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martes, 21 de diciembre de 2004
Reportaje:

¿Necesitan tomar leche los adultos?

Controversia sobre el consumo de lácteos en la edad adulta por su posible relación con ciertos tumores

Algunos científicos sostienen que tomar leche en la edad adulta puede ser perjudicial, pues este hábito dietético, muy arraigado en Occidente pero no en otras partes del mundo, se asocia con un mayor riesgo de desarrollar algunos tipos de cáncer. Sin embargo, otros especialistas consideran que todavía no hay pruebas suficientes.

Algunos pueblos de la antigüedad empleaban la leche para elaborar brebajes que según sus creencias les proporcionarían la inmortalidad. El líquido blanco es la representación de los cuidados maternos y como tal se considera un nutriente imprescindible de la dieta. Sin embargo, algunos científicos sugieren que los productos lácteos son efectivamente un alimento casi sagrado durante la infancia, pero cuando se consume en la edad adulta sus bondades se pueden convertir en trampas capaces de desencadenar patologías como el cáncer de mama en las mujeres y los tumores de próstata en los varones. Otros especialistas consideran, por el contrario, que todavía no hay suficientes pruebas.

El hombre es el único mamífero que después de la lactancia materna sigue tomando leche

Investigadores como Jeffrey Holly, catedrático de Ciencias Clínicas de la Universidad de Bristol (Reino Unido) y coautor de un libro publicado hace algunos meses bajo el título IGF y nutrición en la salud y en la enfermedad, asegura que la leche ha sido diseñada durante la evolución de los mamíferos como el alimento imprescindible para el crecimiento y particularmente para cubrir el periodo de tiempo entre el nacimiento y la maduración del sistema digestivo. "Más tarde no es deseable que los tejidos del organismo crezcan rápidamente porque en ese caso se produce un cáncer", explica Holly.

El ser humano es el único mamífero que después de la lactancia materna continúa consumiendo derivados de la leche. Esta práctica es especialmente frecuente entre los individuos de raza caucásica (la predominante en Europa), mientras que "la mayoría de la población del mundo (incluidos China y Japón) consume ninguno o muy pocos lácteos, y en estos individuos los cánceres de mama y próstata son extraordinariamente raros. Se dan muchísimo menos que en las sociedades occidentalizadas", asegura el experto británico. "La evidencia de la asociación entre la ingesta de leche y el cáncer viene fundamentalmente de las comparaciones entre poblaciones de diferentes partes del mundo".

Sin embargo, no todos los especialistas están de acuerdo. "Estos estudios demuestran una asociación, pero no necesariamente una relación causal", afirma Ramón Colomer, jefe de servicio del Instituto Catalán de Oncología de Girona. La relación entre la leche y el cáncer "es una hipótesis que tendría que ser confirmada", dice.

Las miradas acusadoras se centran fundamentalmente sobre uno de los muchos componentes de la leche, la proteína IGF-1 (siglas en inglés de factor de crecimiento similar a la insulina), que puede favorecer la aparición del cáncer. El papel fundamental de esta molécula es estimular el crecimiento. Por este motivo, una vez que se ha rebasado la adolescencia sus niveles en sangre descienden, sin llegar evidentemente a anularse. De hecho, las deficiencias del factor de crecimiento están asociadas a un aumento de los trastornos cardiacos y del deterioro cognitivo.

En cuanto a su exceso, su acción sería la siguiente. En nuestro organismo se producen células potencialmente cancerígenas de forma continua, pero hay mecanismos de reparación del ADN y de muerte programada para destruir los elementos alterados y restablecer la normalidad. Si una célula cancerígena escapa a los controles mencionados y se encuentra con un exceso de IGF-1, éste le prestará sus propiedades de forma que le facilitará el crecimiento y la formación de una masa tumoral.

