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jueves, 10 de abril de 2003
GUERRA EN IRAK | La caída de Bagdad

Caen las estatuas de Sadam

Habitantes de Bagdad derriban los símbolos del régimen y dan la bienvenida a los 'marines'

Llegaron los soldados de Estados Unidos a la plaza del Paraíso, frente al hotel Palestina; amarraron una soga a un tanque, se la echaron al cuello de la estatua de Sadam Husein, le pusieron una bandera de EE UU, se la quitaron; y al cabo de media hora derribaron uno de los símbolos más grandes de un régimen obsesionado con los símbolos. Varias decenas de iraquíes empezaron a saltar encima de ella. Después, unos la golpearon con mazas, otros se emplearon a alpargatazos, y alguno de los ancianos que rondaban por allí la escupió. La mano derecha de Sadam, la famosa mano que empuñaba fusiles apuntados hacia el cielo, la mano tantas veces levantada indicando el norte a seguir, tantas veces reproducida en miles de estatuas de miles de plazas por todo el país, la mano con la que saludaba a las multitudes desde los balcones... ahora yacía en el suelo, vejada por un muchacho con una camiseta roja del club de fútbol Liverpool. Aún no habían pasado 21 días desde que comenzó la guerra. Y nadie en Bagdad sabe dónde está Sadam.

Los 'marines' daban y recibían margaritas. Eran muchachos imberbes, de 18 o 19 años

"¿Cómo puedo estar feliz si han destruido mi país?", se preguntaba una joven

En otra esquina de la ciudad, Alí Husein Abdulhadi cumplió su promesa de vestirse de rojo y salir a bailar para celebrar la caída de Sadam Husein. Su euforia era secundada por miles de personas. Muchos contenían, sin embargo, su alegría, preocupados por los disparos que se oían y por el caos. A primeras horas de la mañana, bandas organizadas y particulares se dedicaban al pillaje de comercios y edificios oficiales. En algunas calles, falsos controles asaltaban a quienes se aventuraban en su camino. En la ciudad no existía ninguna autoridad.

"Míster, míster, una foto, hágame una foto", decían niños y adultos. Algunas mujeres besaban a los marines. Algunos hombres les tendían un dinar para que ellos estamparan su firma junto a la cara de Husein. Y ellos mismos, los marines, conscientes del momento histórico, se hacían fotografías y rodaban con sus propias cámaras de vídeo la escena. De pronto, alguien esparció un buen puñado de dinares por el aire, un puñado que en total no llegaría a valer tres euros, y buena parte de la concurrencia se olvidó de la estatua de bronce por unos segundos.

Los marines daban y recibían margaritas recién cortadas. Muchos de ellos eran muchachos imberbes de apenas 18 o 19 años, como miles de los milicianos que se paseaban estos días atrás por Bagdad armados de Kaláshnikov. Fue un camino fácil el que les llevó ayer desde las afueras de la ciudad a la plaza del Paraíso. Las trincheras de sacos terreros llevaban todo el día abandonadas. Pero los estadounidenses no se fiaban de nadie. Vigilaban con prismáticos desde sus tanques todas las avenidas, las esquinas y balcones. Se comunicaban por teléfono, de tanque a tanque, cada movimiento en la calle de cualquier persona.

Llegaron a la ciudad atravesando una calle recta de unos cinco kilómetros de larga. No dejaban que ningún coche, ni de periodistas ni de civiles, se les acercara. "En el camino sufrimos dos ataques suicidas con coche. Por eso ahora sólo dejamos que la gente se acerque caminando", comentaba un soldado.

En el camino hacia los hoteles de los periodistas encontraron gente que rompía algún retrato de Husein, gente que entonaba los mismos cánticos de apoyo al presidente iraquí que se escuchaban por todas partes hasta ayer. Pero ahora, Bush era el ensalzado y Sadam, el defenestrado. Salían al camino padres que alzaban a sus hijos en brazos para que los soldados los tocaran. "Tengo 62 años. He aguantado este régimen criminal durante 32. Sadam era un criminal, metía a la gente en la cárcel sin causa. Y a mi hermano lo mataron por su culpa", comentaba un ciudadano en medio de los tanques. "Su policía secreta, sus soldados golpeaban a la gente en plena calle, maltrataban al pueblo", comentaba el muchacho de la camiseta del Liverpool.

Pero no salieron multitudes al encuentro de las tropas. Sólo racimos de 20 o 30 personas. Otros curiosos miraban desde sus casas y saludaban. Por el camino se cruzaban los tanques con los coches que aún andaban desvalijando la ciudad.

