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martes, 13 de abril de 2004
Tribuna:

El falso profeta

Tras el ataque brutal de Al Qaeda (que en algún sentido presagió en su famoso libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial), el profeta Samuel Huntington escucha voces, ve visiones y anticipa un nuevo peligro: su provocador ensayo El reto hispano a EE UU (Foreign Policy Edición Española abril/mayo 2004) descubre que los mexicanos han "establecido cabezas de playa" por todo el territorio americano, en particular en los dominios de México anteriores a la guerra de 1847. Esa invasión -que parecería planeada-, esta "Reconquista", constituye, a su juicio, el mayor peligro para la identidad histórica, cultural y lingüística; para los sistemas políticos, legales, comerciales y educativos; y aun para la integridad territorial de los Estados Unidos. ¿Clarividencia histórica? No: moros con tranchete.

Hay muchas razones para preocuparse por el problema migratorio. En México es una vergüenza nacional. Como los irlandeses en el siglo XIX, la mayor parte de los mexicanos que emigran lo hacen porque no tienen alternativa. Su drama no es resultado de la hambruna o la sequía, sino de varios factores, entre los que destaca la antigua incapacidad de los Gobiernos para entenderlos y apoyarlos. Si bien envían cada año más de 10.000 millones de dólares a sus familias, en sus idas y venidas corren peligros de muerte, y su estancia en territorio americano transcurre en un estado de continua zozobra y desgarramiento familiar. Para los Estados Unidos, la migración mexicana no sólo arroja beneficios económicos, sino costos y distorsiones sociales de toda índole -en el aparato educativo, los servicios de salud- que es imposible negar o menospreciar. Los cinco factores diferenciales que Huntington advierte en esta ola migratoria con respecto a las del pasado son, en términos generales, ciertos: la contigüidad entre nuestros países -abismalmente desiguales- explica la enorme escala del fenómeno; la condición de ilegalidad en la que viven millones de migrantes tampoco tiene precedentes. Lo más preocupante, en efecto, es la persistencia: "A menos que ocurra una gran guerra o una recesión, la corriente continúa... sin dar señales de estabilizarse". Se pueden objetar algunos datos (la concentración regional en el Suroeste es quizá menos marcada de lo que dice, hay mexicanos a todo lo largo y ancho de Estados Unidos, aun en pequeñas ciudades y hasta en Alaska), pero el problema es de veras alarmante: ningún país puede cruzarse de brazos ante la incontenible presencia ilegal de otro pueblo en sus entrañas. En términos cuantitativos, la situación es similar a la de Europa con respecto a la inmigración ilegal proveniente de África y Asia. Pero en sus aspectos cualitativos es muy distinta. En El choque de civilizaciones, el propio Huntington reconocía las afinidades y convergencias axiológicas entre las "variantes de la civilización occidental" en América. De pronto, ha cambiado de opinión. A fin de cuentas, ocurre lo mismo que en aquel célebre libro: una frase genial se infla en artículo y después en libro. Aunque señalen conflictos reales, fallan como diagnóstico. Y tomadas al pie de la letra, justifican acciones políticas muy peligrosas.

Huntington teme la invasión silenciosa del país contiguo, que no conoce. Comencemos por la historia. "Los mexicanos y mexicoamericanos -afirma- pueden reclamar, y de hecho reclaman, derechos históricos sobre territorio americano". La pregunta obvia es: ¿quién y cuándo ha hecho ese reclamo al que Huntington se refiere? A ningún personaje del siglo XX (político, intelectual) se le ocurrió jamás semejante absurdo. Durante las primeras décadas del siglo, el sentimiento prevaleciente era más bien el inverso: un temor -no infundado, al menos hasta 1927- a una nueva invasión estadounidense. Huntington sostiene que "no hemos olvidado" la guerra de 1847, y por eso inventa que nuestro designio es convertir a California en un nuevo Quebec o, más precisamente, en Mexifornia o la República del Norte (como "predice", ¡para 2080!, uno de los autores a quienes Huntington concede autoridad). Aquí la distinción que importa atañe a la memoria. Los libros de texto en México consignan las peripecias de aquella malhadada guerra, pero su recuerdo no es una memoria viva, una herida abierta: ocurrió hace mucho tiempo, afectó a una región poco poblada, no derivó en expulsiones masivas (como en el caso palestino). Menos aún implicó un exterminio (como las posteriores guerras indias). Fue, sin duda, una guerra injusta (condenada por Lincoln), pero se ha congelado en una liturgia cívica. Basado en una serie de apreciaciones subjetivas (los abucheos en un juego de fútbol en Los Ángeles) y declaraciones de políticos demagógicos -hispanos y mexicanos-, sin dar un solo ejemplo serio o fehaciente, Huntington alimenta la especie de que los mexicanos (así en general, con la típica generalización que tanto le gusta) abrigan un agravio histórico que los migrantes, movidos por el subconsciente colectivo, están a punto de cobrar. La realidad es otra. Sólo una parte de la élite política e intelectual (de derecha hispanista, de izquierda marxista) ha sido antiamericana. El pueblo, sencillamente, no lo es. Y aun en las élites, la globalización y la caída del Muro de Berlín atenuaron de manera considerable ese sentimiento, que se ha vuelto casi una pose. Los jóvenes de clase media -para bien o para mal- participan de la cultura popular americana, aprenden inglés a través de la música pop, quieren una vida material mejor y no desesperan de la recién conquistada democracia. Pueden no amar a los estadounidenses, pero ¿qué pueblo ama de verdad a otro? Los más humildes intentan emigrar para ayudar a sus familias y construir un mejor futuro. Aunque entren por el desierto de Arizona y no por Ellis Island, su sueño americano no es distinto al de los irlandeses, polacos, judíos o italianos que llegaron en el siglo XIX. También ellos mantuvieron por generaciones sus ligas con la patria original o espiritual. No fundaron a Estados Unidos: lo construyeron.

