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martes, 1 de julio de 2003
Tribuna:

Guy Debord y la Internacional Situacionista

En varias ocasiones -la última por Rafael Conte en las páginas de este periódico- he sido invitado a referir por escrito mi relación con Guy Debord y la Internacional Situacionista, a la que aludo de pasada, según creo, en algún pasaje de Coto vedado. En mi voluntad de aligerar la lista de encuentros con personas célebres, o que luego lo serían, como Debord, preferí dejar de lado los que entonces juzgaba de incidencia escasa en mi vida y trabajo. Conforme advierto ahora, me equivoqué. No porque La sociedad del espectáculo, que no leí sino en fecha reciente, haya ejercido una influencia en mi visión del mundo y de la literatura, sino porque el Debord peripatético que frecuenté me enseñó algo que me procuraría más tarde una educación tan importante como la de los libros: una lectura viva, desestabilizora y cambiante de la ciudad.

Conocí a Guy Debord en otoño de 1953, durante mi primera escapada a París. Tenía yo veintidós años y llegaba deslumbrado a la capital francesa, con el propósito de sacudirme para siempre el polvo de la Península. No recuerdo si nuestro encuentro fue en el Old Navy o en algún café del bulevar de Saint Michel. Vivía con su compañera, Michèle Bernstein, en un hotel de la Rue Racine contiguo a aquél y les visité en una ocasión en un cuarto en el que reinaba un desorden extremo y casi ejemplar: libros, periódicos, prendas de vestir, botellas de vino o cerveza vacías cubrían la moqueta y el gran lecho. Aunque era mediodía, acababan de despertarse y permanecían en cama risueños y juguetones, como después de una noche de alegres festejos.

Ignoro las razones de su simpatía por un desconocido como yo: probablemente el hecho de que procediera de un país sometido a una dictadura como la de Franco y manifestara con vehemencia mi aversión a éste y a su Iglesia. Debord y Michèle Bernstein eran ateos, paganos, cínicos, divertidos: ponían en solfa lo divino y humano e incluían en sus críticas corrosivas a la casi totalidad de la cultura francesa que yo admiraba. Los nombres de Gide, Malraux, Sartre o Camus provocaban su sonrisa. Nadie o casi nadie se salvaba de la quema. Me pasaron ejemplares del boletín de la Internacional Situacionista, cuya causticidad me encantó. Pero no estaba dispuesto a renunciar a mis lecturas y ellos toleraban mi afán de ponerme al día con amable condescendencia. ¡Para vomitar todo aquel fárrago de lecturas, primero debía arrimarme al pesebre! (A mis amigos les interesaba mucho más el cine y me pusieron en la pista de algunos filmes desconocidos u olvidados que pude ver en la antigua cinemateca de la Rue d'Ulm: L'Atalante y À propos de Nice, las primeras obras de Carné-Prévert, una película rusa experimentalista de un autor cuyo nombre se me escapa).

La Internacional Situacionista se reducía a una media docena de miembros y la composición de su consejo editorial variaba de un boletín a otro en razón de la frecuente expulsión de quienes se alejaban de la línea trazada por Debord o incurrían en conductas, dichos y hechos dignos de su reprobación. Citar a Camus, elogiar a Aragon, interesarse por la trayectoria del surrealismo de Breton, evidenciaban una congénita endeblez intelectual y moral y merecían una rotunda condena. No llegué a conocer a ningún otro miembro del grupo, a excepción de un argelino muy simpático que era, a su manera, el guardaespaldas de Debord. Amadú (no estoy seguro de su nombre) era jovial, gran bebedor y reía de buen grado cuando aquél jugaba con la hipótesis de su contundente intervención contra algún recalcitrante obtuso.

Cuando en enero de 1954 tuve que regresar a Barcelona -quería buscar a un editor dispuesto a publicar mi novela, Juego de manos, presentada sin éxito al Nadal-, Guy Debord me mantuvo al tanto de sus actividades gracias al envío del boletín de la Internacional Situacionista. En éste adelantaba ya la crítica sarcástica de la publicidad que desenvolvería luego en su obra maestra. El dibujo de un avión envuelto en llamas iba acompañado de la leyenda: "Directo al cielo con Air France". La provocación, heredada de los surrealistas, ocupaba asimismo un buen lugar en sus páginas. Recuerdo que en uno de los boletines, Debord había añadido de su puño y letra: "¡El Papa va a morir!".

