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domingo, 20 de julio de 2003
Reportaje:HISTORIA

El cuartelazo que parió el castrismo

  • SE CUMPLEN 50 AÑOS DE LA TOMA DEL MONCADA POR FIDEL EL 26 DE JULIO DE 1953

Año tras año, los pioneros de Santiago de Cuba protagonizan la representación del asalto al cuartel Moncada, el hecho ejemplar que el 26 de julio de 1953 puso en marcha el proceso revolucionario cubano. El mismo día, Fidel pronuncia un gran discurso conmemorativo en el cual invariablemente evoca la victoriosa supervivencia de la Revolución, con mayúsculas. El cuartel era y es un vasto conjunto de edificios que había recibido su nombre en homenaje a Guillermo Moncada, Guillermón, un patriota de las guerras de independencia.

El propio Fidel resumió los propósitos del asalto al justificarlo en el curso del juicio desarrollado tras los hechos en la prisión de Oriente: "Atacamos al cuartel Moncada para apoderarnos de las armas del regimiento estacionado allí y comenzar la lucha. Nuestro plan para tomar esa fortaleza con un puñado de hombres se basaba en la rapidez y la sorpresa. Nosotros vestíamos uniformes iguales a ellos para sembrar la mayor confusión en sus filas. Pensábamos que tal vez no fuera necesario siquiera disparar...". Moncada fue un fracaso, pero la dinámica clásica de las insurrecciones cubanas de Oriente a Occidente volvería a ponerse en marcha, y esta vez con éxito, a partir de la lucha guerrillera implantada en Sierra Maestra.

Moncada fue un fracaso, pero la dinámica clásica de las insurrecciones cubanas de Oriente a Occidente volvería a ponerse en marcha, y esa vez con éxito

La más costosa contradicción del régimen batistiano fue masacrar a los rebeldes sin nombre y dejar con vida al autor político y militar del asalto: Fidel

Los antecedentes son conocidos. El 10 de marzo de 1952, el ex presidente y ex sargento Fulgencio Batista da un golpe de Estado que interrumpe la vida constitucional del país, a 50 días de unas elecciones que estaba seguro de perder y para las que era gran favorito el candidato del "partido ortodoxo", formación de signo populista cuyo fundador, Eduardo Chibás, había desarrollado una intensa campaña contra la corrupción reinante en los últimos Gobiernos constitucionales. Pero Chibás se había suicidado unos meses antes, y sus sucesores fueron incapaces de oponerse al golpe. Quedaba así creado un vacío que sólo podía llenar una juventud altamente politizada. Era la ocasión para que pusiera a prueba sus dotes de imaginación y liderazgo el joven abogado ortodoxo Fidel Castro, hijo de un hacendado gallego de Oriente y nacido el 13 de agosto de 1924, en modo alguno dispuesto a aceptar la pasividad de su partido.

La primera iniciativa de Fidel se situó en el marco de la legalidad: pedir a un tribunal el procesamiento y la condena de Batista por haber vulnerado el orden constitucional. Ningún resultado. Seguirán la publicación del periodiquito clandestino El Acusador, artículos de denuncia en Bohemia y la labor de propaganda y organización de jóvenes, dispuestos a pasar a la acción. A partir de enero de 1953 termina el tiempo de la palabra y comienzan los meticulosos preparativos para la lucha armada, desde la organización de los adherentes en células hasta los entrenamientos en el uso de las armas. "El momento es revolucionario y no político", había escrito Fidel en El Acusador.

A pesar de ello, el acto de fuerza previsto es fundamentalmente político. Lo explicará un Manifiesto a la Nación, que fijaba como metas "reconquistar su Constitución, sus libertades esenciales y sus derechos inalienables". Era una lucha por la restauración democrática.

El mayor éxito del episodio fue el secreto mantenido en su fase de preparación, ya que se trataba de trasladar desde La Habana hasta Santiago, tanto a los encargados de la acción como al armamento. Todos los implicados debían estar dispuestos para la lucha, pero sin saber nada de cómo y donde había de desarrollarse: asaltar el cuartel Moncada, en Santiago, y otro en Bayamo. Un negociante venido de Miami alquila unos locales en Siboney, al este de Santiago, aparentemente para la crianza de pollos, y en realidad como punto de recepción de las armas. Allí mismo tuvo lugar la concentración de los militantes, con automóviles particulares como medio de transporte. Las armas habían costado 16.000 dólares y en más de un caso los voluntarios se dejaron el sueldo para pagarlas. Son, en principio, 165 hombres; luego, algunos menos. Como protagonistas, figuran asimismo tres mujeres. En la sombra desde La Habana, Naty Revuelta, joven ortodoxa, empleada de alto rango en la Esso, esposa de un médico de fama y pronto amante de Fidel: desempeñó un papel decisivo para recaudar recursos económicos y en la preparación de los materiales. En el teatro de operaciones, la doctora Melba Hernández y Haydée Santamaría.