En los últimos años, varios grupos de investigación, entre ellos el de Holly y otros de las universidades de Harvard (EE UU) y Montreal (Canadá), han presentado en diversas publicaciones resultados que sugieren que los individuos que tienen los niveles más altos de IGF-1 en sangre presentan un riesgo entre tres y cuatro veces superior de desarrollar cáncer de mama o de próstata que aquellos que tienen concentraciones normales. Su conclusión, tras analizar los diferentes factores dietéticos, es que "la leche y sus productos derivados son los únicos alimentos en los que se ha detectado una importante relación con los niveles de IGF-1 en sangre". Según Holly, que es vicepresidente de la Sociedad Internacional de IGF, "la asociación es comparable a la bien conocida relación entre los niveles en sangre de colesterol y lípidos y el riesgo de patologías cardiovasculares".

Colomer explica que "el cáncer es un conjunto de enfermedades cada una de ellas con un origen distinto. Se sabe que su aparición depende de la interacción de múltiples mecanismos, entre ellos la genética y por supuesto la dieta, pero para afirmar rotundamente que existe una relación entre la leche y el cáncer se deberían hacer estudios controlados con individuos que toman leche, otros que la consumen desnatada y un último grupo que no la ingiere" y añade que "la leche tiene multitud de componentes, entre ellos grasa, y también se sabe que la grasa animal puede contribuir al desarrollo de tumores".

Paralelamente, el mencionado grupo de Harvard en una revisión de diversos estudios publicada este verano concluía que la leche, fundamentalmente debido a su contenido en calcio, reduce el riesgo de cáncer de colon.

En general, los expertos son cautos a la hora de hacer recomendaciones, pero insisten en que si se reduce la ingesta de productos lácteos es necesario asegurar una dieta suficientemente rica que supla las necesidades de otros nutrientes importantes para la salud como el calcio o las vitaminas, aunque en opinión de Colomer "las evidencias no son suficientes para dejar de tomar leche".

El consejo de Holly es que "aquellos que estén preocupados por su riesgo de padecer alguno de estos tumores limiten el consumo de leche a menos de un vaso por día. Eso sí, siempre que sigan una alimentación equilibrada", y añade: "una buena dieta variada no necesita incluir derivados de la leche".

En la dieta media de los españoles, los lácteos aportan el 66% del calcio necesario, pero existen otras fuentes: los cereales, las legumbres, las verduras de hoja verde, las semillas y las nueces son también ricos en calcio y la absorción del elemento es comparable a la de los derivados de la leche.

Lactosa y cáncer de ovario

El pasado noviembre, un grupo de investigadores del Karolinska Institute (Suecia) publicó en el American Journal of Clinical Nutrition los hallazgos de un estudio que sugería una relación entre el consumo de más de dos vasos de leche al día y un notable incremento del riesgo de uno de los tipos de cáncer de ovario más comunes. En esta ocasión, los científicos apuntaban a la lactosa, un azúcar que se encuentra en los lácteos, como responsable, puesto que, según su teoría, estimula la superproducción de hormonas.

Aunque no es la primera vez que se apunta esta relación, los expertos consultados no están de acuerdo con sus colegas suecos. Para Colomer, la recogida de datos es poco rigurosa pues no se trata de diarios de alimentación, sino de cuestionarios retrospectivos. Holly, que defiende una relación entre la leche y el cáncer de mama y de próstata, afirma en lo relativo a los tumores de ovario que se trata de "especulaciones basadas en muy pocas pruebas científicas reales". Por otro lado, la mencionada revista publicó hace unos meses una revisión de la literatura médica que concluía que no hay pruebas de una asociación entre la leche y cáncer de ovario.

Uno de los primeros indicios de la asociación entre la leche, su contenido en IGF-1 y el cáncer surgió a finales de la década de 1990 en EE UU. Algunos años antes la FDA (la agencia estadounidense de los alimentos y fármacos) había aprobado la comercialización de leche de vacas tratadas con una hormona de crecimiento sintetizada por ingeniería genética. El objetivo era aumentar la producción de los animales. Sin embargo, al mismo tiempo que se incrementa la cantidad de leche, la hormona estimulaba la síntesis de IGF-1, de modo que el producto final podía tener hasta cinco veces más cantidad del factor de crecimiento asociado al cáncer que la normal.

Una mujer toma un vaso de leche. / TEJEDERAS

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