LA POSGUERRA DE IRAK | Discurso de Bush

Bush proclama que, tras la victoria en Irak, la guerra contra el terrorismo continúa

El presidente de EE UU convierte la lucha por la seguridad nacional en su bandera electoral

George W. Bush embarcó en el portaaviones Abraham Lincoln, el más rotundo símbolo de la potencia militar estadounidense, para anunciar al mundo que su "misión" no había concluido y que, tras "la batalla de Irak", la guerra contra el terrorismo seguía en marcha. Bush quiso consagrar para siempre su imagen de presidente-soldado vistiéndose de piloto, volando en un avión de combate y tomando los mandos durante unos minutos. El discurso pronunciado en la cubierta del buque dejó claro que la seguridad nacional y la agresividad en el exterior serían las banderas para su reelección en 2004.

Su padre ganó la guerra de 1991 y alcanzó cotas de popularidad estratosféricas, pero perdió las elecciones de 1992 frente a Bill Clinton por su impericia para gestionar la economía. El hijo está convencido de que no le ocurrirá lo mismo. Una década atrás, el máximo interés de los estadounidenses era la prosperidad. Ahora, en opinión de George W. Bush y de su gurú electoral, Karl Rove, la palabra clave es "seguridad". Aunque la economía estadounidense no remonta, el presidente cree que ganará la reelección en noviembre de 2004 si consigue mantener vivo el recuerdo de los atentados del 11-S y el miedo de sus conciudadanos.

"No hemos olvidado a las víctimas del 11 de septiembre", proclamó Bush. "Con esos ataques, los terroristas y quienes les apoyaban declararon la guerra a Estados Unidos. Y obtuvieron la guerra". El presidente indicó que habían pasado 19 meses desde aquello, 19 meses "que cambiaron el mundo", pero añadió que seguiría actuando como si las ruinas de las Torres Gemelas humearan todavía.

Con 5.000 marinos formados en cubierta del portaaviones y ante unas cámaras que retransmitían el discurso a todo el planeta, Bush renovó su amenaza de destruir a las "personas, organizaciones o Gobiernos" implicados en actividades terroristas, y utilizó el ejemplo de Irak para demostrar que sus palabras no eran vanas.

Bush evitó proclamar la victoria y el fin de la guerra en Irak, lo que le habría obligado, según los términos de la Convención de Ginebra, a liberar a los prisioneros y asumir la condición de jefe máximo de una potencia ocupante. La fórmula elegida fue más sutil y menos comprometida: "En la batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados hemos prevalecido". Pasó de puntillas sobre el caos imperante en ese país, pero reconoció que quedaba por hacer "un trabajo difícil", que llevaría tiempo, y dejó muy en segundo término en su discurso ante la nación las supuestas y nunca halladas armas de destrucción masiva (químicas y bacteriológicas) con las que había justificado el inicio de la guerra contra el régimen de Sadam Husein.

El centro de gravedad de sus palabras fue el terrorismo, una amenaza lo bastante inquietante y lo bastante vaga como para mantener vivo el temor que despertó el 11-S: "La liberación de Irak es un avance crucial en la campaña contra el terror; hemos eliminado un aliado de Al Qaeda y cortado una fuente de financiación del terrorismo". "Que sepan todos, amigos y enemigos, que nuestra nación tiene una misión: responderemos a las amenazas contra nuestra seguridad y defenderemos la paz (...). La batalla de Irak es una victoria en una guerra contra el terrorismo que comenzó el 11 de septiembre de 2001 y sigue en marcha (...). La guerra contra el terror", subrayó, "no ha terminado".

La estrategia política de Bush para evitar el error que le costó a su padre la reelección consistirá en adelante en efectuar gestos que muestren su interés por la economía y las cuestiones sociales dentro de EE UU, pero manteniendo en primer plano la seguridad, una materia en la que resulta especialmente valorado por los estadounidenses. Bush suscita un rechazo absoluto en un tercio del electorado, pero puede convencer al resto de la necesidad de mantenerle cuatro años más como comandante en jefe.

"La guerra contra el terrorismo sigue siendo la prioridad nacional", recalcó ayer el portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, subrayando así la estrategia de la Administación de Bush.

Cuando abandonó el portaaviones, tras pasar la noche a bordo, Bush ofreció un buen ejemplo de su estrategia. Se dirigió a Silicon Valley, un vivero tecnológico cercano a San Francisco, donde la oposición a la guerra fue intensísima y donde las dificultades económicas se hacían sentir de forma intensa. Pero no visitó una empresa cualquiera, sino United Defense Industries, un fabricante de vehículos de combate cuyos beneficios y empleos dependían de los contratos del Pentágono.

[Por otra parte, el superministerio de Interior de EE UU aseguró anoche que Al Qaeda planeaba un atentado del estilo del 11-S contra el consulado norteamericano en Karachi (Pakistan). Esta acción suicida, que estaba avanzada en su planificación, se iba a llevar a cabo con una avioneta o helicóptero cargado de explosivos. No dio detalles de cómo obtuvo esa información ni de si hubo detenidos.]

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de mayo de 2003