los profanos, los de ensayo y los de ficción y los de fórmulas matemáticas, e incluso los de imágenes, son para leerlos.

El libro de bolsillo tiene entre sus virtudes el precio y que se puede, incluso, prestar

Y la manera más fácil de leer un libro es en formato de bolsillo. Lo contrario de un peligroso Libro Sagrado: un libro con ele minúscula.

Un libro que, como indica su nombre, se puede cargar en el bolsillo: cabe perfectamente. Y es barato: bueno para el bolsillo. Y cómodo: se puede leer sin problema en el metro o en el autobús, o en el banco de un parque, a diferencia de esos grandes infolios medievales que requieren un pesado atril labrado en madera de nogal, y a veces también -si hemos de creer la iconografía de san Jerónimo en su estudio- un león en reposo. Y finalmente, y sobre todo para esa época de la juventud en que se tienen más ganas de leer libros que dinero con qué comprarlos, el libro de bolsillo tiene una gran virtud: es más fácil de robar en cualquier librería que un papiro egipcio en un museo. Yo mismo, de joven, aprendí a leer robando libros de bolsillo en las librerías bajo la advocación moral de André Gide.

Hay libros más bellos que los libros de bolsillo, es verdad, empezando por los papiros que se exhiben en los museos de egiptología. Hay libros (aunque no son exactamente libros) chinos pintados a mano sobre rollos de seda, libros sumerios tallados a cincel en un bloque de basalto. En ciertas épocas de Bizancio se solían tatuar con hierro al rojo fragmentos enteros de libros santos en el rostro de los herejes condenados. Y también hay, claro está, preciosos libros propiamente dichos, posteriores a la invención de la imprenta por Gutenberg. Y existen bibliófilos y bibliómanos a quienes sólo interesan los libros de ese tipo: obras de arte, objetos únicos y valiosos para ser atesorados, contemplados, acariciados, olidos. Pero, respetando su capricho, se me antoja que es una aberración semejante a la de esos ratones de sacristía que van a las catedrales para admirar casullas bordadas y recamadas de oro encerradas en una vitrina como pájaros presos en una jaula. Ni eso: como plumajes de pájaros. Las casullas hay que verlas con un obispo por dentro: con bicho, como las conchas de las coquinas. Con los libros sucede lo mismo: lo importante, lo nutricio, lo sabroso, es lo de dentro: el texto.

Por otra parte, la bibliofilia llevada a esos extremos puede tener consecuencias inesperadas. Que lo diga el inca Atahualpa, último emperador prehispánico de Perú. A juzgar por una anécdota que narran los cronistas de Indias, Atahualpa se comportaba como uno de esos bibliófilos exquisitos y exigentes de que hablé más arriba. Reunidos los capitanes en Cajamarca, el cura Valverde, capellán de la tropa de Pizarro, le enseñó al inca unos Santos Evangelios para que los adorara. Atahualpa recibió el libro, lo miró con desdén, lo olisqueó con desconfianza, y lo tiró lejos. Ante lo cual Pizarro y sus hombres de armas, al grito de "¡Santiago!", apresaron al inca y se adueñaron de su inmenso imperio.

Pero en el caso de Atahualpa la cosa es comprensible. Si se interesó solamente por el aspecto exterior de los Evangelios, por su peso y por su olor, y no le prestó atención al contenido del libro fue por la sencilla razón de que no sabía leer. No sabía ni siquiera que existieran la lectura y la escritura, y un libro debía parecerle cosa tan extraña como el caballo del conquistador. En el caso de Pizarro y del cura, por el contrario, la actitud sí es la del fetichismo: la del bibliófilo adorador de libros.

Una actitud, digámoslo de una vez, irracional, o prerracional. Semejante, digamos, a la del chimpancé. Pues el libro no es simplemente un objeto físico, aunque también lo sea; es decir, no es solamente una prolongación del sentido del tacto. Sino ante todo, como señaló Marshall McLuhan, una prolongación de la vista. Una prolongación y una multiplicación de la vista, que nos permite incluir en la nuestra todo lo que ha visto -y registrado por escrito- el resto de los hombres.

Ahí está la posición contraria al fetichismo, que es la que tenemos los partidarios del libro de bolsillo. El libro nos interesa por lo que dice, y no por lo que es. Dice lo que está impreso en sus páginas, haya sido escrito por quien sea: por Platón o por Simenon -puesto que hoy día todo ha sido publicado en formato de libro de bolsillo-. Todo está ahí.

Ah: y si alguien se roba de nuestra biblioteca un libro de bolsillo, no nos importa. Y estamos dispuestos inclusive a prestarlo.

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