El saqueo había comenzado por la mañana, muy temprano. Y en la calle, a lo largo de todo el día, se pudo ver gente con carretillas que transportaban sofás, otros con una silla de ruedas que había cogido de algún edificio oficial, alguno con un caballo, otro con dos ruedas que transportaba haciéndola rodar con las dos manos por la calle. Y en medio de todo eso, la violencia incontrolada. Apenas había milicianos por las calles. Y por supuesto, ni rastro de la Guardia Republicana.

Varios periodistas de la Televisión Portuguesa fueron sacados del coche en plena calle. "Nos quitaron todos los documentos y unos treinta mil dólares. Empezaron a golpearnos y sacaron cuchillos y ya parecía que querían vengar sobre nosotros la entrada de los americanos. Menos mal que había una oficina del partido Baaz, y aunque no estaban armados, ellos se impusieron a la horda y pudimos escapar", señaló el corresponsal portugués Carlos Fino.

Pasada la mañana y el mediodía, los tanques estadounidenses avanzaban en silencio en dirección al hotel Palestina. Muchos bagdadíes miraban en silencio. Otros sonreían a los soldados que no podían ocultar la tensión de sus rostros. "Es una recepción muy calurosa si se compara con las dos últimas semanas, que sólo hemos recibido tiros", comentaba el soldado B. P., de Oklahoma.

Entre un grupo silencioso que miraba desde la puerta de un hotel, el encargado del local se sinceró: "Por un lado me siento bien porque ya se acaba el régimen de Husein. Pero por otro me siento mal porque esta gente ha entrado aquí por la fuerza y van a financiar ahora los gastos de la guerra con nuestro petróleo. Claro que nos gusta la libertad, pero la que nosotros nos ganamos, no la que nos imponen por la fuerza".

Más adelante, Fadi, una joven de 18 años se quejaba también: "¿Cómo puedo estar feliz viendo esto si ellos han destruido mi país? ¿Ésta es la libertad que traen?", preguntaba señalando al acero que soltaban los tanques sobre el asfalto. "Aquí vivíamos en paz, no había necesidad de esto".

Y unos metros más adelante, un grupo de mujeres de religión cristiana lamentaba también la entrada de los americanos: "Con Sadam había un respeto a las religiones minoritarias. Ahora habrá agresiones de los musulmanes contra los cristianos, seguro".

Una de estas mujeres reprochaba al Ejército iraquí no haber luchado lo suficiente: "Nuestro Ejército es muy fuerte y muy bravo. ¿Por qué no ha peleado? Sólo espero que Sadam esté vivo".

Los marines proseguían tensos su camino hacia la plaza del Paraíso.

-Ya me gustaría a mí llevar un chaleco que ponga "prensa", decía sonriente un soldado.

Ninguno de los que llegaba no sabían nada de los periodistas que murieron el día anterior a manos de un tanque estadounidense. Tampoco parecían saber que en proporción han muerto en esta guerra más periodistas que soldados americanos.

A la entrada del hotel Palestina había una pancarta de los escudos humanos que insultaba a las tropas y las conminaba a marcharse a Estados Unidos. El sargento Smith entró armado con otro soldado en el hotel y preguntó en la recepción por el director. Querían saber dónde podían aparcar sus vehículos. En el salón, algunas familias iraquíes parecían velar un entierro. En el ascensor del Sheraton, una empleada lloraba. Algunos iraquíes que habían trabajado como conductores con los periodistas querían hacerse fotos con ellos antes de despedirse para siempre, pero que no se viera al fondo a ningún americano.

"Lo importante es que la opresión para ellos ya se ha terminado, es over. Y la guerra para nosotros es over también, podemos volver a casa", señalaba el marine Tomás Mongo, de ascendencia mexicana.

Cuando la multitud dejó de golpear la estatua y los marines se fueron a dormir, un capítulo de la historia parecía cerrado y otro empezaba a abrirse.

[Dos iraquíes murieron y otros resultaron heridos cuando tropas estadounidenses dispararon contra una ambulancia que circulaba por Bagdad según aseguraron a la agencia France Presse fuentes hospitalarias iraquíes. "Esto es totalmente inaceptable", declaró el médico belga Geert van Moorter. "Me he dirigido a un oficial para protestar por lo ocurrido y me ha contestado que han disparado porque la ambulancia podía llevar explosivos", explicó].

Una grúa estadounidense derriba la estatua de Sadam Husein colocada en una céntrica plaza de la capital iraquí. / ASSOCIATED PRESS

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