El caso mexicano es diferente -aduce Huntington- porque aquellos cinco factores reforzarán la cultura mexicana a expensas de la matriz cultural y religiosa (blanca y protestante) de Angloamérica.

Aunque él mismo reconoce tener pocas evidencias empíricas, su mayor preocupación es la derrota del idioma inglés. Aquí el profeta se desliza hacia el terreno de las suposiciones que sustentan sus temores. Huntington menosprecia la fuerza del inglés como idioma de la globalidad y menosprecia aún más el inmenso atractivo del inglés como llave al mundo moderno para los inmigrantes mexicanos, pero acierta en un punto: llevada a la práctica en el ámbito educativo, la retórica multicultural de algunos políticos hispanos podría relegar el inglés en escuelas estadounidenses, con lo cual los propios inmigrantes se empobrecerían. El asunto parece ser de grados y matices: en algunos sitios el español puede ser la segunda lengua, sin necesidad de desplazar al inglés. La habilidad lingüística no es, por fuerza, un juego de suma cero. ¿Son tan distintos e inasimilables los valores culturales de México? Veamos. Los mexicanos santifican las fiestas religiosas; los irlandeses, también. Los mexicanos se casan entre sí; los italianos, también; los mexicanos se aferran a su idioma, los judíos por varias generaciones hablaron el yiddish; los mexicanos gravitan sobre el núcleo familiar o la figura de la madre, igual que los italianos, irlandeses y judíos. Pero Huntington no ha escrito un ensayo sobre 'el desafío irlandés, italiano o judío', porque -al margen de las diferencias cuantitativas- en términos estrictamente culturales su análisis no se sostiene. La obsesión de Huntington por preservar una identidad desemboca en la idea de la pureza, y ya hemos visto esa película: serbios, hutus y tutsis, etarras, KKK. Fanáticos de la identidad. Huntington llega al extremo de sostener que 'la división cultural' entre hispanos y anglos podría reemplazar a la división racial entre negros y blancos como 'la más grave división en la sociedad americana'. Aquí resuenan las vergonzosas antropologías racistas de fines del siglo XIX. Volver a utilizarlas es por lo menos un acto de ignorancia, sobre todo en Estados Unidos, cuyo aporte mejor a la civilización occidental está en su capacidad extraordinaria para integrar creativamente poblaciones y culturas de todo el planeta, en un clima de libertad y tolerancia. California no es Bosnia-Herzegovina. La cultura mexicana no amenaza a la estadounidense. Los mexicanos no son el 'enemigo adentro': simplemente son muchos y muy pronto serán demasiados. Buscarán mezclarse con la cultura americana (las culturas americanas: africana, asiática, europea, suramericana, judía, sajona) y asimilarse a ella en los aspectos esenciales: el idioma, el comercio, la política, la obediencia a las leyes y, a mediano plazo, el matrimonio. Mantendrán diferencias en otros aspectos: añorarán por una o dos generaciones su tierra de origen; se aferrarán sabiamente a su cocina, tan rica y variada como la hindú o la china; seguirán profesando el catolicismo y celebrarán las fiestas del calendario cívico y religioso. Serán parecidos y distintos. Se asimilarán y no se asimilarán. ¿Dónde está el problema? Ya quisieran Francia y Alemania a este tipo de migrantes. ¿Los ha visto Huntington alguna vez? ¿Ha hablado con ellos? Ahí están, en los restaurantes de Manhattan, las calles de Queens o los domingos en Central Park. Silenciosos, obedientes, cautelosos, pacíficos (sobre todo pacíficos), trabajan para enviar dinero a sus familias y sueñan (en español o inglés, qué más da) con un futuro mejor para sus hijos. No sé si el libro que dará a la luz en mayo incluye alguna encuesta seria y amplia con los propios migrantes. No me extrañaría esa omisión. Y, sin embargo, a pesar de sus premisas racistas, como el caso de El choque de civilizaciones, Huntington acierta en prender la alarma sobre la dimensión cuantitativa del problema. La migración debe detenerse en algún momento e incluso revertirse. México tiene una responsabilidad mayor en el complejísimo asunto, pero Estados Unidos necesitaría también instrumentar una especie de Plan Marshall en apoyo directo a las regiones deprimidas de México que son las que emiten a los migrantes. Esa convergencia entre los dos países requerirá humildad y honestidad del lado mexicano; generosidad y realismo, del americano. Está muy lejos de la agenda actual, pero si el ensayo de Huntington sirve para propiciarla, habrá valido la pena. Es difícil que se lea con esos ojos: los rancios devotos de la supremacía blanca y anglosajona ya deben estar pensando en unos Estados Unidos Mexika'nisch-rein.

- Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres. Su último libro es Travesía liberal.

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