El 26 de julio había sido la fecha elegida, ya que el 25 era domingo de Carnaval (de Santiago), de modo que buena parte de la guarnición del cuartel estaba de permiso. Según Tad Szulc, biógrafo de Castro, los 123 conjurados salieron de Siboney con sus uniformes militares en 16 automóviles a las 4.45 con el propósito de llegar al cuartel media hora después. Debían entrar por sorpresa en el cuartel, rendir a sus defensores y ocupar los edificios colindantes. Dos coches se perdieron en el camino y algunos hombres fueron destinados a la ocupación complementaria del hospital y los juzgados, de modo que en el asalto tomaron parte 83 combatientes. El encuentro del Buick de Fidel con una patrulla exterior a la que intentó apresar, con el consiguiente tiroteo, puso en marcha la alarma y fue decisivo para perder el efecto sorpresa. Una ametralladora pesada comenzó a disparar desde el techo del cuartel. La retirada fue caótica y provocó la de los ocupantes del Palacio de Justicia, con Raúl Castro al frente. Abel Santamaría tuvo peor suerte, quedando atrapado en el hospital.

Sólo ocho asaltantes murieron en combate, pero el balance final de bajas fue de 69 muertos y cinco heridos entre los rebeldes, por 19 muertos y 27 heridos entre los militares. El río de sangre fue sólo detenido gracias a la intervención del arzobispo de Santiago, monseñor Pérez Serantes, quien negoció con el jefe militar la suspensión de las ejecuciones sumarias.

En cuanto a Fidel, resultó detenido el 31 de julio mientras pernoctaba en una choza con nueve seguidores, camino de Sierra Maestra. Fue la más costosa contradicción del régimen batistiano: masacrar a los rebeldes sin nombre y dejar con vida al autor político y militar del asalto. Tal vez contaron para este desenlace el pacto alcanzado por Serantes o que Fidel fuera cuñado del ministro del Interior de Batista, Rafael Díaz-Balart.

Baluarte de la libertad

Sorprendido por los acontecimientos durante su veraneo en la playa de Varadero, Fulgencio Batista acumuló los dicterios contra los asaltantes. Eran subversivos en cuyo poder se había encontrado "propaganda comunista, libros de Lenin". Sus palabras fueron fruto del desconcierto, ya que el partido comunista discrepó abiertamente de lo que juzgaba una táctica putschista.

La condición de abogado le permitió a Fidel además invertir los papeles. En el juicio iniciado el 21 de septiembre de 1953 en Santiago, con 122 acusados, Fidel se empleará en hacer el proceso del régimen a fin de justificar su acto de fuerza. La clave era la aplicación de la doctrina clásica del tiranicidio como forma de defensa de la libertad. En el plano político, el alegato de Fidel, más tarde retocado para su publicación por el ex ministro Jorge Mañach, suponía una apología del orden pluralista, regido por la Constitución de 1940, que Batista pisoteara con su golpe. Ahora bien, tanta exaltación de la libertad coexistía con un claro desprecio del sistema político abolido el 10 de marzo, con las consiguientes incógnitas acerca del futuro contenido de la política prevista por Castro. Y en el plano económico, la vertiente populista, con inspiración última en Martí e inmediata en Chibás, apuntaba a las medidas que en la primera fase adoptó la Revolución: reforma agraria, rebaja de alquileres, participación de obreros y colonos en los beneficios.

Una lectura atenta permitía asimismo apreciar las sombras que se cernían desde la mente de Fidel sobre el futuro político de Cuba: la vuelta a la legalidad, encarnada por la Constitución de 1940, tendría lugar mediante la reunión de todos los poderes en el Gobierno revolucionario, encargado de una depuración general, "encarnación momentánea de la soberanía, única fuente de Poder legítimo". Así sucedió.

Un jovencísimo Fidel Castro, el primero de la fila de los presos que se rebelaron en el Moncada contra el Gobierno de Batista en 1953. / EFE

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