Pero voy a centrarme en lo esencial de una propuesta que inconscientemente asimilé más tarde. Su lectura de una metrópoli como París invertía las jerarquías establecidas de la ciudad ensalzada por escritores y poetas, tanto franceses como extranjeros. El monumentalismo de la Estrella, el Arco de Triunfo, las avenidas trazadas con compás y tiralíneas por el arquitecto oficial de Napoleón Chico a fin de facilitar los eventuales disparos de la artillería contra su propio pueblo le repugnaban. La museización del espacio urbano, el almacén cultural del Louvre, la vistosidad de la Torre Eiffel se situaban en los antípodas de su visión estética. Ni siquiera el Barrio Latino y Montparnasse escapaban a sus sarcasmos: bobería, papanatismo, mal gusto burgués, puro decorado de cartón piedra. No sé si se había arrimado al Walter Benjamin lector de Baudelaire -dos autores que luego influirían en mi trabajo-, pero su perspectiva reflejaba su huella. No obstante, el París que le interesaba no era ya el de las galerías y pasajes cubiertos de los Distritos Segundo y Décimo, sino el heterogéneo, meteco, portador de gérmenes de un futuro convulso pero auroral. Con Debord y Michèle Bernstein visité los cafetines norteafricanos próximos a Maubert-Mutualité. Las callejuelas que desembocan en los muelles del Sena no eran entonces esa zona residencial elegante en la que estableció sus cuarteles François Mitterrand: habían temporalmente venido a menos y se hallaban habitadas por una población parisiense, híbrida de inmigrante y francés proletario y orgulloso de serlo, como en Belleville y Menilmontant. Guy Debord parecía intuir la metrópoli del futuro, la que vemos gestarse ya en las grandes ciudades europeas, y acechaba con delicia la infiltración paulatina del centro por una periferia proteica y portadora de savia nueva.

Su lugar preferido era Aubervilliers. Con él y su compañera cogí más de una vez el autobús que iba de la Gare de L'Est a la zona de su querencia: recuerdo que en el curso del trayecto divisé a los magrebíes que acuden aún al mercadillo desmontable de debajo del metro aéreo del bulevar de La Chapelle y contemplé el panorama de viviendas grises de una desaparecida zona industrial que se extendía desde la capital hasta los canales de aguas muertas que Jean Vigo retrató en su película. Nada de eso figuraba en las guías y su descubrimiento lo debo a él.

El punto de destino de Debord era un café de refugiados republicanos de la guerra civil española. Nos sentábamos allí entre vecinos del barrio de diferentes países y lenguas, a mil leguas del París grandioso y culto a cuya llamada había acudido desde una Barcelona asfixiante por asfixiada y sujeta a una brutal camisa de fuerza. Yo no podía adivinar que estas incursiones con Debord serían quizá la semilla de una educación en la que la nueva forma de captar la polifonía caótica de la ciudad -de su espacio abigarrado y mutante- valdría tanto como el magisterio de Cervantes. En el Sentier, Barbés, Manhattan, Estambul, Marraquech, me adiestré así a la escucha de una música urbana disonante para oídos no avezados a la ruptura y violencia de su gestación, pero para mí aguijadora y bella.

Mi relación con Debord se cortó aquí y fue decisión mía. En 1956 me instalé en París, con todas las ínfulas y vanidad del escritor primerizo que ve su nombre y fotografía en los periódicos y magazines literarios: una fama que, ayer como hoy, tiene muy poco que ver con la calidad de la obra. Sabía que Debord despreciaría con razón mi efímera condición de novelista mediático (los surrealistas habían prevenido ya, "toda empresa o idea que triunfan corren fatalmente a su ruina"), y no aprobaría tampoco mis nuevas amistades situadas en la órbita de Gallimard y Les Temps Modernes. Nos cruzamos una vez de noche, en una calle de Amsterdam -yo iba con Monique Lange y Genet- y no sé si me vio. En cualquier caso, no nos saludamos.

Mi alejamiento, primero moral y luego físico, de la escena literaria parisiense hizo que permaneciera al margen de la polvareda levantada por La sociedad del espectáculo. No leí el libro a su debido tiempo, como tampoco los de la mayoría de pensadores y ensayistas franceses que a menudo veo citados cuando se habla de mi trabajo. Sin duda fue un error: el libro de Debord da en el blanco. No vivimos en el mundo de Marx ni en el de los filósofos marxistas y antimarxistas que le han sucedido. Ahora se distribuye el pensum -¡en el castellano medieval se llamaba "pensadores" a quienes distribuían el pienso al ganado!- a través de la pantalla del televisor. La ideología se ha disuelto en su representación mediática. Vivimos irremediablemente, como dictaminó Debord, en la sociedad del espectáculo, y esto vale para todos, nos guste o no.

Juan Goytisolo es escritor.

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